No solo importa cuánta energía se genera, sino cuánta logra llegar de manera efectiva a hogares, industrias y comunidades.

Hay algo que Israel y Chile comparten incluso antes de cualquier acuerdo: el luminoso sol del desierto. En efecto, el desierto del Néguev en Israel y el desierto de Atacama en Chile, además de sus condiciones extremas, tienen en común su condición de fuente de energía abundante y constante.

Esta coincidencia geográfica no es menor, y puede ser el punto de partida de una colaboración estratégica capaz de transformar la realidad energética de ambos países.

A lo largo de su historia, Israel ha debido enfrentar el desafío de desarrollarse con recursos naturales limitados. Sin petróleo, y con gran parte de su territorio desértico, el país apostó por aprovechar lo que sí tenía: altos niveles de radiación solar y una fuerte inversión en conocimiento.

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Así, con más de 300 días de sol al año, el Néguev se convirtió en un espacio natural para experimentar y desarrollar soluciones energéticas. De hecho, en las últimas décadas se ha configurado un ecosistema de innovación en energía que hoy reúne a más de 350 empresas, con un crecimiento cercano al 60% en diez años. Este desarrollo se apoya en una fuerte inversión en investigación y desarrollo —alrededor del 4,7% del PIB—, que ha permitido transformar ideas en soluciones concretas.

Un ejemplo paradigmático por su carácter monumental es la planta termosolar de Ashalim, que utiliza más de 50.000 espejos controlados por computadora para concentrar la luz solar en una torre de 240 metros de altura.

Este sistema no solo genera electricidad durante el día, sino que también permite almacenarla en forma de calor, de modo que pueda seguir suministrándose energía incluso de noche. En términos simples, no se trata solo de capturar la energía del sol, sino de poder usarla cuando realmente se necesita.

Tras el impulso inicial orientado a la masificación de los paneles solares, el desarrollo de la industria energética de Israel se abrió a otros enfoques. Así, han surgido empresas como Solair, especializada en componentes electrónicos que mejoran el rendimiento de los paneles solares, BrightSource, orientada a tecnología de energía solar concentrada, y AORA Solar, que creó un sistema híbrido capaz de generar electricidad de manera continua combinando energía solar con biomasa.

Chile, por su parte, también ha aprovechado las condiciones favorables para alcanzar logros significativos. El desierto de Atacama posee los niveles de radiación solar más altos del mundo, lo que ha impulsado un crecimiento acelerado de proyectos fotovoltaicos, poniendo a esta región a la cabeza del ecosistema de energías renovables del país.

No obstante, el progreso en materia de generación también ha puesto en evidencia nuevos desafíos. Según datos del Coordinador Eléctrico Nacional (CEN), en 2024 se perdieron casi 6.000 GWh principalmente porque el sistema eléctrico no logró absorber toda la producción renovable, principalmente fotovoltaica. Aquí surge un punto clave, ya que producir energía no es suficiente y también es necesario almacenarla, gestionarla y distribuirla de manera eficaz. Evidentemente, este es un desafío técnico, pero también de planificación e inversión.

En este contexto, la experiencia de Israel puede aportar aprendizajes relevantes, destacando diversas tecnologías de almacenamiento térmico, sistemas inteligentes para gestionar redes eléctricas y esquemas que integran la producción solar con la demanda industrial.

Un ejemplo de lo anterior es la licitación realizada hace un año en Israel para implementar sistemas de almacenamiento en baterías por 1,5 GW, capaces de suministrar energía durante cuatro horas. Este tipo de proyectos refleja un cambio de enfoque: no solo importa cuánta energía se genera, sino cuánta logra llegar de manera efectiva a hogares, industrias y comunidades.

La cooperación entre Israel y Chile en energía solar, por tanto, no es una idea abstracta. Puede tomar forma en iniciativas concretas: intercambio tecnológico entre startups y centros de investigación, colaboración con instituciones chilenas públicas, privadas y académicas, programas de formación de capital humano especializado, y proyectos piloto que aprovechen las condiciones únicas de Atacama.