Rusia no solo libra una guerra contra Ucrania para ocupar territorios, subyugar a los ucranianos y someter al Estado ucraniano. Moscú también libra una guerra por la memoria: por el derecho a definir a quién pertenece la historia, la cultura y la herencia espiritual de la Rus de Kyiv. Por eso, la agresión rusa no se dirige únicamente contra personas y ciudades, sino también contra museos, archivos, bibliotecas, templos y la propia identidad ucraniana.

A mediados de junio, el mundo vio terribles imágenes de la Catedral de la Dormición de la Laura de las Cuevas de Kyiv —uno de los santuarios cristianos más importantes de Ucrania y de toda Europa del Este – dañada por el impacto de un dron ruso.

Para los ucranianos, no es solo un monumento arquitectónico. Es un símbolo de mil años de historia, espiritualidad y continuidad estatal. Su historia es, en sí misma, significativa. Durante la Segunda Guerra Mundial ya fue destruida, y su reconstrucción se convirtió en un símbolo del renacimiento de una Ucrania independiente. Es importante recordar que la propia catedral fue destruida en 1941 por el mismo régimen soviético estalinista, es decir, por los bolcheviques, en el marco de su política sistemática de eliminación del patrimonio religioso y cultural ucraniano. Hoy, vuelve a ser víctima de una guerra librada por Rusia contra el pueblo ucraniano. Este hecho ilustra de manera clara el profundo cinismo de la política rusa hacia Ucrania.

Lee también...

Al inicio de la invasión a gran escala, una de las principales figuras de la propaganda del Kremlin, Margarita Simonián, aseguró que Rusia no bombardearía Kyiv bajo ninguna circunstancia, ya que allí se encuentran santuarios ortodoxos que los rusos consideran propios. Aquella declaración buscaba proyectar una supuesta “protección” de la herencia religiosa y de una historia compartida. La realidad demostró lo contrario.

A lo largo de la guerra, los misiles, drones y la artillería rusa han dañado o destruido cientos de edificios religiosos de distintas confesiones: iglesias ortodoxas, templos católicos, casas de culto protestantes, mezquitas y sinagogas. La propia Laura de las Cuevas de Kyiv ha sufrido impactos y daños significativos.

La magnitud de la destrucción ya supera cualquier episodio aislado. Según datos de la Unesco, hasta 2026 se han confirmado daños en más de quinientos sitios del patrimonio cultural de Ucrania, incluyendo monumentos históricos, museos, templos, bibliotecas y archivos. Las autoridades ucranianas registran cifras aún mayores: más de 1500 sitios del patrimonio cultural dañados o destruidos, además de miles de instituciones culturales afectadas. Según estimaciones del Ministerio de Cultura de Ucrania, más de 2 millones de piezas de museos permanecen en territorios temporalmente ocupados o se consideran perdidas, mientras que se ha documentado el robo de aproximadamente 35.000 piezas en museos de las regiones liberadas. Se trata de colecciones museísticas, archivos, hallazgos arqueológicos y obras de arte. Al mismo tiempo, tras ocupar las ciudades de Jersón, Melitópol y otras, los vándalos rusos llegaron a saquear museos enteros.

Sin embargo, la destrucción es solo una parte del problema. La otra es la apropiación sistemática del patrimonio cultural ucraniano.

El proceso de subordinación cultural comenzó en 1686, con el sometimiento de la metrópolis de Kyiv a la autoridad del Patriarcado de Moscú, un paso que marcó el inicio de la progresiva incorporación del espacio espiritual y cultural ucraniano a la órbita imperial rusa. La política de negación de la cultura ucraniana por parte del Imperio ruso se manifestó de manera más explícita en julio de 1863, cuando el ministro del Interior del Imperio ruso, Piotr Valuev, impulsó el llamado “circular de Valuev”. Este documento restringió severamente la publicación de textos religiosos y educativos en idioma ucraniano bajo la afirmación de que “la lengua ucraniana nunca ha existido, no existe y no puede existir”.

Trece años después, esta política fue aún más endurecida por el Imperio ruso. En mayo de 1876, el emperador Alejandro II firmó el Decreto de Ems, que prohibió la publicación de los libros en idioma ucraniano, el uso público del ucraniano en la educación y su presencia en múltiples ámbitos de la vida cultural, incluidas las obras de teatro. Este decreto institucionalizó una represión sistemática de la identidad cultural ucraniana dentro del Imperio ruso.

En el siglo XX, el régimen soviético profundizó esta misma lógica, destruyendo sistemáticamente templos, monasterios y monumentos culturales, persiguiendo a comunidades religiosas, cerrando iglesias y eliminando símbolos de la vida espiritual ucraniana. Paralelamente, impulsó una política de rusificación total, destinada a sustituir la lengua, la identidad y las expresiones culturales ucranianas por modelos soviéticos y rusos.

En la actualidad, tras la ocupación de territorios ucranianos, la propaganda rusa sigue negando el patrimonio inmaterial ucraniano, presentando las tradiciones, la cultura popular y la propia identidad ucraniana como una variante regional de un supuesto “pueblo ruso único”. De este modo, se busca privar a Ucrania de su derecho a una historia propia y a una identidad cultural soberana.

El mayor cinismo reside en que un Estado que justifica su agresión en nombre de la “defensa de una historia común” y de una supuesta “civilización ortodoxa” es el mismo que bombardea los santuarios que dice considerar propios. Un Estado que se proclama heredero de la Rus de Kyiv ataca Kyiv. Un Estado que afirma proteger la cultura saquea museos y archivos. Un Estado que acusa a otros de reescribir la historia intenta borrar la historia ucraniana y reemplazarla por sus propios mitos.

Para la sociedad chilena, que valora profundamente su patrimonio cultural y su memoria histórica, esta dimensión del conflicto resulta especialmente comprensible. El patrimonio cultural no pertenece solo a una nación: es parte del legado de toda la humanidad. Entonces cuando se destruye una catedral, un museo o un barrio histórico en Ucrania, no desaparece solo un edificio. Se rompe un vínculo con la memoria humana compartida. Se pierde una parte irreemplazable de la historia del mundo.

Es evidente, que la “filosofía” de la guerra de Rusia contra Ucrania es esta: lo que no lograron someter en 340 años de presión política, religiosa y cultural, hoy intentan borrarlo por la fuerza de las armas. Aquello que no pudieron convertir en subordinación, ahora buscan robar o convertirlo en ruinas.