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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Un estudio de la revista Science Advances analizó una enorme erupción volcánica que ocurrió hace unos 22 millones de años en el norte de Chile, sepultando una gran área con una capa de roca volcánica de más de un kilómetro de espesor en algunos puntos. Esta erupción fue mayor que la que destruyó Pompeya en el año 79 d.C.

Un estudio recientemente publicado en la revista Science Advances analizó una enorme erupción volcánica que sepultó parte del norte de Chile hace aproximadamente 22 millones de años. Los científicos creen que fue mayor a la del volcán Vesubio, que destruyó Pompeya en el año 79 d. C.

El paisaje quedó entonces cubierto con una capa de roca volcánica de más de un kilómetro de espesor en algunos puntos. Este residuo se conoce como ignimbrita —un material formado por las erupciones explosivas más violentas— y sepultó montañas, valles y ríos.

La huella de este evento de gran magnitud quedó exactamente en la caldera de Lauca, una depresión volcánica ubicada en la Región de Arica y Parinacota. Se estima que la erupción llegó a cubrir un área 6 veces mayor que Santiago.

Ahora, investigadores de la University College de Londres (UCL) analizaron el fenómeno y pudieron calcular a qué velocidad estaba creciendo la cordillera de los Andes justo antes de que ocurriera.

Así descubrieron que, en esa zona y esa época, la cordillera crecía a un ritmo menor a 0,26 kilómetros por cada millón de años (2,5 cm, o aproximadamente una pulgada, cada 100 años), una velocidad relativamente baja si se compara con otras cordilleras activas del mundo actual.

El hallazgo respalda la idea de que los Andes crecieron lenta y constantemente a lo largo de decenas de millones de años, dice un comunicado de la casa de estudios, en lugar de haber surgido más recientemente, en los últimos millones de años.

La erupción volcánica que sepultó parte del norte de Chile

El trabajo fue liderado por el investigador Byron Adams, del Departamento de Ciencias de la Tierra de la UCL. El experto explica que la erupción fue parecida a la que destruyó la ciudad de Pompeya, en la antigua Italia, “pero a una escala mucho mayor”.

“En lugar de cubrir una ciudad, mezclas calientes de ceniza volcánica, fragmentos de roca y gases arrasaron todo el paisaje, engullendo el terreno que se encontraba debajo“, ilustra el científico.

“Pompeya demuestra cómo las erupciones volcánicas pueden congelar un momento de la historia humana. Este estudio muestra que erupciones mucho mayores también pueden congelar momentos de la historia de la Tierra, sepultando paisajes enteros bajo depósitos volcánicos y preservando pistas sobre cómo se formaban las montañas antes de la erupción”, plantea.

De acuerdo con el estudio, cuando una erupción es lo suficientemente grande, el material que arrastra forma una superficie muy pareja y con muy poca pendiente, como si se hubiera “pavimentado” el terreno. A este tipo de depósito los científicos lo llaman ignimbrita de bajo relieve, o LARI por su sigla en inglés (low aspect ratio ignimbrite).

Para que esa capa lograra tapar por completo las montañas y valles que había debajo, esas montañas no podían ser más empinadas que la propia superficie del depósito volcánico. Es una especie de regla geométrica: si el manto de ceniza y roca fundida logró cubrir todo el relieve, es porque ese relieve era, como máximo, igual de plano que la superficie que quedó al final.

Con esa idea como punto de partida, el equipo construyó un modelo computacional que simula cómo los ríos van tallando montañas a lo largo de millones de años, dependiendo de dos factores: qué tan rápido se levanta el terreno por la actividad tectónica (algo así como el “empuje” que viene desde abajo) y qué tan fácil es erosionar la roca del lugar (su “dureza” frente al agua y el desgaste).

Corrieron 560 simulaciones de paisajes distintos, variando esos dos factores, hasta encontrar qué combinaciones de velocidad de levantamiento y dureza de la roca producen montañas lo suficientemente planas como para haber podido ser sepultadas por una capa con la inclinación que efectivamente tiene la ignimbrite real que estudiaron.

No podemos excavar para ver el paisaje enterrado, pero podemos usar la forma del manto volcánico y lo que sabemos sobre cómo los ríos dan forma a las montañas para deducir lo que se esconde debajo”, explica Adams.

“Este enfoque nos brinda una nueva forma de analizar la historia de la Tierra. Los métodos actuales para estimar la velocidad de formación de las montañas se basan en “relojes” químicos en la roca, pero estos se limitan a momentos específicos en el tiempo. Nuestro método puede estimar el levantamiento de la roca durante un período mucho más largo”, añade.

El equipo aplicó su modelo a un caso muy concreto: la ignimbrita Cardones, ubicada en el flanco occidental de los Andes centrales, en la frontera entre el norte de Chile y el sur de Perú. Se trata de uno de los depósitos volcánicos más grandes conocidos en la región, con un volumen estimado de más de 1.260 kilómetros cúbicos de material que se formó hace 21,9 millones de años a partir de la erupción que probablemente salió de la cercana caldera Lauca.

La superficie original de este depósito tenía una inclinación muy suave, de apenas 1,5 grados. Usando ese dato como límite, y combinándolo con estimaciones previas sobre qué tan “dura” o resistente es la roca de la zona frente a la erosión, los investigadores concluyeron que el paisaje que quedó enterrado bajo la ignimbrita se formó con una velocidad de levantamiento tectónico de menos de 0,26 kilómetros por millón de años.

“En este caso, estimamos que habrían sido necesarios millones de años para producir el paisaje apacible que deducimos antes de la erupción“, sostiene Adams.

“Existe un debate sobre si los Andes crecieron de forma lenta y constante a lo largo de 40 o 50 millones de años, o si se elevaron muy lentamente y luego surgieron de forma más reciente, en los últimos seis a diez millones de años. Nuestros hallazgos, que abarcan gran parte de la etapa intermedia de esa historia, respaldan la hipótesis de un crecimiento lento pero constante“, concluye.

Los autores del paper dicen que buena parte de esta zona del norte de Chile sigue teniendo restos de estas antiguas ignimbritas en el paisaje actual, unos 22 millones de años después de haberse depositado. Esto ocurriría porque los ríos de la región no han podido remover del todo el material, lo que a su vez es una prueba indirecta de que la erosión en esta parte del desierto ha sido extremadamente lenta durante millones de años.

Ahora, sugieren que esta misma estrategia —usar la superficie plana de una gran ignimbrita como una especie de “molde” del paisaje que sepultó— podría aplicarse a otros grandes depósitos volcánicos similares en el mundo, como los de Nueva Zelanda, Japón, Indonesia o Estados Unidos, siempre que se cumplan ciertas condiciones sobre cómo se comportan los ríos de esa zona.

Para el caso particular de los Andes, el hallazgo ayuda a entender mejor la historia de esta cordillera: sugiere que, durante el período previo a esta erupción, la zona vivió una etapa de crecimiento tectónico relativamente tranquila y estable, consistente con una fase de subducción —el proceso por el cual una placa tectónica se desliza bajo otra— más lenta de lo que se ha visto en otros momentos de la historia geológica de la región.

Referencia:

Byron A. Adams y otros autores. Landscapes buried beneath large-volume ignimbrites reveal preeruptive uplift rates. Revista Science Advances, 2026.