Señor director:

El primer semestre del gobierno del presidente Kast dejó una lección clara: cuando la derecha logra delimitar la cancha de la discusión, la izquierda no tiene con qué jugar.

En materia económica, el Ejecutivo, a través de la megarreforma de reconstrucción, impuso la narrativa sobre cómo debe progresar el país, mientras la oposición solo atinó a presentar un alud de indicaciones dilatorias y a repetir el eslogan de la “reforma para los más ricos”, sin ofrecer jamás un modelo propio de desarrollo ni una hoja de ruta distinta. Solo la resistencia reactiva de quien no tiene nada que ofrecer.

En educación ocurrió algo similar. La reforma al Sistema de Admisión Escolar y los nuevos requisitos para la creación de establecimientos avanzan en el Congreso prácticamente sin contrapeso programático. El proyecto de Escuelas Protegidas, por su parte, solo fue detenido parcialmente por el Tribunal Constitucional, no por una alternativa política construida por la izquierda.

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Ahora se anuncia la megarreforma sobre seguridad y cabe preguntarse qué proyecto propio, qué narrativa tiene la izquierda para enfrentarla. La experiencia reciente ya dio la respuesta.

Tras los asesinatos de carabineros durante el gobierno de Gabriel Boric, la misma izquierda que por años se opuso tenazmente a la agenda de seguridad terminó cediendo íntegramente ante ella, sin haber construido jamás una visión propia sobre el problema. No fue convicción lo que la hizo ceder. Fue urgencia electoral.

Se repite el patrón: no hay propuesta, no hay relato, solo resistencia reactiva que termina por ceder ante la evidencia y la presión de la opinión pública. Una izquierda que solo dice que no, no ofrece nada nuevo. Se fagocita a sí misma.

¿Y entonces qué le queda a la izquierda? ¿Oponerse a todo por reflejo, para luego ceder en silencio cuando ya no queda otra? Esa no es oposición, es orfandad de ideas.

Si de verdad cree tener un proyecto de país distinto —en progreso, en educación, en seguridad—, este es el momento de demostrarlo con propuestas propias, no con vetos ni con el Tribunal Constitucional como último refugio. Negarse a todo sin ofrecer nada no es hacer política: es abdicar de ella. Y esa abdicación, tarde o temprano, la paga el país.

César Miranda
Investigador Instituto Libertad