Aunque nos hemos ido acostumbrando a los exabruptos de nuestro vecino oriental, el último episodio de nuestra relación bilateral -constituido por varias declaraciones inconvenientes para nuestro interés emitidas por personeros argentinos- levantó una demanda transversal de mayor rigurosidad en la respuesta de nuestro Gobierno. Transversalidad que nos sorprendió a muchos, ya que la izquierda -hoy oposición- demanda al Gobierno aquello que cuando ella misma tuvo el poder, fue incapaz de obtener, disfrazando de patriotismo cierto oportunismo político.

Lo verdaderamente grave no son las declaraciones del último período, sino los dos decretos oficiales argentinos que las sustentan y que sencillamente desconocen los tratados vigentes con Chile y atentan contra nuestra soberanía: El Decreto 256 de 2010 (período Piñera – Cristina Fernández), que afecta la libertad de navegación en las aguas australes; y el Decreto 457 de 2021 (período Boric – Alberto Fernández, ambos amigos e ideológicamente cercanos), que promulga una Política de Defensa Argentina donde se define el Estrecho de Magallanes como un “espacio compartido” bajo un esquema de “control conjunto” chileno-argentino”.

Así, mirando las últimas declaraciones desde una perspectiva de mediano plazo, estas no constituyen exabruptos, sino la expresión de una doctrina argentina refrendada en documentos oficiales que dicho país ha evitado enmendar. Y es que si nos “paramos en la luna” y analizamos el comportamiento argentino desde una perspectiva geopolítica (los tiempos de la geopolítica exceden largamente la escala humana), veremos en el actuar trasandino 3 constantes que explican sus acciones:

Primero: Argentina, contenida hacia el oeste por la Cordillera, por Brasil hacia el norte y por el Atlántico hacia el oriente, históricamente ha mirado hacia el sur y -últimamente- también hacia el Pacífico. La historia argentina es la historia de la conquista del “desierto” pampino y patagónico, de su aspiración sobre las islas del Atlántico Sur (que nunca fueron argentinas) y de su pretensión antártica. Hoy, impulsada por los mercados asiáticos, la mirada argentina descubre la importancia del Pacífico y la lleva a aspirar el control de los pasos bioceánicos, crecientemente importantes.

Segundo: Para Argentina, NADA se subordina al interés nacional. Si Argentina firmó un laudo con Chile y su resultado no le gusta, sencillo: lo declara “insanablemente nulo”. Si firmó un tratado de venta de gas y de pronto no le conviene el precio… deja de bombear. Y si tiene que desconocer parte del TPA de 1984 con Chile para hostigar al Reino Unido, bienvenido sea. Esta costumbre choca con el apego chileno a las reglas y tratados, porque analizamos la realidad internacional desde perspectivas distintas: ellos desde la conveniencia y nosotros desde el derecho. No nos sale gratis el exceso de abogados en la política y en la Cancillería.

Tercero: En Argentina, en mayor grado que en el resto del mundo, la política exterior a menudo se explica en función de la política interna. Y además -podemos agregar- en este aspecto la aspiración argentina sobre las Falklands es la “vieja confiable” del patriotismo argentino y de la cohesión en torno al gobernante. Lo sabía Galtieri en 1982 y lo sabe Milei hoy, 44 años más tarde.

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Considerando estas tres constantes geopolíticas, las declaraciones del último mes constituyen sólo la expresión más reciente de un continuo histórico. En este aspecto, la candidez de un par de oficiales generales argentinos y la imprudencia del Canciller trasandino nos permitieron atisbar sólo la punta del iceberg, ya que la política internacional argentina no se construye sólo con declaraciones, sino también con documentos oficiales como aquellos que se niega a enmendar y hasta con cierta anuencia de Chile, que con su vecino oriental a veces desarrolla una política de “appeasement” hasta hoy infructuosa.

Por lo anterior es que si alguien piensa que hoy, porque ha recibido algunos aviones F-16 (menos avanzados que aquellos que Chile opera por 20 años), nuestro vecino oriental volvió a su característico comportamiento “agrandado”, yo pienso que incurre en un error: No son sólo bravuconerías, es coherencia geopolítica.