La historia nos enseña que cuando el odio se normaliza, cuando se relativiza o se deja pasar, sus consecuencias pueden ser devastadoras.

Cada año, cuando conmemoramos el Día del Holocausto, la memoria nos lleva inevitablemente a Europa. A los campos de concentración, a testimonios que estremecen y a cifras que la razón apenas logra comprender. Pero hay una dimensión menos explorada: la de aquellos países que, lejos del epicentro del horror, también fueron parte de esta historia.

Chile es uno de ellos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, nuestro país optó por la neutralidad. Una decisión compleja, en un mundo polarizado y en un contexto interno donde coexistían distintas miradas.

Con el paso del tiempo, y en sintonía con el escenario internacional, Chile terminó por romper relaciones con las potencias del Eje, Alemania, Japón e Italia, en 1943, marcando una posición clara frente al conflicto.

Pero más allá de las definiciones políticas, hay otra arista que también forma parte de nuestra memoria.

Muchos sobrevivientes no partieron inmediatamente hacia nuevos destinos. Intentaron volver. Regresar a sus casas, a sus ciudades, a una vida que ya no existía. Y se encontraron con que no había hogar al cual volver y el entorno, en muchos lugares, aún seguía siendo hostil.

Incluso después de haber sobrevivido a tragedias inimaginables, hubo quienes volvieron a ser víctimas de violencia, en distintos episodios en Europa. Porque la realidad es que el fin de la guerra no puso fin al antisemitismo.

Por eso, para tantos, migrar no fue una elección, sino la única posibilidad de reconstruir algo desde cero. Y en ese camino, Chile fue uno de los lugares donde esa reconstrucción fue posible.

Como muchos otros países, el nuestro también enfrentó ese desafío con tensiones propias de la época: trabas administrativas, temores económicos y un contexto global incierto. Aun así, Chile abrió sus puertas a miles de refugiados que encontraron aquí la posibilidad de empezar de nuevo.

Cada una de esas historias es también parte de las raíces de nuestra nación. Y dentro de esa historia, hay ejemplos que reflejan lo mejor del espíritu humano y que nos enorgullecen como chilenos.

Samuel del Campo, desde su rol como cónsul en Bucarest, ayudó a salvar a cientos de judíos entregando documentación que les permitió escapar de la persecución.

María Edwards McClure, arriesgó su vida para proteger a niños judíos, escondiéndolos y facilitando su huida. Sus historias nos recuerdan que, incluso en los momentos más oscuros de la humanidad, siempre hay espacio para la valentía, la empatía y la acción.

Para la comunidad judía del mundo el Día del Holocausto, también es una advertencia.

Primo Levi escribió en su libro “Si esto es el hombre”: “Los monstruos existen, pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios dispuestos a creer y a obedecer sin discutir”.

El antisemitismo no comenzó con los campos de concentración. Comenzó mucho antes, con palabras, con prejuicios, con ideas que parecían inofensivas o incluso aceptables en su tiempo. La historia nos enseña que cuando el odio se normaliza, cuando se relativiza o se deja pasar, sus consecuencias pueden ser devastadoras.

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Chile, como país laico y diverso, ha construido a lo largo de su historia un espacio donde distintas comunidades han podido desarrollarse, convivir y aportar desde sus identidades. Ese es un valor profundo que no podemos dar por hecho. Es una construcción permanente, que requiere cuidado, responsabilidad y compromiso.

Por eso, recordar el Holocausto no es importante solo para el Pueblo Judío. Todos y cada uno de nosotros debemos reafirmar el tipo de sociedad que queremos ser: una donde la diversidad no sea una amenaza, sino una riqueza; donde las diferencias no dividan, sino que convivan; y donde el respeto no sea una excepción, sino la norma.