Los líderes de las principales potencias del mundo suelen caer en una visión ingenuamente optimista, pese a la evidente ineficiencia que han demostrado los grandes foros y organismos internacionales.

A propósito de los numerosos casos de crisis internacional como lo fue el arresto de Maduro o la crisis humanitaria en Cuba, no son pocas las declaraciones sobre el papel que está adquiriendo el Derecho Internacional.

Desde el primer ministro de Canadá, Mark Carney, lamentando que el “orden global basado en reglas está muriendo” hasta Friedrich Merz, canciller de Alemania, que advirtió que “un mundo donde solo cuenta el poder es un lugar peligroso, para los pequeños y medianos estados”.

Aunque en un mundo ideal la existencia de Estados organizados en organismos internacionales resolutivos y eficientes, capaces de resolver controversias y evitar conflictos innecesarios, resulta atractiva en el plano teórico, la realidad está muy lejos de ese ideal.

Los líderes de las principales potencias del mundo suelen caer en una visión ingenuamente optimista, pese a la evidente ineficiencia que han demostrado los grandes foros y organismos internacionales. Cuba es uno de los ejemplos más claros de esta profunda desconexión.

Cuba es un Estado pequeño en el que, desde 1962, Estados Unidos no intervino militarmente, más allá de imponer un embargo económico. Aun así, Cuba recibió apoyo de potencias de la órbita soviética, mas no recibió apoyo efectivo de las demás potencias que hoy dicen defender a los Estados pequeños.

Más de 60 años después de la Revolución Cubana, esta sigue siendo una dictadura: más del 80% de su población vive en la pobreza (según el Observatorio Cubano de Derechos Humanos), el sueldo mínimo es inferior a 10 dólares mensuales y amplios sectores de la población han sufrido violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

Estas incluyen torturas y detenciones arbitrarias en distintos centros, como las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) y cárceles, tal como ha sido documentado por informes de Human Rights Watch, Amnistía Internacional y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), entre otros.

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Si el canciller alemán o el primer ministro de Canadá realmente están preocupados por la situación de los Estados pequeños y por la injerencia de potencias internacionales en ellos, lo primero que deberían hacer es presentar una estrategia clara para poner fin a la dictadura en Cuba, respetando el derecho internacional.

Además, tendrían que demostrar que es posible terminar con la influencia extranjera en ese país sin recurrir a una intervención de Estados Unidos y avanzar así hacia una democracia liberal.

Hasta que no lo logren demostrar, la única esperanza que tienen Estados pequeños como Cuba es una intervención de Estados Unidos, con las consecuencias negativas que eso también tiene.