¿Y qué propone el gobierno saliente? Pues, incrustar una Área de Conservación de Múltiples Usos de 76 mil hectáreas justo en el que es, por lejos, el mejor salar litífero del mundo, la indiscutida joya de la corona y con aún muchísimo potencial por delante.

Parto por una perogrullada. No hay desarrollo con impacto ambiental cero, y desarrollo con cero consideraciones ambientales es condena. Ni la oposición ideologizada a todo, ni el apoyo acrítico a todo son conducentes a la prosperidad. Solo nos queda coordinar aquel complejo equilibrio entre protección y producción que Buda llamaría el camino medio.

Cuando la Estrategia Nacional del Litio consignó resguardar al menos un 30% de los salares parecía un equilibrio sensato con el cual Buda concordaría. El camino medio razonable es entonces privilegiar aquellos salares con menor potencial productivo para efectos de preservación y aquellos mejor dotados geológicamente para actividades económicas.

¿Y qué propone el gobierno saliente? Pues, incrustar una Área de Conservación de Múltiples Usos de 76 mil hectáreas justo en el que es, por lejos, el mejor salar litífero del mundo, la indiscutida joya de la corona y con aún muchísimo potencial por delante.

En las áreas de múltiples usos pueden llevarse a cabo actividades que no pongan en riesgo los servicios ecosistémicos ¿Cabe en esa definición una faena de litio de escala industrial? No lo sabemos, pero una declaratoria sembraría una interrogante gigantesca.

El lector quizás piense: “al menos protejamos las lagunas más sensibles, como Miscanti, Miñiques y Chaxa, tan importantes para la avifauna de la zona”. Concuerdo. Y en esencia todo el mundo concuerda. Por eso aquellos hotspots están protegidos desde hace 36 años mediante la Reserva Nacional Los Flamencos.

Si vamos a dificultar la actividad económica justo ahí en nuestro unicornio geológico, será porque la evidencia científica es a prueba de balas ¿no? Tampoco, o al menos no es lo que refleja la consulta pública que se abrió para discutir esta propuesta del Ejecutivo.

Entre los diez objetos de protección figura la chinchilla, que solo ha sido avistada en el borde sureste del salar, y una lagartija que mencionan como “en peligro” (la cuarta categoría más crítica de las siete) en circunstancias que la clasificación oficial de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza es “preocupación menor” (la menos crítica de todas).

Otro argumento es que es un “sitio reproductivo, de alimentación y descanso del flamenco andino”, omitiendo que las áreas sensibles ya están protegidas, y lo mismo con “humedales Ramsar (Soncor)”, que la propia web de Ramsar reconoce como ya protegido, dentro de la Reserva Nacional Los Flamencos.

Luego, cita en forma muy escueta “comunidades microbianas en salmueras y cuerpos de agua, indicadores de estabilidad ecológica y relevancia para estudios de extremófilos”, sin fundamentar por qué la presencia de estos microorganismos abonaría una restricción potencialmente tan gravosa para la sociedad.

Esas dos líneas podrían erigir una nueva gran piedra de tope para el desarrollo de nuevas faenas, justo en el momento en que nos relegaron al tercer lugar en producción de litio pese a gozar de las reservas de mejor calidad y —de lejos— menores emisiones de gases de efecto invernadero por tonelada producida.

Es posible que el Salar de Atacama requiera de protección ambiental adicional. Yo al menos no me cierro a la idea. Sin embargo, es tal la magnitud de lo que está en juego, que esas eventuales decisiones deben satisfacer el más alto estándar científico. No es lo que se observa en este apurado proceso de cierre de gobierno.