Respuesta a columna del diputado Boris Barrera (PC), titulada "La megarreforma la pagas tú".
Hay cuentas que se ven de inmediato. Tienen monto, fecha de vencimiento y responsable. Hay otras, en cambio, que se pagan de a poco: en empleos que no se crean, en proyectos que no parten, en pymes que no se atreven a contratar y en familias que sienten que cada mes alcanza menos. Esa es la otra cuenta. La del estancamiento.
La columna “La megarreforma la pagas tú” parte de una preocupación legítima. En materia fiscal no hay magia. Si el Estado deja de recaudar, alguien debe explicar cómo financiará sus compromisos.
Pero esa advertencia, siendo atendible, no puede transformarse en una razón para mantener todo igual. Chile no enfrenta solo una estrechez fiscal. Enfrenta también una economía que perdió dinamismo, una inversión debilitada, empleos formales insuficientes y una clase media que siente que el esfuerzo rinde cada vez menos. Eso también tiene un costo. Y muchas veces lo pagan los mismos ciudadanos en cuyo nombre se rechaza cualquier cambio.
Decir que “la megarreforma la pagas tú” puede servir como titular. Pero la pregunta completa es otra: ¿cuánto estamos pagando ya por no crecer?
Lo paga quien busca trabajo y encuentra informalidad. Lo paga la pyme que quiere expandirse, pero no se atreve. Lo paga la región donde los proyectos se anuncian, se entrampan y nunca parten. Lo paga la clase media cuando todo sube, salvo las oportunidades.
Por eso, el proyecto de reconstrucción debe aprobarse. Apunta a una urgencia que Chile no puede seguir postergando: recuperar inversión, dinamismo económico y empleo formal.
Aprobar no significa entregar un cheque en blanco. El Congreso tiene el deber de revisar los números, incorporar resguardos fiscales y establecer mecanismos de evaluación. Pero esa revisión debe tener un propósito claro: mejorar el proyecto para hacerlo viable, no bloquearlo hasta hacerlo irrelevante.
Si una medida no genera inversión ni empleo, debe corregirse. Si el costo fiscal resulta mayor al previsto, debe ajustarse. Si los beneficios prometidos no aparecen, el legislador no puede mirar para el lado. Esa es precisamente su tarea: deliberar, perfeccionar y controlar. Pero también decidir.
La inversión suele discutirse como si sus efectos quedaran encerrados en una planilla. No es así. Cuando un proyecto se ejecuta, se contrata gente, se mueven proveedores, se abren oportunidades para pequeñas y medianas empresas y se genera actividad en regiones. Cuando ese proyecto se posterga, se entrampa o se va a otro país, no pierde solo el inversionista. Pierde todo el entorno que dependía de que algo se moviera.
Un Estado responsable debe cuidar la caja fiscal. Pero también debe preocuparse de que exista una base económica capaz de sostener sus compromisos. No se puede construir una política social seria sobre una economía que no avanza.
Una economía social de mercado bien entendida no opone crecimiento y justicia social. Al contrario: entiende que sin inversión, empleo formal, productividad y responsabilidad fiscal, las políticas sociales terminan quedando sin sustento. Los compromisos sociales requieren algo más que voluntad; requieren una economía capaz de financiarlos en el tiempo.
Por eso la discusión tributaria no debe enfrentar artificialmente a familias contra inversión, ni a Estado contra empresa. Chile necesita recaudar bien, gastar mejor y crecer más. Las tres cosas importan. Si falta una, el equilibrio se rompe.
La reforma debe aprobarse con responsabilidad. Debe hacerse cargo de los riesgos advertidos, precisamente para que sus beneficios no descansen solo en una promesa. Pero la existencia de riesgos no puede ser argumento suficiente para cerrar la puerta. Toda reforma importante los tiene y, de ser necesario, el país tiene la capacidad institucional para corregirlos, administrarlos y exigir resultados.
La cuenta fiscal importa, por supuesto. Pero no es la única cuenta que debe mirar el país. También está la otra cuenta: la que no siempre aparece en los informes, pero se paga en menos empleo, menos inversión, menores salarios y menos oportunidades.
Esa cuenta ya llegó. Y si Chile no vuelve a crecer, seguirá llegando —una y otra vez— a las familias.
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