La crisis actual nos alerta y obliga a la reflexión y la acción.
Una élite separada del pueblo ha sido el dilema permanente de las sociedades en todo tiempo y lugar. En cada una de las civilizaciones, la organización del trabajo y de la sociedad funciona con reglas que, de alguna manera, consolidan el dominio de las élites. Esclavos, plebeyos, siervos, proletarios, campesinos… han contado con menos derechos que los patricios, aristócratas, nobleza, clero y burguesía.
Enfrentar el dilema entre la élite y la “gente de a pie” —como se ha comenzado a llamar a los sectores populares— es el objeto de la política, ya que convivir aceptablemente requiere superar o reducir esta contradicción mediante reglas que la amortigüen. Todos quienes se han hecho cargo del poder, o que pretenden alcanzarlo, integran en su acción esta encrucijada, proponiendo caminos diversos, a veces antagónicos, para superarla.
Hoy, la globalización, junto con buscar uniformizar el mundo en base al consumo, es incapaz de ocultar esa dicotomía entre las élites y los ciudadanos.
La teoría de la lucha de clases de Marx y Engels intenta una explicación de la historia a través del materialismo histórico, tipificando sus etapas en función del sistema de producción, las que, al evolucionar, llegarían a la sociedad sin clases. Aplicada por V. I. Lenin, esta evolución parece detenerse, casi por arte de magia, en la fase del socialismo, en la que el proletariado entregaría una suerte de mandato de representación a una “vanguardia” que pasaría a actuar por cuenta del pueblo. Esta encarnaría a esos “esclavos sin pan” a los que se refiere La Internacional, himno cantado cada vez menos por una izquierda más identitaria que popular.
Inútil argumentar para contradecir tan “loable” propósito del marxismo-leninismo. Muchos ya se han encargado de evidenciar los hechos que desmienten esta caricatura por la que, sin embargo, millones de disidentes y militantes han dejado la vida. La élite socialista, o comunista, como quiera llamársele, conocida como nomenklatura, no solo es inherente al socialismo, sino que fue, y es, tan o más engañosa y cruel que la élite capitalista a la que reemplaza. La película Rebelión en la granja, basada en la novela de George Orwell, describe, acertada y despiadadamente, esta constatación.
El populismo sin caretas
Destacados analistas sostienen que la democracia representativa, tal como se conoce en Occidente, se encuentra en una crisis profunda. Sus principales componentes, tales como partidos políticos, elecciones, alternancia, libertades garantizadas e instituciones, se ven enfrentados a una evolución peligrosa.
Nuestra frágil democracia, desestabilizada dentro de un entorno repleto de conflictos y prisionera de los extremos políticos, es agredida desde la sombra por enrabiados demonios. Lo que vemos no es inédito; ni en el mundo ni en nuestro continente. Nos referimos al populismo, un fenómeno que, sin ser un sistema como tal, es perfectamente reconocible y esconde consigo un puñal lacerante.
El populismo no responde necesariamente a una ideología específica, sino a una forma de hacer la política y de ejercer el poder, y puede ser tanto de izquierda como de derecha. Sus postulados se basan en la denuncia contra los representantes del poder político, económico o cultural. Y frente a este dilema, proponen soluciones simplistas y demagógicas, apelando más a las emociones que a soluciones técnicas, generalmente con líderes personalistas que dicen representar la voluntad popular y persiguen mantenerse en el poder.
La falta de respuestas de la democracia
El cuestionamiento a las élites cuenta con fundamentos concretos: su corrupción, primeramente, amplificada por los medios y las redes sociales; la enorme desigualdad que se genera en un mundo egoísta; su desconexión con los problemas reales de la gente, unida a una dosis de desdén que hace que el ciudadano se sienta menospreciado y desplazado de toda decisión. Cuando las democracias son incapaces de ofrecer expectativas, el populismo encuentra un terreno fértil para propagarse.
Como vemos, el problema no radica únicamente en el populismo, sino en el desgaste de un sistema cuya eficiencia, credibilidad y legitimidad son cuestionadas. Cuando las instituciones son percibidas como corruptas e ineficientes y el Estado se repleta de burócratas ineptos, cuando la desigualdad conduce a la desesperanza, el resentimiento de la gente encuentra abrigo.
En Europa, partidos de derecha extrema o nacionalista han ganado apoyo popular con una política enfocada en la inmigración, la identidad y la crítica permanente a la Unión Europea. En países como Italia, Alemania, Francia, Hungría, Eslovaquia… estos movimientos han logrado una gran influencia. Según ellos, la invasión que provoca la inmigración amenaza la cultura e identidad, responsabilizando a la tecnocracia de la U.E. de favorecerla y limitar la soberanía de los Estados.
Pero también existen movimientos populistas de izquierda: Podemos en España, La Francia Insumisa, Syriza en Grecia… y no sería extraño, por ejemplo, que en la próxima elección presidencial francesa se afrontaran los dos extremos en una segunda vuelta.
En nuestro continente, el populismo ha sido prácticamente una tradición. A mediados del siglo XX aparecieron líderes como Velasco Ibarra en Ecuador, Juan Domingo Perón en Argentina y Getulio Vargas en Brasil, quienes combinaron políticas sociales con nacionalismo y liderazgos personalistas. En las últimas décadas, Chávez y Maduro, Evo Morales, Bukele y Bolsonaro, aunque con orientaciones ideológicas diferentes, caracterizan populismos que han aniquilado o puesto en peligro las instituciones. Aplicando políticas estatistas en un caso o liberales en otro, comparten, sin embargo, las características de los gobiernos populistas.
En Estados Unidos el fenómeno llegó con Donald Trump en 2016, amplificándose en su segundo mandato. Utilizando un discurso nacionalista y antiestablishment, este combate a los medios de comunicación, la justicia, la inmigración y a países amigos y enemigos. Su lema “Make America Great Again” refleja la idea de recuperar el dominio de los EE.UU. frente a la globalización y a China. La actual administración demuestra que una democracia como esta puede experimentar profundas divisiones y estar en peligro de muerte por acciones populistas desmedidas.
Chile no escapa a esta realidad
Entre muchas lecciones, la crisis de octubre de 2019 dejó de manifiesto el desgaste de la clase política y la desconfianza de la gente hacia las instituciones. Después, las dos experiencias constitucionales fallidas desnudaron a las élites gobiernistas y opositoras, exhibiéndonos su fanatismo, pequeñez y mezquindad. La fragmentación política y la falta de acuerdos sobre temas esenciales nos muestran una democracia tensionada, donde predominan las emociones, el pesimismo y la confrontación por sobre el diálogo y el bien común.
En este contexto, apelando al descontento ciudadano, distintos sectores han recurrido a discursos populistas, prometiendo soluciones simples frente a problemas complejos. Al escucharlos, los problemas de inseguridad, inmigración, narcotráfico y crecimiento económico encontrarían soluciones en un santiamén.
Bien sabemos que la descalificación constante de las instituciones, la farándula, la personalización excesiva y la reducción de los problemas a consignas emocionales, terminan erosionando el pluralismo y favoreciendo los autoritarismos.
La crisis actual nos alerta y obliga a la reflexión y la acción. Defender la democracia no puede significar únicamente preservar sus formas tradicionales, sino también reformarla y sanearla para hacerla más transparente, participativa, con instituciones capaces de responder eficazmente a las frustraciones sociales. De lo contrario, la histórica tensión entre élites y mayorías continuará alimentando la polarización, la desconfianza y la violencia que anticipan un populismo pernicioso y autoritario.
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