Tradicionalmente, la estructuración de las sociedades se generó a través de una historia legada, con su épica, personajes, mitos y leyendas. O sea, en función del pasado. Este, conformaba la base de una vida social en la que primaba el culto a los ancestros, el respeto de los ancianos, las tradiciones y costumbres, zócalo de una identidad que daba consistencia y legitimidad a imperios, tribus y naciones. “En la Edad Media todo giraba en torno a Dios y a la tradición; lo importante era el de dónde vienes”, nos dice el filósofo Regis Debray en una de sus recientes entrevistas en la radio France Culture.
La sociedad industrial, con sus nuevos paradigmas en las relaciones laborales y sociales, fue minando esta visión centrada en el pasado, al menos en Occidente. El futuro pasó a sustituir el anclaje al pretérito. Inspiradas en algunas teorías que hacían hincapié en el progreso, las sociedades fueron imaginando un futuro que les fuera mejor que el presente. La relación milenaria del ser humano con el tiempo fue cambiando desde el pasado a un mañana.
Individuos, corporaciones y gobiernos integraron también ideas de progreso futuro en su actuar social. Nacieron entonces esperanzas en un porvenir más próspero y promesas que, en algunos casos, llegaron al paroxismo de afirmar que “la tierra será el paraíso de toda la humanidad”.
Bastó poco para que esa concepción de futuro venturoso se fuera desmoronando con el tiempo, sobre todo, después de los bofetones de una realidad compleja que desmentía las teorías.
Emerge una época
Huelga decirlo: hoy vivimos en la sociedad del presente. La nueva relación con el tiempo —a la que se podría también agregar el espacio— es una de las características principales de nuestra sociedad contemporánea. Tal vez, la que mejor la retrata. Nuestras relaciones sociales están basadas en lo inmediato, en problemas individuales y emociones que los individuos expresan espontáneamente. Son muchos los investigadores que, al analizar este fenómeno, estiman que, más que de una evolución, se trata de una mutación societal que tiene causas y consecuencias. Esta incide en el plano individual, en las relaciones colectivas y en el funcionamiento político.
Para estos analistas, el imperio del presente se fundaría en las transformaciones económicas de la época postindustrial globalizada. Estas traerían consigo consecuencias culturales y éticas derivadas de esta evolución, agregando la erosión de valores de referencia y la desestructuración de los núcleos sociales tales como familias, corporaciones, iglesias, sindicatos, etc. Además, agregan el vertiginoso desarrollo de las comunicaciones, que hace que la información circule de manera inmediata, parcializada, superficial y a menudo tergiversada a través de redes sociales controladas consciente y planificadamente por quienes dominan el mundo.
Para el sociólogo alemán Hartmut Rosa, estudioso de estos temas, la aceleración social del postmodernismo obedece a tres causas esenciales: las innovaciones tecnológicas, la transformación social y el ritmo de la vida individual (Alienación y aceleración…, 2016). Otro gran especialista, el polaco-británico Zygmunt Bauman, en su libro Liquid Modernity (2000) caracteriza a la sociedad del presente como “líquida”, refiriéndose a ella como cortoplacista, de consumo inmediato e incapaz de construir proyectos políticos durables.
Lo vemos diariamente: cada hecho, cada evento, es comunicado y comentado al instante y la aceleración de los flujos de noticias inunda la información; la banaliza y desnaturaliza su importancia y sentido. Nos hemos acostumbrado a presenciar lo abominable, nos resignamos ante lo macabro, las masacres ya no nos conmueven, porque sin pensamiento crítico, no hay análisis; y mientras nuestro sentir se hace indiferente, escondemos la mirada ante lo abyecto.
El individualismo como componente esencial
Muchos jóvenes —y otros que no lo son— enarbolan banderas reivindicando derechos. A imagen y semejanza de la sociedad de consumo donde se diversifican y aumentan los productos, se multiplican exponencialmente los derechos, como panes por un milagro divino. Y la reivindicación se hace estridente: “Lo quiero todo, lo quiero ya”.
Es esta misma actitud la que Debray grafica como: “Ni pasado ni futuro importan, lo urgente mata lo importante”. Lamentablemente, en lo reivindicado en las calles e inserto en el imaginario colectivo, no encontramos el más mínimo deber que debería acompañar esos derechos; el individualismo egoísta, simplemente, no los percibe ni procesa.
Así pues, el presente se transforma en el único horizonte y el egoísmo está en el centro de la satisfacción de toda necesidad —real o imaginaria—, escasamente colectiva, poco solidaria y jamás generosa ni desinteresada.
En tales circunstancias, las democracias se ven fuertemente afectadas por este fenómeno. En el caso de Chile, tal vez el ejemplo más significativo haya sido el plebiscito constitucional de 2022. Una frívola asamblea constituyente elaboró entonces un catálogo extenso de derechos para el presente, con un cuestionamiento implacable de la historia y una escasa proyección de futuro que hacía peligrar el sustento de un Estado unitario y nacional. La reacción popular fue lección y desafío a la vez, y probó que la evolución puede cambiar de dirección cuando las conciencias despiertan.
La urgencia del presente
Hoy, constatamos que los gobiernos están cada vez más sometidos a una presión de inmediatez por parte de los medios y las redes que condicionan la opinión pública. Cada crisis exige respuestas inmediatas y las autoridades se sienten obligadas a responder en tiempos extremadamente cortos. Y es aquí donde vemos aparecer el concepto ideológico de la urgencia. “Responder a las preocupaciones inmediatas de la gente” pasa a ser preocupación y consigna exclusiva del gobernante. La reflexión de futuro, la estructuración de respuestas de fondo, la implementación de políticas de mediano y largo plazo son abandonadas en función de la premura que impone la urgencia.
Como es evidente, actuar bajo la presión de la urgencia hace imposible procesar temas que sobrepasen los tiempos electorales. “Gobernar es prever”, solía decir Pierre Mendès France, uno de los políticos más respetados de la IV República de Francia. Natalidad, cambio climático, envejecimiento de la población, transición energética, deuda pública, geoestrategia, educación, innovación y otras tantas materias requieren de una visión a largo plazo. De ahí el peligro inminente de la demagogia que responde únicamente al presente y que comienza a ser referente y lastre de nuestra empobrecida vida política.
En este contexto, las ideologías tradicionales han perdido vigencia. Los proyectos colectivos de los que eran hasta hace poco portadoras han dado paso a una suma de aspiraciones individuales, canalizadas por un populismo que promete lo impensado. Las redes sociales se encargan de acelerar este proceso de respuesta inmediata y de incitación a la demagogia. Todos se sienten con “derecho” a opinar, aun cuando la expresión sea un disparate fundado en percepciones, más que en análisis racionales.
El continente americano, y en parte también Europa, giran actualmente hacia regímenes que legitiman la inmediatez. Varios de ellos tienen tendencias a sacrificar libertades esenciales, so pretexto de satisfacer las urgencias.
El desafío principal de las democracias para los próximos años —toda vez que estas sean capaces de resistir a la ola populista— será entonces encontrar un equilibrio entre las exigencias urgentes de los ciudadanos, sus deseos de más y mejor participación en las decisiones públicas y la necesidad de construir un futuro colectivo y solidario que sobrepase este presente líquido. ¿Recogeremos el guante?
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