No es el retorno de la izquierda. No es la consolidación de la derecha. Es otra cosa.
La Encuesta de La Cosa Nostra ha entregado los datos de marzo. Esta encuesta es la única en el sistema que produce resultados investigativos para analizar procesos. Aquí expondré algunos alcances de los datos. La encuesta completa está disponible aquí y si usted quiere ver la grabación de la presentación puede solicitarla a elpoderimporta@gmail.com.
Vamos a lo nuestro. Pero los datos en realidad necesitan un prólogo.
Puede usted entusiasmarse cada cuatro años, o cada dos, ya sea porque usted es de derecha o porque usted es de izquierda, pues vislumbra por su ventana que el mundo se parece a usted. Y es que claro, cada pocos años el clima político cambia tanto que luego del infierno de la derecha vino el de la izquierda. Así usted tiene un rato, corto pero suficiente, en que el clima político y el viento parecen soplar a favor.
Cada ciclo trae consigo la misma ilusión: la sensación de que ahora sí, finalmente, se ha llegado a un punto de estabilización, a una suerte de cierre histórico donde una visión del mundo se impone y ordena el sistema.
Sí, usted mira por la ventana y dice: “Chile despertó, hemos salido de la pesadilla y la gente ha recobrado la razón”. Le pasó a la izquierda en 2020. Le pasó a la derecha en 2022. Chile despertó y se parece a mí. A todos nos gustaría: un mundo predecible, comprensible, para nada ancho y ajeno.
Pero la realidad es otra.
Si usted es de derecha y cree que el triunfo de Kast es una meta alcanzada, un logro histórico, el desenvolvimiento de la razón en la historia; la verdad es que no. Y habrá que decirle que los votantes más entusiastas con el proceso constituyente y el triunfo consecutivo de Boric estaban en la misma sintonía. Y fue un espejismo.
La verdad es que no estamos en el fin de la historia, sino en un escenario muy diferente: la imposibilidad de que la historia se quede quieta en una configuración específica.
La encuesta es elocuente en ese sentido. No hay un desplazamiento ideológico claro —el eje izquierda–derecha permanece prácticamente intacto—, pero sí hay movimientos intensos en las evaluaciones, en las expectativas, en las percepciones de crisis.
Es decir, todo se mueve sin que cambie el eje que debería organizar ese movimiento. No ocurre que la gente se vuelve más de derecha o más de izquierda. El movimiento se produce en otros fenómenos y ello es muy difícil de administrar para las elites políticas porque el fenómeno está fuera de su visión y de su lenguaje. Y eso es precisamente lo que define un sistema en estado de alta entropía. Y es que cuando el eje no ordena, pero las posiciones cambian, lo que se produce no es evolución, sino la pedestre oscilación.
Eso fue lo que ocurrió en los últimos años. En 2020 se creyó que Chile había despertado hacia la izquierda. En 2022, con igual intensidad, se interpretó que el país había girado hacia la derecha. Y hoy, nuevamente, hay quienes ven en los datos señales de un posible cierre de ese ciclo. Pero todas esas lecturas comparten el mismo error: confunden dirección con momento.
Es importante saber que no hay dirección del proceso, pero sí desplazamiento. Como un terremoto.
La sociedad chilena no está avanzando hacia un punto de equilibrio, sino que está siendo arrastrada por ciclos de reorganización que no logran estabilizarse. La evidencia más clara de esto está en el propio modelo de la encuesta: la aparición de un tercer factor que no responde a las dimensiones tradicionales indica que el sistema ya no puede explicarse con sus categorías históricas.
Lo explico. Matemáticamente detrás de los resultados que usted ve se mueven ejes que llamamos factores, espacios latentes, invisibles, pero que ordenan el mapa realmente. Todo lo que emerge está mayoritariamente influido por estos fundamentos. Y resulta que teníamos noticia de dos factores, uno era izquierda y derecha y el otro tenía relación con la institucionalidad y el funcionamiento de lo que entendemos como los criterios modernos de la democracia: acuerdos, negociaciones, normas, estado de derecho.
Este eje tiene por supuesto dos lados, es decir, podía ser también lo contrario. Pero en diciembre apareció un tercer factor. Es inusual. Explica alrededor del 10% del fenómeno. Y es un factor altamente disruptivo, es decir, su aparición muestra inestabilidad, tensión, destrucción, conflictividad.
La forma del segundo factor y la aparición del tercero notifican algo: el sistema político en Chile ha perdido su centro de gravedad y los problemas políticos no se logran resolver dentro del sistema político porque cada vez explica menos del proceso. Todo el análisis se da en el eje izquierda y derecha, pero resulta que los ejes dos y tres son los cruciales.
Hemos explicado que los factores 2 y 3 son cruciales para entender el presente. Puies vale la pena explicar cómo se definen.
FACTOR 2: Constituye una dimensión normativa que mide la relación entre acción política y orden institucional, entendiendo por este último el conjunto de reglas, procedimientos y formas de validación que estructuran la continuidad del sistema político. Parece indicar un eje, muy asociado al liberalismo político.
FACTOR 3: Representa una dimensión temporal y experiencial que captura la densidad del conflicto político en su manifestación contemporánea, presionando por sobre las capacidades de solución institucional. No mide la existencia objetiva de crisis ni su magnitud histórica, sino la intensidad con que el sistema es vivido como conflictivo, incorporando elementos de incertidumbre, movilización, inestabilidad y ruptura de expectativas.
Hay una dinámica que los datos muestran. Por supuesto, estos datos se interpretan, pero es razonable verlos del siguiente modo.

Lo más discutible será probablemente la posición de Kast. Pero nuestros datos sí señalan algo muy claro: desde hace un mes a la fecha Kast se acercó de manera muy clara a la posición histórica de Pinochet y, al mismo tiempo, Pinochet bajó de calificación y quedó en el último lugar, siendo superado por Allende cosa que no ocurría desde que medimos esta variable.
Pero es cosa de mirar lo que se ha movido Kast en el plano factorial desde febrero a marzo, dejando un triángulo de derecha a una línea casi recta entre Piñera, Kast y Pinochet, donde Kast forma proximidad mayor con Pinochet, más que con Piñera.

Ilustrativo es el ranking de presidentes y la evolución del mismo en solo un mes. Para que se entienda, estos datos han estado mucho tiempo completamente quietos y recién se movieron en diciembre.

Y el movimiento en solo un mes, muy inusual por lo demás, muestra lo siguiente:

Como se ve, los liderazgos también pierden estabilidad. No son portadores de proyectos consolidados, sino receptores de fuerzas que cambian rápidamente.
Por eso, quienes hoy parecen fortalecidos pueden rápidamente entrar en zonas de fragilidad. Y eso es precisamente lo que comienza a vislumbrarse con Kast. Y no solo es por la involución de su puntaje, sino porque el sistema empieza a reorganizarse en torno a nuevas tensiones, para él inútiles o contraproducentes.
Las expectativas sobre su gobierno ya muestran fisuras importantes (muy fuerte la caída de expectativas de jóvenes), y su dependencia del contexto (como hecho medible) lo expone a un escenario donde la estructura misma del conflicto puede cambiar. Y cuando cambia la estructura, no basta con tener apoyo: hay que estar en la posición correcta dentro del sistema.
Eso es lo que no está asegurado.
El problema, entonces, no es que vayamos de izquierda a derecha y de vuelta otra vez. El problema es que vamos de un lado a otro sin que ese movimiento construya sentido. No hay acumulación, no hay aprendizaje estructural, no hay sedimentación política.
Para colmo, la tesis del copamiento comunicacional vive de rentabilizar la confusión, que es justo el alimento de las crisis políticas. Mala idea de Trump para él y mala idea para sus seguidores.
Es por esto que vivimos en una repetición. Una repetición de entusiasmo y decepción. De promesas de cierre que nunca se concretan. De momentos que se leen como definitivos, pero que rápidamente se disuelven. Y eso no es solo un problema político. Es un problema de estructura social.
Porque una sociedad que no logra fijar sentido queda atrapada en su propia dinámica de licuefacción. Y en ese estado, cualquier liderazgo —por fuerte que parezca— puede convertirse rápidamente en el siguiente punto de inestabilidad.
Ese es el riesgo del momento actual.
Y esa es la clave para entender por qué, otra vez, el aparente viento a favor de un sector puede no ser más que un nuevo episodio en una historia que todavía no encuentra su forma.
Los datos de la encuesta no muestran simplemente variaciones en la opinión pública. Lo que revelan es algo más profundo: es probable que 2026 implique un nuevo rebaraje de cartas en el sistema político chileno, un proceso en el que los actores no solo cambian de posición, sino que lo hacen sobre un terreno que también se está moviendo.
Durante el estallido social se instaló la idea de un país que había despertado y que, en ese despertar, se inclinaba hacia la izquierda. Pero lo que la evidencia acumulada —y esta encuesta en particular— sugiere es que ese despertar no tenía una dirección ideológica fija. Era, más bien, la liberación de una energía social contenida, una energía que hoy vemos reorganizarse en distintas direcciones.
Los datos son claros en varios niveles.
El eje izquierda–derecha permanece estable pero pierde poder explicativo (promedio 8,6 sin cambios relevantes). Esto indica que el sistema no está cambiando en su superficie ideológica, sino en su estructura profunda.
La percepción de crisis sigue siendo dominante: 58% del país considera que Chile está en crisis, y más de la mitad percibe desorden y falta de rumbo.
Al mismo tiempo, se observa un cambio cultural significativo: 60% cree que la riqueza se explica por mérito, debilitando uno de los pilares narrativos del ciclo 2019 que llegó a concebir la riqueza como abuso a niveles del 80%.
Lo que emerge no es una nueva hegemonía, sino una alta entropía del sistema.
Chile ya vivió un primer ciclo de licuefacción con el estallido. Luego vino un intento de reordenamiento que osciló violentamente entre izquierda y derecha.
Hoy, los datos sugieren que estamos entrando en una segunda fase, menos visible, pero quizás más compleja o peligrosa: una fase en la que el sistema deja de estabilizarse incluso después de sus propios giros.
No es el retorno de la izquierda. No es la consolidación de la derecha. Es otra cosa. Es un sistema que sigue moviéndose sin encontrar todavía su forma.
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