Hay preguntas que parecen provocadoras hasta que uno mira los números. ¿Puede la Alianza del Pacífico convertirse nuevamente en el bloque económico de moda de América Latina? Creo que sí. Y, probablemente, el momento sea bastante mejor de lo que pensamos.
Chile, Colombia, México y Perú reúnen 239,1 millones de habitantes. En 2024, representaron el 42,8% del PIB de América Latina y el Caribe, el 57,4% del comercio total de la región y el 41,6% de los flujos de inversión extranjera directa. Ese mismo año, la Alianza del Pacífico fue la séptima economía del mundo y la cuarta potencia exportadora mundial.
No estamos hablando, por tanto, de un proyecto diplomático que necesite demostrar su relevancia. Estamos hablando de una de las mayores plataformas económicas de América Latina que, paradójicamente, todavía no termina de comportarse como tal.
Los que trabajamos las bases de este bloque económico, sabemos que la Alianza nació en 2011 con una idea sencilla y potente: integrar a Chile, Colombia, México y Perú, facilitar la circulación de bienes, servicios, capitales y personas y proyectar conjuntamente a sus miembros hacia el Asia-Pacífico.
Mucho se avanzó. Pero también se perdió protagonismo.
Las diferencias políticas entre los gobiernos, algunos desencuentros bilaterales y la falta de una agenda suficientemente ambiciosa fueron debilitando el impulso que originalmente convirtió a la Alianza en uno de los proyectos de integración más dinámicos de la región.
Hoy, sin embargo, el escenario vuelve a ser interesante.
Los cuatro países atraviesan nuevos ciclos políticos y comparten una necesidad que debería ser capaz de volver a sentarlos alrededor de una misma mesa: crecer, atraer inversión, generar empleo, mejorar la seguridad, elevar la productividad y entregar mayor certeza jurídica.
Chile necesita recuperar dinamismo, productividad e inversión. Colombia enfrenta el desafío de fortalecer la confianza y aprovechar su potencial productivo. México tiene ante sí una oportunidad extraordinaria derivada de la reconfiguración de las cadenas globales de suministro. Perú necesita destrabar inversión privada, acelerar proyectos y transformar sus ventajas competitivas en desarrollo.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿por qué no aprovechar la escala que los cuatro países ya tienen? La Alianza representa además 44,3% de las exportaciones de servicios de América Latina y el Caribe. Sus miembros son conjuntamente el primer exportador mundial de uva, palta y arándanos frescos, y el segundo exportador mundial de café.
La fortaleza económica ya existe. Lo que falta es convertirla en una estrategia común. El siguiente salto debería ser pasar de una integración fundamentalmente comercial a una verdadera asociatividad productiva. No solamente vendernos más entre nosotros, sino utilizar nuestras capacidades complementarias para producir juntos y competir mejor en terceros mercados.
La propia Alianza ya trabaja en cadenas regionales y globales de valor. Pero podemos pensar mucho más grande.
¿Por qué no salir juntos a buscar inversiones en Asia, Europa y Norteamérica? ¿Por qué no presentar a los cuatro países como una plataforma productiva integrada? ¿Por qué no construir proyectos en los que el capital, la tecnología, la infraestructura, los recursos y los mercados de nuestros cuatro países se complementen para generar mayor valor?
Ahí aparece un concepto que, a mi juicio, debería estar en el centro de la nueva etapa: la coprosperidad. La integración del futuro no debería medirse solamente por cuánto comerciamos entre nosotros, sino por cuánto valor somos capaces de crear juntos.
Una Zona Franca del Cobre Chile–Perú, por ejemplo, puede ser expresión de esa nueva lógica: aprovechar la complementariedad de dos grandes productores de cobre para integrar recursos, infraestructura, logística, procesamiento, servicios especializados, tecnología e inversión, y competir con mayor escala en los mercados internacionales.
Y la idea puede ir mucho más allá del cobre.
¿Por qué no pensar en corredores productivos de la Alianza? ¿Por qué no conectar minería, energía, agroindustria, manufactura, tecnología y servicios para construir cadenas de valor que ninguno de los cuatro países podría desarrollar con la misma escala por separado?
Ese es el verdadero salto: pasar de la integración comercial al poder geoeconómico. Porque en el mundo que viene, el poder de un país no dependerá solamente de su territorio, de su población o de su capacidad militar. También dependerá de su capacidad para atraer capital, asegurar cadenas de suministro, controlar recursos estratégicos, agregar valor, desarrollar tecnología y acceder a mercados.
Chile, Colombia, México y Perú tienen piezas muy importantes de ese rompecabezas. La pregunta es si serán capaces de unirlas.
Perú y México han reanudado sus relaciones diplomáticas
El acuerdo alcanzado el 7 de agosto entre los gobiernos de Claudia Sheinbaum y Keiko Fujimori no debería ser visto únicamente como una buena noticia bilateral. México y Perú son miembros fundadores de la Alianza del Pacífico y su reencuentro político puede convertirse en una señal decisiva para la revitalización del bloque.
Así las cosas, dos de sus cuatro integrantes vuelven a abrir plenamente sus canales diplomáticos. Eso puede facilitar nuevamente el comercio, la inversión, el turismo, las misiones empresariales y, sobre todo, la confianza necesaria para construir una agenda común.
Hay además una coincidencia particularmente interesante: México ejerce durante 2026 la Presidencia Pro Tempore de la Alianza del Pacífico y ha planteado una gestión orientada a resultados concretos, cadenas de valor compartidas y mayor escala para competir. El restablecimiento de las relaciones con Perú llega, por tanto, en un momento especialmente oportuno para darle contenido político y económico a esa agenda.
La nueva etapa debería incorporar también una dimensión que ya no puede ser secundaria: la seguridad.
Chile, Colombia, México y Perú enfrentan amenazas que dejaron hace mucho tiempo de respetar las fronteras nacionales. El crimen organizado, el narcotráfico, el lavado de activos, el tráfico de armas y la ciberdelincuencia requieren una cooperación mucho más intensa. La seguridad dejó de ser solamente un asunto interno. También es una condición para atraer inversión.
Lo mismo ocurre con la certeza jurídica. En un mundo donde las empresas están revisando dónde ubicar capital y cómo diversificar sus cadenas de suministro, la previsibilidad regulatoria puede convertirse en una ventaja competitiva decisiva.
La Alianza ya cuenta con institucionalidad, equipos técnicos, acuerdos comerciales y una agenda de integración que incluye inversión, economía digital, pymes, servicios, facilitación comercial y cadenas globales de valor.
Ahora necesita velocidad y ambición. No necesitamos otra organización regional cargada de burocracia y declaraciones.
Necesitamos una plataforma económica capaz de transformar integración en inversión, inversión en empleo y cooperación en mayor capacidad de negociación frente al mundo.
Y quizás este sea el momento adecuado.
Hoy confluyen una Alianza que mantiene una dimensión económica extraordinaria, cuatro países que atraviesan nuevos ciclos políticos, una economía mundial que está reordenando sus cadenas de suministro y la reanudación de las relaciones diplomáticas entre Perú y México. Por eso sostengo que podemos estar frente al segundo gran momento de la Alianza del Pacífico.
El primero fue su nacimiento, su rápida consolidación y su reconocimiento como uno de los proyectos de integración económica más dinámicos de América Latina.
El segundo podría ser todavía más ambicioso: convertirla en el bloque económico de moda de América Latina y, al mismo tiempo, en una plataforma de poder geoeconómico capaz de proyectar a sus cuatro miembros hacia el mundo.
No por marketing. Por resultados.
La Alianza ya tiene escala, apertura comercial, capacidad exportadora, recursos estratégicos y una posición privilegiada frente al Asia-Pacífico. Lo que necesita ahora es transformar esas ventajas nacionales en una capacidad colectiva. Ese puede ser el nuevo pacto de la Alianza del Pacífico: competir juntos para prosperar juntos.
Y si sus cuatro gobiernos entienden que la próxima etapa no consiste simplemente en integrarse, sino en construir poder económico conjuntamente, quizás la Alianza del Pacífico no solo vuelva a estar de moda. Quizás vuelva a ser una de las grandes apuestas de América Latina para competir en el mundo.
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