Ahora es el turno de la revisión de actas observadas por parte del Jurado Especial, aunque los cálculos pronostican que Keiko estaría más cerca. Los aymaras de Puno prometen movilizaciones, y no falta quienes piensan que es un viento procedente del Alto Perú.
Cuando escribo esta columna resta poco más de 1% de los votos por escrutar en Perú con una diferencia de menos de mil papeletas a favor de Keiko. Hay que decir que tanto las encuestas a boca de urna como los conteos rápidos de dos empresas de opinión estuvieron muy acertados en lo que denominaron un empate técnico o más bien verdadero fallo fotográfico que vive Perú. Quien termine ganando -hay un nombre probable- de igual forma tendrá que someterse a la recontabilización de las actas observadas, lo que puede llevar semanas a un mes.
Justo cuando pensábamos que la inestabilidad crónica del Perú podría aparcarse con la trascendental reforma a 50 artículos de la Constitución de tiempos de Fujimori (1993) que restituye una cámara alta revisora de las decisiones más políticas de la fragmentada cámara baja, como la vacancia “por incapacidad moral”, comparece el temible empate catastrófico.
El gramsciano concepto alude a un estancamiento político con dos fuerzas de influencia equivalente e incapaces de generar legitimidad plena, aunque con posibilidades de bloquearse recíprocamente, prologando la incertidumbre y en ocasiones la parálisis institucional. En otras palabras, podría seguir la tendencia a la ingobernabilidad peruana.
¿Cómo se llegó a este punto?
No se trata solamente del clásico malestar por la disconformidad económica sumado a la reciente sensación social de deterioro de la seguridad ciudadana. Tampoco es sólo la tradicional fragmentación del centro político, presente en varios países de la región, que en Perú alcanza a todo el espectro como reflejaron las 35 candidaturas presidenciales de primera vuelta.
Tampoco, de la polarización de tipo colombiano con dos candidatos alcanzando el 85% de las preferencias en la ronda de comicios iniciales. En Perú no llegó ni al 30% destacando la denominada identidad negativa, es decir un balotaje donde no se votó por alguien sino en contra de un candidato, sin olvidar el 20% de votos blancos.
Ni siquiera se puede alegar que hubo una declaración directa del presidente Trump incidiendo en el resultado, dado que el mandatario se restó de comentar la justa electoral. Aunque si tuvo su embajador opinando de la situación, al igual que su némesis en Bogotá que sí llegó a reconocer el triunfo de Sánchez cuando la contabilización de las papeletas no llegaba ni a la medianía.
Lo que expone este empate catastrófico entonces es la superposición de dos clivajes, el geográfico y el político, con 30 años de vigencia. Primero lo que alguna vez el antropólogo peruano Carlos Iván Degregori llamo “el país más diverso” se fractura en dos: Por una parte, las ciudades de la costa que recogen no sólo el motor del desarrollo y la economía abierta con sus oligarquías al frente, sino además precariados y habitantes de los suburbios poco dispuestos a votar por un ultramontano tipo López Aliaga, aunque sí por la promesa de más seguridad que ofrece la derecha popular de Keiko.
Por otra parte, un mundo rural compuesto por la Amazonía y los Andes Centrales y Sur de Perú que rechazan las propuestas de Lima. Con una tradición vernácula milenaria y de levantamientos desde el siglo XVIII y antes, representan el corazón del Perú rebelde, aquel que le recuerda al futuro que una vez en el pasado Perú fue la sede de una civilización, el Tahuantinsuyo. De ahí que el psicólogo Roberto Sánchez se atavié con el sombrero cajamarquino de Pedro Castillo, en línea con el del natural de Huara Atusparía que en el siglo XIX puso en jaque el poder de la capital. Se simboliza así la exclusión de la sierra y la ruptura con la elite.
Al clivaje costa/andino hay que agregar el que fue crucial en las últimas décadas, el fujimorismo versus anti fujimorismo. Aunque el expresidente falleció hace casi dos años, sus palabras y exigencias todavía son recordadas por una parte del Perú, a favor y en contra.
“Con el chino era distinto” me espetan a menudo los taxistas cuando visito la capital peruana. A diferencia del fantasma de Hamlet en la celebérrima novela de Shakespeare, que reclama justicia por su homicidio, la mención de Fujimori demanda para algunos la restitución de la seguridad ausente ante incremento de secuestros, extorsiones y otros ilícitos que deterioraron la calidad de vida en las grandes ciudades.
Mientras otros conciben su “aparición” como un vestigio de tiempos de asalto a los derechos humanos, con las masacres de Barrios Altos y La Cantuta, y de corrupción desnudada después de la renuncia del exjefe de Estado por fax desde su Japón ancestral en 2000. La red de sobornos a parlamentarios por parte de su asesor de inteligencia del fujimorismo, Vladimiro Montesinos, concluyó su presidencia, no así al fujimorismo, ni la carrera política de su hija.
Keiko fue Primera Dama con apenas 19 años, en 1994, cuando las dificultades entre el mandatario y su madre, Susana Higuchi, arreciaron. Conoció las mieles del poder, por lo que no le fue fácil tomar distancia de ciertas facetas de ese primer fujimorismo que definitivamente es el verdadero ancestro de las nuevas derechas, combinando híper aperturismo económico y securitización de la agenda pública.
Durante la primera década del siglo XX el fujimorismo enfrentó su travesía en el desierto hasta que en 2010 Keiko llegó al timón del partido Fuerza Popular. Entonces comenzó su freudiana lucha por la autonomía propia. Keiko se dedicó a edulcorar las propuestas de su partido, transformándolo en un actor protagónico de la escena parlamentaria. Lo último también significó que dicha formación fujimorista liderara varias de las iniciativas que vacaron a 8 de los Presidentes de la última década.
Keiko protagonizó 3 intentos de llegar a la presidencia y siempre accedió al balotaje (2011 contra Humala, en 2016 contra Kuczynski, y en 2021 contra Castillo), revelándose como una candidata competitiva para su sector. Entre medio como congresista fue acusada de vinculaciones con el Odebrecht, permaneciendo un año detenida desde 2019.
Aún así estuvo al borde, como hace 5 años cuando perdió por 50 mil votos. En las dos primeras carreras presidenciales hizo lo posible por no parecer muy cerca del mensaje de su padre, aunque en 2011 comprometía un indulto, y en 2016 reconocía que su progenitor había cometido “delitos” en el ejercicio del mandato ciudadano. Sin embargo, un lustro atrás ya enfatizó que el “Perú despegó con Alberto Fujimori”.
En la reciente segunda vuelta resucitó la imagen de su padre con su lema “Vuelva el Orden” o promesa de “mano dura” contra el crimen callejero. Así, aunque renunció con su partido a la tradición unicameral de la época de su padre, haciendo más compleja la maniobra para vacar la presidencia (en su caso virtualmente imposible con los 22 senadores de su tienda de los 60 totales), invocó el nombre de su padre como Tótem protector. Y aunque pudo haber reactivado al antifujimorismo, pudo haber sido tardío.
Ahora es el turno de la revisión de actas observadas por parte del Jurado Especial, aunque los cálculos pronostican que Keiko estaría más cerca. Los aymaras de Puno prometen movilizaciones, y no falta quienes piensan que es un viento procedente del Alto Perú. Es el empate catastrófico.
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