Un ajuste fiscal serio que no toque Salud es una ilusión, pero tocar Salud no puede traducirse en menos cirugías, menos medicamentos o más espera.

El ajuste de 3% ordenado por Hacienda revela que el verdadero problema no es solo más presupuesto en Salud, sino un gasto rígido en una economía que dejó de crecer.

El reciente estudio “Gasto Público en Chile Crecimiento Composición y Desafíos de Ajuste Fiscal” del Centro de Estudios Financieros de la Universidad de los Andes entrega una señal incómoda pero ineludible al nuevo gobierno.

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Uno de los nudos del ajuste no está en los promedios macro, sino en sectores específicos y Salud es uno de ellos. En los últimos quince años el sector se ha convertido en uno de los principales motores del aumento del gasto con una expansión concentrada en servicios hospitalarios y nuevas garantías que hoy se perciben como derechos sociales consolidados. No se trata solo de más gasto sino de un patrón difícil de revertir sin reformar el modelo.

Entre 2010 y 2024 el gasto del Gobierno Central creció más rápido que los ingresos generando déficits persistentes. Dentro de ese incremento Salud explica una fracción muy significativa y la mayor parte de ese impulso proviene de la atención hospitalaria que gana peso dentro del presupuesto. El resultado es un sistema que pese a más recursos sigue atrapado en listas de espera, camas llenas y servicios de urgencia desbordados.

Sobre este cuadro llega la instrucción de Hacienda de recortar 3% del presupuesto en todos los ministerios como primera expresión del ajuste fiscal comprometido por el presidente Kast. Presentado como gesto de disciplina el tijeretazo lineal parece sencillo, pero aplicado a Salud está lejos de ser neutro.

El estudio del CEF muestra que el problema en Chile hoy no es falta de ideas para gastar, sino un gasto que crece más rápido que la capacidad de financiarlo. En Salud ese gasto es crecientemente rígido porque se apoya en prestaciones y beneficios que la ciudadanía entiende como derechos adquiridos. El Copago Cero en Fonasa es el ejemplo más claro al eliminar los copagos de los tramos C y D el Estado asumió un financiamiento que antes se compartía con los hogares.

Algo similar ocurre con la expansión de garantías explícitas y programas de alto costo que difícilmente pueden revertirse sin un alto costo político. Mientras el crecimiento económico se mantiene débil cada peso adicional de compromiso permanente tensiona más las cuentas fiscales.

Para la nueva administración el dilema es evidente. Un ajuste fiscal serio que no toque Salud es una ilusión, pero tocar Salud no puede traducirse en menos cirugías, menos medicamentos o más espera. La única salida políticamente viable es cambiar la forma en que se gasta, aprovechando la presión del 3%, para revisar en serio la productividad hospitalaria, la gestión de pabellones y camas, los contratos de servicios y compras, y el equilibrio entre hospital y atención primaria.

Es decir, convertir un recorte ciego en una reasignación inteligente que proteja la atención directa y vaya a buscar ineficiencias donde existen, mientras el país hace su tarea más urgente: volver a crecer de manera sostenida para que el financiamiento de la salud y de la protección social descanse sobre una base económica más amplia.

Nada de esto será posible sin un acuerdo político amplio. Hacienda necesita credibilidad en sus metas de consolidación, Salud requiere margen para reorganizar la oferta sin quedar atrapado en la protesta permanente y el Congreso debe aprobar cambios que no se limiten a sumar beneficios.

La sostenibilidad de los derechos sociales depende tanto de cuánto gastamos como de cómo gastamos, pero también de cuánto crecemos. Si el ajuste se agota en un 3% lineal, Chile seguirá en un equilibrio frágil. Convertir al sector Salud en pilar de una consolidación fiscal inteligente y acompañar ese esfuerzo con una agenda seria de crecimiento será una de las pruebas políticas decisivas de este gobierno.