Si queremos disminuir la violencia en las escuelas, no basta con controlarla. Hay que atacarla en su origen.

La educación chilena está en crisis porque los pilares que le otorgan legitimidad —calidad y comunidad— están fracturados.

Partamos por comunidad. Durante 2025 se registraron 22.680 denuncias de violencia escolar ante la Superintendencia de Educación, un aumento de 18,7% respecto del año anterior. No es solo una cifra; es un síntoma. Habla de espacios educativos donde la convivencia se deteriora y donde, en muchos casos, la escuela deja de ser un lugar seguro.

Sigamos con calidad. En el Simce 2025, 4 de cada 10 estudiantes de 8° básico no alcanzó los aprendizajes esperados. Es decir, una parte importante de los estudiantes avanza en el sistema sin dominar contenidos fundamentales. Y aquí aparece una tensión evidente: ¿cómo exigir convivencia en un entorno donde tampoco se están logrando aprendizajes básicos?

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La pregunta de fondo es si existe relación entre ambos fenómenos. Y la evidencia internacional es clara. Un estudio reciente publicado en la revista Science muestra que las correlaciones entre violencia, educación y desigualdad social son significativas y fuertes.

En simple, a mayor educación, menor violencia. No porque la educación elimine el conflicto, sino porque entrega herramientas para gestionarlo, habilidades socioemocionales, pensamiento crítico y capacidad de resolver diferencias sin recurrir a la agresión.

Llevado al día a día, esto es evidente. Un estudiante que comprende lo que lee, que puede expresar ideas y que se siente parte de su comunidad escolar tiene menos probabilidades de reaccionar desde la frustración o la violencia. Por el contrario, cuando no hay aprendizaje ni sentido de pertenencia, lo que aparece es desconexión, y muchas veces, conflicto.

Por eso, las soluciones de fondo no pasan solo por endurecer sanciones o aumentar el control. Eso puede contener, pero no resuelve. El desafío es más estructural, invertir con fuerza en primera infancia, fortalecer la alfabetización temprana y ampliar el acceso a proyectos educativos de calidad, incluyendo el rol que cumplen los colegios subvencionados.

Pero el Estado no puede solo. Recuperar la educación como espacio de desarrollo requiere colaboración. Un ejemplo concreto es el trabajo que hemos impulsado en La Araucanía con el programa “Se Puede”. Inspirado en el modelo de Sobral, en Brasil, se ha puesto el foco en lo esencial: que los niños aprendan a leer oportunamente.

A partir de ahí, evaluaciones constantes permiten ajustar la enseñanza, mejorar prácticas pedagógicas y avanzar en calidad. Los resultados en Sobral son conocidos: pasó de estar entre los peores sistemas educativos de Brasil a convertirse en un referente en pocos años. ¿La clave? Foco, seguimiento y colaboración entre actores públicos y privados.

Chile necesita avanzar en esa dirección. Porque si queremos disminuir la violencia en las escuelas, no basta con controlarla. Hay que atacarla en su origen. Y ese origen —aunque a veces se nos olvide— está en la calidad de la educación y en la reconstrucción de la comunidad escolar. Porque sin aprendizaje ni pertenencia, no hay convivencia posible. Y sin convivencia, no hay educación que sostenga su legitimidad.

Nicolás Birrell
Presidente de Desafío Levantemos Chile

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