Nada más brumario que renegar de lo que uno mismo firmó. Nada más farsesco que decir “no es mío” cuando figura en el catecismo oficial del gobierno. La inocencia, una vez más, como doctrina.

Marx escribió El 18 Brumario de Luis Bonaparte para explicar cómo la historia, cuando se la invoca sin comprenderla, vuelve primero como tragedia y luego como farsa. No era un recurso literario: era un diagnóstico político.

Su objetivo era mostrar al sobrino como una imitación farsesca del tío, un gobernante que se sostuvo más en el disfraz que en el poder real. Gobernó representando un pasado que ya no existía, convencido de que el gesto podía reemplazar a la conducción.

Gabriel Boric encarna con disciplina esa misma lógica histórica. No como tragedia —esa ya ocurrió— sino como farsa consciente. Su gobierno ha sido una sucesión de símbolos heredados, consignas recicladas y relatos morales que remiten a un tiempo que ya no tiene eficacia política.

Boric no es Allende ni es Bachelet. Es la copia de ambos en versión deslavada: Allende sin tragedia, Bachelet sin convicción. Lo rodea, además, un equipo más preocupado de preservarlo como inocente que de ejercer efectivamente el poder.

Y el pasado martes 13 las cosas ocurrieron de manera particularmente elocuente. El fallo judicial del caso Gatica exculpó al comandante Crespo, pese a establecer que fue él quien disparó los proyectiles que lo dejaron ciego. Los abogados discuten si el resultado se explica por la ley Naín–Retamal o no. Pero lo políticamente relevante es que la ley quedó instalada como explicación, al punto de que el propio partido del Presidente salió a golpear al PS por haberla votado.

Más aún: el mandatario afirmó en Tolerancia Cero —con el principal autor de la tesis de la inocencia sentado a la mesa— que no se trataba de un proyecto de su gobierno. Detalle incómodo: la ley figura como el “logro 307” en el documento de los llamados mil logros preparados por la SECOM.

Vale la pena detenerse en ese artefacto. El documento de las mil medidas parece sacado directamente de un archivo de propaganda soviética: largas listas de logros, anuncios de avances irreversibles, promesas presentadas como hechos consumados. Un Pravda digital donde el país avanza a paso firme hacia un futuro luminoso que, curiosamente, nadie ve y por eso debe ser proclamado.

Como en la propaganda brezhneviana, abundan los hechos exagerados, los ítems repetidos, y las enumeraciones de cosas que aún no existen, pero se narran como realizadas. En redes sociales ha sido objeto de mofa, pero el problema es más serio. Cuando no hay proyecto histórico, se presentan catálogos. Cuando no hay conducción política, se exagera la administración y los logros. Era el problema de Brezhnev —el Luis Bonaparte de Stalin y Jrushchov— y es el de Boric en relación con Allende o Bachelet.

Como Luis Bonaparte, Boric llegó al poder invocando una herencia que no domina. El primero se probó el uniforme del emperador; el segundo intentó envolverse en la épica moral del allendismo -lentes incluidos- o en la empatía social reformista del bacheletismo.

En ambos casos, el resultado es el mismo: un Ejecutivo al que convencieron de que gobernar es narrar. Si hubiesen leído con atención a Marx, sabrían que lo dijo con brutal claridad: los hombres hacen su propia historia, pero no en circunstancias elegidas por ellos mismos.

Aquí aparece la llamada tesis de los inocentes. Esa convicción tan reiterada en el oficialismo según la cual “no sabíamos”, “no era esto lo que queríamos”, “aprendimos en el camino”. La inocencia como coartada permanente.

Como en el 18 Brumario, la incompetencia se disfraza de pureza y la falta de decisión de virtud republicana. Luchito, el sobrino, también gobernó así: rodeado de mediocres leales, convencido de que la ausencia de malicia equivalía a legitimidad política. Y, como recordatorio histórico, fue la antesala de la llegada de los prusianos a París.

Nada más brumario que renegar de lo que uno mismo firmó. Nada más farsesco que decir “no es mío” cuando figura en el catecismo oficial del gobierno. La inocencia, una vez más, como doctrina.

Lo mismo ocurrió con el caso de Julia Chuñil, donde, pese a dudas evidentes desde el primer día, se escribieron columnas y proclamas convirtiendo a la víctima en estandarte de la lucha contra los poderosos, incluyendo fotografías con quienes luego serían identificados como victimarios. Todo eso también ocurrió ese martes 13.

Mientras tanto, José Antonio Kast parece gozar de una fortuna que ni Bonaparte en sus mejores días. Cae Maduro, el cobre se empina a seis dólares y el fallo Crespo le ahorra el costo político de un indulto que habría dividido a su sector.

En el primer caso, es probable que la presidenta Rodríguez esté hoy más disponible a un acuerdo migratorio si Chile hace lo que hizo Trump: reconocer la legitimidad de su mandato. En el segundo, Jorge Quiroz sufrirá bastante menos al intentar cuadrar la promesa de reducción del déficit fiscal. El columnista Peña comparó a Kast con Chauncey Gardiner buscando insultarlo, pero quizás sin advertir que estaba describiendo, con precisión involuntaria, la metáfora de la suerte del hombre común.

Si hay una lección que deja este martes 13, es la del viejo Marx, escrita como advertencia y no como consuelo. En El 18 Brumario dejó dicho que “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Para el Frente Amplio, que se presentaba como un sueño superior moralmente a las generaciones anteriores, esa advertencia se lee como un golpe demoledor de realidad.