La imagen utilizada es fuerte: darle muerte a una madre para ser libre. Al cuestionar la revolución con decepción y lucidez, no solo condena sus fracasos históricos, sino también la transgresión de la ética y la estética por parte de los revolucionarios; muchos de ellos transformados en comisarios al llegar al poder.
Hace unos días leí un libro que, para calificarlo de verdad, habría que recurrir a numerosos superlativos. Varios críticos y columnistas ya lo han hecho, desde múltiples dimensiones, en halagüeñas crónicas y ensayos.
Por cuanto en este libro —más que en otros— el autor y su obra son indisociables, me referiré sobre todo a quien lo escribe.
Se trata de un relato testimonial que emana de las entrañas, o, mejor dicho, de un corazón abierto que deja ver la sangre —sangre que fluye a raudales y es savia purificadora—. Una narración que conmueve, escrita con pluma talentosa de poeta, que permite ir descubriendo las confesiones de un personaje que desnuda su alma para mejor exponerla, y lo hace con sus dudas y contradicciones asumidas.
Nunca lo había hecho, pero comencé a leer el libro por el capítulo IV, su parte final. Sucede que tuve la oportunidad de conocer a Cristian Warnken Lihn —porque de él se trata— y de compartir con él un largo y conversado café una mañana de enero. Durante una charla sin agenda ni temas precisos, fuimos descubriendo algunas experiencias en común y un recorrido que nos acercaba. Incluso, hasta en lo más íntimo y doloroso, lo que me abstuve de evocar esa mañana, porque nos veníamos simplemente conociendo.
Me habló de su francofilia, su abuela, su madre, de poetas y de canciones que, al igual que él, canté alguna vez. Recorrimos París con palabras e intercambiamos sobre viajes y mundos. Me contó acerca de hechos recientes y declamó espontáneamente algunos versos. Al referirse brevemente al libro que motiva esta crónica, esbozó pinceladas sobre su último capítulo: “la muerte de la madre”. Lo que escuché no solo me conmovió, sino que, por instantes, sentí que era yo quien hablaba.
Al volver a mi casa, me precipité sobre el libro que ya leía mi mujer y lo abrí en la página 375, la que da inicio a ese capítulo; una perla sustancial, tal vez, la más ilustrativa del ser que está presente en el relato.
Del desgarro a la rebelión
El capítulo en cuestión nos hace vivir su arrastre de cruz que lo conducirá al renacimiento. Antes, eso sí, en su vía dolorosa, por así decirlo, debe desprenderse de sus ataduras, ajustar cuentas con los dioses y deshacerse de sus propios demonios.
Un intercambio entre el Quijote y Sancho cobra fuerza en esta ilustración: “no podemos vivir sin una ilusión, aunque esta sea falsa”. “Necesitamos elevar la rigurosa realidad y proporcionarle un relato que le dé sentido y belleza” —dice Warnken— evocando a un Sancho triste por el abandono del ideal quijotesco por parte de Alonso de Quijana. Cuando los sueños tropiezan con la realidad y una humanidad entera se embelesa e idiotiza, es preferible apartarse de esos sueños, parece decirnos el autor a través de la réplica del ilustre caballero.
Warnken nos cuenta cómo y por qué se va apartando, con dolor, de esas viejas convicciones que formaron parte de sus sueños. Se aleja de la “madre revolución” en la que creyó y por la que luchó durante la dictadura y después de ella. La imagen utilizada es fuerte: darle muerte a una madre para ser libre. Al cuestionar la revolución con decepción y lucidez, no solo condena sus fracasos históricos, sino también la transgresión de la ética y la estética por parte de los revolucionarios; muchos de ellos transformados en comisarios al llegar al poder.
En las páginas de El pedestal vacío, confesiones de un apostata (Ediciones El Mercurio, 2026), descubrimos cómo Warnken rompe con su historia, con su patria íntima, sabiendo que quedará huérfano, que será repudiado, bautizado con apelativos descalificadores, y que sufrirá cancelaciones.
La muerte duele; y duele aún más cuando es presentida, como la del autor que la describe con los detalles propios del sufrimiento. Sin embargo, no entristecemos; muy por el contrario. Entendemos que se trata de una suerte de liberación y que, por ello, debe pagar un alto precio: el de ser un traidor, un amarillo, a quien algunos compañeros de ruta vilipendian y abandonan, aferrados a esa madre avasalladora, de la que él ahora reniega.
Cada párrafo de ese capítulo de ruptura con la “madre revolución” iba sintiéndolo, entrañablemente mío. Eran mis propios desgarros, dudas y esperanzas rotas. Constataba que esa madre adulada, por la que tantos han enceguecido y han muerto, era una madre siniestra y traicionera, de la que era tiempo de deshacerse. Y así lo comprendieron muchos de quienes hoy se identifican con este relato.
La valentía de los libres
Hay veces en que, para ser libre, se requiere valentía. Durante mi lectura, pensé en varios poetas, dramaturgos y escritores valientes. Disidentes, muchos de ellos, fueron símbolos de esa valentía. Otros terminaron perseguidos por un poder al que alguna vez ensalzaron con odas. Rememoré a los que han sufrido destierro, cárcel y muerte en muchas partes, como en Chile; humanistas-faros que iluminan la historia. Evocar a algunos sería ofender a quienes olvido o no conozco.
Siempre es tiempo de revelarse —nos dicen esos valientes—. Aunque la canción que otrora tarareamos siga resonando en los oídos y se quede incrustada en un alma nostálgica, como una sombra que pesa. La libertad así lo exige, y eso es lo que Warnken explica con esa misma nostalgia que lo encamina hacia la poesía, que también es esperanza, y optar por el orden republicano de Andrés Bello en lugar del revoltijo revolucionario.
Me atrevería a afirmar que la razón que lo conduce a un nuevo compromiso la encontramos, sobre todo, en la moral y ética. Es desde ese espacio impreciso que decide adoptar a la “madre-democracia” para asumir nuevos deberes ciudadanos.
Todos los capítulos del libro son iguales de potentes. En el primero, titulado «Frente al pedestal vacío», aborda la movilización y la violencia inusitada de octubre de 2019. Nos adentramos en la historia personal del autor y, a través de ella, en la de Chile. Apreciamos que nos haga conversar con exquisitez con poetas y escritores, pues nada es más apropiado que leer nuestra historia con los ojos de aquellos humanistas, capaces de sobrepasar la razón para expresarse.
“La dictadura había quemado libros, allanado y vulnerado librerías, iglesias, pero no nosotros…nunca se nos ocurrió vandalizar nuestra propia ciudad ni cambiarle el nombre a una plaza” … —nos dice— al condenar a los que mancillaron nuestro entorno urbano, museos, iglesias y bibliotecas, durante el mentado estallido y a sus encubridores políticos.
En contraste, recuerda al tenaz opositor a la Junta militar que fue Gabriel Valdés, durante una marcha, reprimida como tantas, pateando una lacrimógena recibida, impecablemente vestido, demostrando que “la protesta también tiene su ética y su estética”.
El pedestal vacío
El pedestal al que se refiere el libro es, evidentemente, el del monumento al general Baquedano, bajo el cual se encontraban los restos del soldado desconocido. Hordas de desalmados lo atacaron con saña, una y otra vez; orinaron y escupieron sobre el prócer, se fotografiaron extasiados y delirantes sobre lo que consideraron su propio trofeo, o peor aún, su cadáver. Lo hicieron enarbolando decenas de banderas de decenas de identidades, sin presentir que la historia suele ser firme como el hierro, y que castiga a quienes la desconocen y la humillan.
El Baquedano de bronce se encuentra hoy a resguardo de esos vándalos, pero expuesto los chilenos, en el Museo del Ejército. Hace poco, tuve la oportunidad de acompañar a un grupo de alumnos de un colegio de Cerro Navia a ese lugar. Orgullosos y contentos —tal vez en un acto de sanación—, esos jóvenes se fotografiaron con respeto a su costado.
Así como la historia castiga, también suele mostrarse generosa. Las heridas sanan, y los vilipendiados de ayer ocuparán mañana el lugar que se merecen. El testimonio de libertad y valentía descrito en este libro es el legado del humanista que, superando sus propios desgarros, renace y construye, recibiendo los más justos reconocimientos.
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