Reducir esta discusión a un tema laboral es quedarse corto. La sala cuna es también una política de infancia, de equidad y de desarrollo país.

Mientras el país discute legítimamente sobre seguridad, convivencia escolar, crecimiento, empleo y productividad, hay una urgencia silenciosa que sigue quedando atrás: la sala cuna.

No es un tema nuevo. Chile lleva décadas debatiéndolo. Demasiado tiempo buscando un consenso. Se ha hablado de cobertura, financiamiento, calidad, impacto laboral, corresponsabilidad y equidad. Diagnósticos sobran. Lo que falta, a estas alturas, es decisión.

Cada mes que Chile posterga la sala cuna, el impacto se siente en miles de hogares. Se siente en mujeres que deben dejar de trabajar porque no tienen con quién dejar a sus hijos. Se siente en familias que hacen malabares para poder compatibilizar trabajo y crianza. Y se siente, sobre todo, en niños y niñas que quedan fuera de espacios de cuidado y educación en una etapa clave para su desarrollo.

Según estimaciones de la fundación ChileMujeres, 150 mil mujeres están quedando fuera del mercado laboral porque no logramos, aún, aprobar una Ley de Sala Cuna Universal. Esto no solo afecta sus ingresos, también impacta en su autonomía y en sus trayectorias de vida.

Pero el tema no termina ahí.

La falta de acceso a sala cuna también tiene efectos profundos en la infancia. Los primeros años de vida son determinantes: es ahí donde se construyen las bases del desarrollo cognitivo, emocional y social.

La evidencia es clara en esto. El 90% del desarrollo cerebral ocurre antes de los cinco años, y durante esos primeros años se forman más de un millón de conexiones neuronales por segundo.

Cuando un niño accede a espacios de educación inicial de calidad, sus oportunidades futuras pueden cambiar de manera significativa.

Por eso, reducir esta discusión a un tema laboral es quedarse corto. La sala cuna es también una política de infancia, de equidad y de desarrollo país.

Por supuesto, no se trata de avanzar de cualquier manera. La calidad, el financiamiento y la implementación son aspectos clave que deben hacerse bien, pero seguir discutiendo indefinidamente sin avanzar también tiene consecuencias.

Seguir esperando tiene un costo altísimo. Y Chile ya lleva demasiado tiempo haciéndolo pagar a las mujeres, a las familias y a la infancia