Lo malo se vuelve bueno. Lo inútil se vuelve indispensable. Lo que antes había que eliminar ahora hay que protegerlo. Y así seguimos.
Imagínese por un momento una pelea de boxeo. En la esquina azul, el Arrau del pasado. En la esquina roja, el Arrau del presente. Suena la campana y comienza el combate.
El Arrau del pasado toma el micrófono y parte con todo: –¡El Ministerio de Seguridad es una mala idea! ¡Más burocracia! ¡Más cargos! ¡Más Estado! ¡No sirve para solucionar los problemas reales!
El público aplaude. Algunos incluso se ponen de pie.
Pero entonces entra al ring el Arrau del presente: – Momentito. El Ministerio de Seguridad sí sirve. Es necesario. Es importante. Es fundamental para el funcionamiento del país.
Silencio.
El Arrau del pasado lo mira sorprendido. — ¿Y quién eres tú para decir eso?
Y el otro responde: — Soy el ministro de Seguridad.
La pelea se detiene. El árbitro se acerca: — Perdón, ¿usted no era el mismo que estaba alegando hace cinco minutos?
— Sí.
— ¿Y ahora lo defiende?
— También.
— ¿Y no encuentra que hay una contradicción?
— No tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso.
Y ahí se acaba el debate.
Porque cuando uno escucha al Arrau de antes y al Arrau de ahora, da la impresión de que no pertenecen al mismo partido político. Ni siquiera al mismo país. Uno combatía la existencia del ministerio y el otro cobra sueldo en él. Uno decía que era un error y el otro administra la oficina principal.
La verdad es que el Ministerio de Seguridad ha logrado algo que parecía imposible: convertir a Arrau en su principal detractor y en su principal defensor al mismo tiempo. Es una especie de milagro administrativo.
Durante años se intentó convencer a los chilenos de que los gobiernos anteriores, y en particular el gobierno de Boric, no tenían idea de cómo combatir la delincuencia. Se instaló la idea de que Chile era un país donde nadie podía salir de su casa sin temor, que la inseguridad avanzaba sin control y que existía una solución que solo ellos conocían.
Pues bien, llegó el 11 de marzo y asumió una ministra que no solo tuvo serios problemas de comunicación, sino que además parecía no tener claro que dirigir la seguridad pública exige un plan de trabajo.
Hoy esa ministra ya no está y es reemplazada por Arrau, quien no solo sigue sin presentar una estrategia propia, sino que reconoce abiertamente que el plan que aplicará es el mismo plan del gobierno anterior. Curioso por decir algo, yo más bien diría inconsistente.
De esta manera, muchas de las grandes promesas que se presentaron como soluciones definitivas quedaron reducidas a metáforas: la expulsión de extranjeros, la zanja fronteriza de la que nadie sabe con certeza cuánto costará ni cuánto demorará en construirse, y tantas otras propuestas que fueron exhibidas como la gran diferencia.
Al final, la seguridad termina descansando en las mismas herramientas que durante años criticaron. Y mientras eso ocurre, lo único verdaderamente distinto parece ser la rebaja de impuestos a las grandes empresas, el aumento de la carga tributaria para muchas pymes y las señales cada vez más evidentes que buscan sentar las bases para una futura privatización de Codelco.
Porque Kast y sus ministros juegan al runrún, ese juego de niños hecho con un botón y un hilo. Lo lanzan hacia un lado y luego lo devuelven exactamente hacia el otro. Primero una idea parece cuestionable, después se transforma en su contrario.
Hoy se condena algo que mañana se defiende y pasado mañana se presenta como un gran logro. Y como le ha ocurrido a cualquiera que jugó con un runrún cuando niño, lo más probable es que terminen completamente enredados, haciendo nudos sobre sí mismos, hasta que ya nadie entiende qué dijeron ayer, qué sostienen hoy y qué defenderán mañana. Lo malo se vuelve bueno. Lo inútil se vuelve indispensable. Lo que antes había que eliminar ahora hay que protegerlo. Y así seguimos.
Por eso, más que una comisión investigadora, quizás lo que Chile necesita es sentar en una mesa al Arrau de 2025 y al Arrau de 2026 para que conversen entre ellos. Aunque probablemente terminarían discutiendo. Y apostaría el control remoto del televisor a que ninguno lograría convencer al otro.
Porque si algo ha quedado claro en esta historia, es que el principal adversario político del ministro Arrau no está en la oposición.
Es el propio ministro Arrau.
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