Los mandatarios extranjeros que visitan Chile suelen llegar a Santiago. Se reúnen en La Moneda, firman acuerdos y sostienen encuentros con empresarios de la capital. Sin embargo, los resultados reales de la cooperación entre países no se manifiestan únicamente en las salas de reuniones de la capital, sino también en los diques, las fábricas y los puertos de las regiones. En ese sentido, Biobío es uno de los lugares que debería seguir con mayor atención la próxima visita del presidente de la República de Corea.

El presidente Lee Jae-myung realizará una visita oficial a Chile entre el 29 y el 30 de julio. Será la primera visita de un mandatario surcoreano al país desde 2015, hace once años. Existe una razón clara para que el jefe de Estado de una nación situada al otro lado del mundo, a más de un día de vuelo, viaje hasta Chile.

Para Corea, Chile no es simplemente un socio comercial. El Tratado de Libre Comercio entre ambos países, que entró en vigor en 2004, fue el primer acuerdo de este tipo suscrito por Corea. Puede decirse que la red de tratados comerciales que hoy conecta a Corea con distintas regiones del mundo dio su primer paso precisamente en Chile.

Durante esta visita, el presidente Lee sostendrá una cumbre con el presidente José Antonio Kast. Se espera que la agenda incluya comercio e inversión, minerales críticos y energía, industria, ciencia y tecnología. También está prevista una mesa redonda empresarial entre ambos países. Las actividades oficiales tendrán lugar en Santiago. Allí se tomarán las fotografías y se realizarán los anuncios conjuntos. Pero los resultados de la cumbre no deberían quedarse en Santiago.

En ese entonces me desempeñaba como ministro consejero de la Embajada de la República de Corea en Chile y, el 3 de julio de 2024, asistí en Talcahuano a la ceremonia de entrega del rompehielos Almirante Viel. Fue el primer rompehielos construido por Chile en un astillero nacional y uno de los proyectos navales más grandes y complejos emprendidos por ASMAR. Según la Armada de Chile, el Almirante Viel es, a la fecha, el buque científico antártico más grande construido en el país y en Sudamérica.

Vengo de un país que construye barcos. Por eso creo entender, al menos en parte, que el momento en que un casco de esas dimensiones toca el agua por primera vez representa mucho más que un logro técnico. En un buque no solo hay diseño e ingeniería de soldadura. También están presentes años de conocimiento acumulado, la experiencia de sus trabajadores, la confianza entre empresas y la perseverancia de un país.

El Almirante Viel tiene un desplazamiento de 10.500 toneladas. En su construcción participaron cientos de trabajadores y especialistas, y el 52% de los materiales utilizados fue suministrado por empresas chilenas. Esto significa que, mientras se construía una embarcación, también crecían empresas, trabajadores y todo un ecosistema tecnológico regional. Y ese buque fue construido aquí, en Talcahuano.

Al recorrer Biobío, el potencial de la región se vuelve aún más evidente. La construcción y reparación naval, la refinación y la petroquímica, la industria forestal y de la celulosa, los puertos, la pesca y la energía se concentran en un mismo territorio. No es común encontrar en el mundo una región con una base industrial tan diversa y, al mismo tiempo, tan susceptible de integrarse. Quienes observan Chile únicamente desde Santiago pueden pasar por alto esta realidad. Yo mismo comprendí mejor la existencia de otro centro de la economía chilena solo después de visitar Biobío.

Pero Biobío no posee únicamente capacidad industrial. También conserva la memoria de haber vuelto a levantarse desde las ruinas.

El terremoto y tsunami del 27 de febrero de 2010 devastaron Concepción, Talcahuano y muchas otras localidades de la región. Ocho días después del terremoto, miembros de la comunidad coreana residente en Chile cargaron camiones con ayuda y se dirigieron hacia el sur. No esperaron a que los suministros llegaran desde Corea. Compraron en Chile arroz, harina, jabón y otros bienes de primera necesidad, los empaquetaron personalmente y, el 6 de marzo, los entregaron directamente a habitantes de Concepción y de localidades cercanas. Al día siguiente continuaron hacia Talca.

No fue un acuerdo entre gobiernos ni una gran iniciativa diplomática. Fue simplemente el gesto de personas que vivían en un mismo país y decidieron tender la mano a vecinos que atravesaban un momento difícil.

Biobío volvió a levantarse de aquellas ruinas. Los puertos fueron reconstruidos y las fábricas retomaron sus operaciones. Más de una década después, en un astillero de esta región nació un rompehielos capaz de abrirse paso entre los hielos antárticos. No considero que esas dos escenas sean completamente ajenas entre sí. La capacidad de recuperarse de una crisis y la capacidad de llevar adelante un proyecto industrial de enorme complejidad provienen, en última instancia, de la misma fuente: la confianza en las personas, en la tecnología y en la comunidad.

Es precisamente en este punto donde Corea y Biobío pueden convertirse en socios concretos. Corea ha acumulado una amplia experiencia en construcción naval, ingeniería offshore, reparación y modernización de embarcaciones, cadenas de suministro de componentes y buques propulsados por tecnologías más limpias. Biobío, por su parte, cuenta con astilleros, puertos, trabajadores calificados e instalaciones industriales. La reconversión de embarcaciones convencionales en buques de bajas emisiones, el desarrollo de combustibles limpios y equipos relacionados, la formación de personal naval, así como la mejora de la eficiencia energética y la descarbonización de los complejos industriales, son ámbitos en los que ambas partes pueden generar resultados concretos.

Lo importante no es que Corea llegue a Chile con respuestas ya terminadas. Se trata de sumar la experiencia y la tecnología coreanas a las capacidades que Chile y Biobío ya poseen, con el objetivo de crear conjuntamente nuevas oportunidades industriales.

La visita presidencial durará dos días. La cumbre y los anuncios conjuntos dejarán pronto de ocupar los principales titulares. Pero el verdadero valor de esta visita se evaluará dentro de algunos años. Se medirá en la capacidad de transformar lo discutido en Santiago en nuevos proyectos en los diques de Talcahuano, en empleos en las fábricas de Biobío y en nuevas oportunidades comerciales en sus puertos.

Por eso espero que los lectores de la región del Biobío presten atención a la visita del Presidente de Corea. No se trata únicamente de un asunto entre dos presidentes. Si las conversaciones iniciadas en Santiago se convierten en cooperación real, terminarán siendo también un asunto del Biobío.