Se nos vino septiembre y ni siquiera lo notamos. De ahí su resuello iracundo el primer fin de semana, con ráfagas de puelche que anduvieron despeinando a más de un patriota. Esa era, precisamente, su idea: recordarnos que llegó y que, aunque el vendaval no siempre trae tormenta, debe respetarse. ¿Y cómo no? Si julio siempre es julio. Pero septiembre…nunca es igual. Porque septiembre es el hijo malcriado de Chile que creció con traumas y resentimientos. ¿Y cómo culparlo, si además de ser fruto de un coito no consentido, aún no puede optar a una terapia de reparación integral? Menos ahora que el sistema está colapsado por esa epidemia de trastornos alfabéticos neogeneracionales —fruto de la «crianza burbuja» posmilitarista— que tiene hasta a los psicólogos en reposo psiquiátrico.

La buena noticia es que tendremos cueca al aire libre, porque, según los videntes del clima, las lluvias harán un «aro, aro, aro» sobre las ramadas dieciocheras desde la región de Los Ríos hacia el norte. Lo no tan bueno es que septiembre nos pilló con las chaucheras medio vacías, por obra y gracia de nuestro querido «Golden Boy» de Hacienda. Habrá que desempolvar, por lo tanto, el vestido de china y el sombrero de huaso, pues, ni soñar con renovarlos. ¿Qué importa en realidad? Si siempre alcanza pal vasito ‘e chicha y la empaná.

Lo verdaderamente preocupante es la silenciosa excomunión que sufrieron varios hitos que formaban parte del acervo popular y de la tradición dieciochera. Elementos que retrataban el perfil de una época y, por ende, la idiosincrasia de un pueblo. Ahora bien, cuando permitimos que se extirpen rasgos de nuestra identidad, algo más profundo comienza a suceder. Muchas veces la poda impetuosa termina marchitando la raíz: el lugar donde se asienta, se asimila y se conserva una cultura.

Por fortuna, todavía penden las guirnaldas tricolores entre poste y pared. Flamea nuestra bandera con su estrella en el mismo cuadrante. La abuela continúa llenando la masa con pino de ayer y oyendo en «La Radio de Chile» la «Chicha de Curacaví».

Pero las ramadas antaño pintorescas, ahora se «construyen» con toldos desplegables y, en vez de escenarios, se instalan pantallas LED. El puesto de arepas se camufla junto al pancho de anticuchos. Los viejos beben chicha en cacho y los hijos, un vaso de terremoto. En la cocina suenan Los Huasos Quincheros mientras en la pieza gangosea el «Conejo Malvado». A los cabros chicos les compran tremendos cometas por «luca» y, sin el menor esfuerzo, se encumbra flamante el polietileno.

Pero a veces, desde lejos, todavía puede verse un volantín veterano. De esos de manufactura criolla, armados con pliegos de seda y engrudo; desbastadas sus varillas de coligüe al filo de un cuchillo de cocina. Que, en sus tiempos de gloria, solían competir con hilo curado en reñidas «comisiones», desatando una estampida al caer vencidos: esa ansiosa carrera por un trofeo que significaba más que un simple trozo de papel y unas varas de coligüe. Era el rescate del honor de un combatiente que aún podía volver a pelear.

Era la época de un cobertizo que olía a petardos. De la troya y de los trompos con tachuelas, girando con gloriosas cicatrices. Del bombazo estrepitoso del carburo con esputo dentro de un envase de café, agitado y detonado por aquellos más temerarios. Por supuesto, también se tiraba de la cuerda, se hundían en las hoyas las polquitas y se otorgaban mil puntos a aquel que ensartaba el emboque al revés.

Más de alguien argüirá que algunas de aquellas costumbres concedían demasiadas licencias a menores. Tal vez, pero nadie se creía una «mascota», ni pasaba las tardes cazando un Pokémon. Las «auras» no se «farmeaban» imitando ademanes y poses de un meme; se forjaban a fuerza de coraje y enfrentándose al matón. Por eso entristece recordar los juegos de la infancia. Porque hoy se han reducido las interacciones a su mínima expresión y se ha mutilado el derecho a explorar, a equivocarse y a hacerse cargo.

Porque una cultura no se pierde solamente al derribar las estatuas, proscribir el dogma o extinguir una lengua. También se disuelve de formas sutiles: cuando el niño deja de aprehender el legado que su padre heredó de su abuelo; cuando nadie vuelve a fabricar con las manos; cuando un hito identitario se transforma en un concepto que nadie nombra ni conoce. Cuando septiembre se diluye en un milenio al cual no pertenece.

Son los «zetas» y los «alfas» —o los menos displicentes del conjunto— quienes tienen en sus manos el deber de transmitir el patrimonio inmaterial de su país. Antes que la cueca se vuelva pecado y se prohíba el mote con huesillos porque hay quienes se atragantan con el cuesco… y dicha coerción parezca sensata.

Mientras tanto, el ciclo de la vida sigue obedeciendo al devenir del tiempo. Al final, todos los sistemas colapsan. La entropía es parte del orden, el mismo que siempre retorna al caos simplemente porque extraña renacer. Es la impermanencia de las cosas. El anicca. Yin y yang. Involución.