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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Irán enfrenta nuevamente una crisis social, esta vez por razones económicas, con una fuerte devaluación de la moneda y una crisis sin precedentes. Las protestas comenzaron por esta situación y han escalado durante la semana, con enfrentamientos entre manifestantes y la policía. Incluso, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha amenazado con intervenir si hay muertes. La situación se complica con un colapso en el sistema, dificultad para acceder a alimentos y medicamentos, y cortes de servicios básicos.

Irán vuelve a vivir una crisis social, luego de un 2025 sumamente convulso por el conflicto vivido con Israel; además de las protestas ocurridas en 2022 por la muerte de la joven llamada Mahsa Amini.

No obstante, en esta oportunidad el descontento social responde a temas económicos: una fuerte devaluación de la moneda y una crisis financiera que no tiene precedentes, al menos en los últimos años.

La movilización inició el pasado domingo, y ha tomado intensidad durante el transcurso de la semana, con fuertes enfrentamientos entre manifestantes y la policía.

Incluso han existido reacciones internacionales, con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenazando con intervenir en caso que mueran personas.

“Si Irán dispara y asesina violentamente a manifestantes pacíficos, como es su costumbre, Estados Unidos acudirá a su rescate. Estamos preparados y listos para actuar”, expresó en sus redes sociales.

De acuerdo al medio asociado DW, las protestas de finales de 2025 condensan varios ciclos: la ira social (2017-2019), la experiencia de violencia extrema (2019) y la crítica cultural al sistema (2022). Esta densidad aumenta el alcance y la capacidad de resistencia del movimiento.

Uno de los puntos, según citado medio, estima que los iraníes deben pagar hoy unos 1,45 millones de riales por un dólar estadounidense; hace un año eran unos 820.000. Con su salario mensual a tiempo completo, un iraní medio apenas alcanza algo más de 100 dólares. La consecuencia: incluso comprar alimentos básicos consume un sueldo entero.

En un país dependiente de las importaciones como Irán, un shock inflacionario así tiene un efecto social desestabilizador inmediato. La abogada de derechos humanos Gissou Nia, del Atlantic Council, indicó al citado medio que: “Como en las protestas desde diciembre de 2017, suele haber un desencadenante económico; pero si se escuchan las consignas y se observa la magnitud, se trata de una profunda insatisfacción con el régimen y del deseo de que desaparezca”.

“Muchos iraníes ya no interpretan el colapso como una crisis corregible, sino como un fallo sistémico del régimen en torno al envejecido líder supremo Ali Jamenei”, agrega.

Siguiendo en lo económico, la analista sostiene que la crisis ya es social e infraestructural. Los ahorros se devalúan, alimentos y medicamentos son difíciles de pagar o conseguir, y aumentan los cortes de agua y electricidad. Ya no se ven afectados solo los márgenes, sino amplios sectores de la clase media urbana.

“La realidad es que la gente no puede permitirse alimentos; muchas cosas son impagables”, analiza Nia. En las ciudades, el agua se corta regularmente desde hace tiempo. Esto probablemente facilite la movilización: quien ya no tiene nada material que perder está más dispuesto a asumir el riesgo de la violencia estatal.

La cúpula política en Teherán envía señales de apaciguamiento, mientras las fuerzas de seguridad han empezado a reprimir con violencia. A diferencia de olas anteriores, el régimen intenta intimidar desde una fase temprana, señal de gran nerviosismo. “Vemos vídeos en línea de gases lacrimógenos y de disparos contra manifestantes pacíficos”, dice Nia.

El cálculo es delicado: cuanto antes recurre el Estado a la violencia, más claramente muestra debilidad. La rutina represiva ya no disuade; para muchos confirma que el régimen no ofrece soluciones políticas.