Cada año, desde que terminó el gobierno de Pinochet, se ha hecho un acto oficial en La Moneda el 11 de septiembre. Este año no. Muchos se molestaron. Yo me alegré: pues de haberse realizado, hubiese sido una celebración, ya que quienes hoy nos gobiernan fueron partidarios no sólo del golpe militar, sino de la dictadura con todas sus consecuencias. Prefiero el silencio que la fiesta.

Las fechas se repiten

El 11 de septiembre de 1924 se formó la Junta de Gobierno, con un movimiento militar que se había iniciado el 5 del mismo mes. El presidente Alessandri dejó el Palacio y se fue a Italia, vía Buenos Aires. Si bien fue un golpe de Estado, se trataba de un llamado a bajar tensiones y convocar a un proceso de reordenamiento del país.

Cuando llegaba el verano y no se veían visos de que los generales fueran a cumplir con su promesa, los oficiales jóvenes, encabezados por el Coronel Ibáñez, derrocaron a la Junta Militar y se instaló una Junta Civil, cuya primera misión fue traer de regreso a Chile al presidente.

Con este hecho pasado dando vuelta en la cabeza, hubo algunos que creyeron que el golpe que estaban queriendo dar en 1973, sería un derrocamiento pacífico y que en pocos meses tendríamos nuevas elecciones presidenciales.

El mundo era otro

Pero algunos sabíamos que eso no sería así. La disputa anterior fue algo más bien entre familias poderosas y conflictos en el seno de la derecha. El Chile de 1973 era un país diferente, con otras experiencias y otras expectativas.

La Revolución en Libertad que encabezó Frei abrió las puertas a los sectores populares en sus demandas más sentidas y dio paso a una nueva conciencia de derechos. El estrecho triunfo allendista desató el terror en la derecha y en los empresarios, sobre todo porque no se lo esperaban. El asesinato de Schneider y las actitudes políticas de distintos bandos me hicieron pensar –y conmigo a otros– en que lo que venía era una confrontación compleja y con desenlace violento.

Mi tesis para recibirme de abogado fue un proyecto de nueva constitución política orientada a crear una nueva forma de democracia participativa, en la que todos los intereses lograran encontrar puntos de acuerdo y las personas pudieran reunirse para buscar soluciones.

Mi tesis se basaba en la radicalización de las posiciones y en las propuestas belicistas de la derecha y de cierta izquierda, cuyas posiciones parecían irrenunciables. Si no se lograba una salida institucional con mecanismos de consensos mayoritarios y el fortalecimiento de espacios democráticos participativos, vendría una acción que terminaría en una dictadura. Podría ser de izquierda o de derecha, según la postura que tomaran las Fuerzas Armadas.

La decisión de los militares

La derecha apostaba a la tradición histórica de las instituciones militares que siempre –salvo en el quiebre de 1891– se alinearon monolíticamente por las posiciones de la derecha. Desde los primeros tiempos de las luchas emancipadoras, hasta 1969, en el Ejército y la Armada se vivieron intentonas golpistas, la mayor parte de ellas fracasadas. Pero siempre en una misma dirección y monolíticamente.

Parte de la izquierda apostaba al quiebre de las Fuerzas Armadas lo que, con cierto apoyo popular, podría inclinar la balanza a su favor.

Pero hubo otros en la izquierda, especialmente el Partido Comunista, que no querían la confrontación y tenían la ilusión de Fuerzas Armadas unidas en torno a la institucionalidad vigente.

Ya conocemos el desenlace: aquel martes fatídico (tenía que ser martes para dar el golpe por sorpresa) se ejecutó el plan militar del golpe de Estado, para dar paso a la incorporación de los civiles derechistas que lo apoyaron con entusiasmo y lograron en corto plazo ponerle contenidos a un proyecto institucional como el que algunos temíamos.

Un proyecto fundacional

¿Cuántas veces conversamos entre los demócrata cristianos sobre ese peligro? Y mientras algunos ilusos, fantasiosos, soñaban con que los militares llamarían a elecciones para fines de año o le entregarían el poder al presidente del Senado, muchos otros sabíamos que las cosas no iban a ser así.

Algunos DC, trece, pero mucho más que trece, estábamos en contra del golpe de Estado. La vergonzosa “independencia crítica” que proclamó Aylwin y su directiva no fue más que el sometimiento a la brutalidad que se dejaba sentir. Golpistas unos, observadores otros, colaboradores en el origen también, la mayor parte de ellos se fue apartando cuando se dieron cuenta de las graves violaciones de los derechos humanos.

Las señales que dio la dictadura desde el primer minuto no fue la de un movimiento por la democracia, sino de una propuesta anticomunista y anti políticos brutal, en estrecha relación con el mundo empresarial y los partidos y movimientos más reaccionarios (los que dirigían Jaime Guzmán, Pablo Rodríguez, Onofre Jarpa). Fue más evidente cuando se habló de nueva constitución política: era un proyecto fundacional.

El golpe fue el camino de la derecha chilena para hacerse de todo el poder e instalar su modelo económico y político, a cualquier precio, sin importarles las personas, los derechos humanos, la libertad. Para ellos el golpe fue una esperanza, para nosotros una experiencia.

El recuerdo permanente

En septiembre de 1993, al cumplirse 20 años del golpe, yo era Decano de Ciencias Jurídicas y Humanidades en la Universidad Andrés Bello. En esa calidad, sugerí a Patricia Verdugo, profesora de la Escuela de Periodismo de mi Facultad que preparara un trabajo sobre el golpe de Estado con sus alumnos. [Salió así un libro dirigido y coordinado por ella con entrevistas de sus estudiantes, bajo el título “Como lo viví yo”, refiriéndose al 11 de septiembre de 1973.

Muchos testimonios quedaron así plasmados, tanto de personas que estuvieron a favor o en contra del suceso.

Recuerdo esos días con total precisión. Más allá de que el golpe estaba en marcha, la vida de los partidos continuaba. Sabíamos que algo estaba pasando y no estábamos al margen de ello. La Juventud de la Democracia Cristiana había convocado para el lunes 10 a una marcha de estudiantes contra la violencia y los intentos anti democráticos.

El domingo 9 pasó de todo: un encendido discurso de Altamirano, declaraciones de Oscar Garretón y otros dirigentes, reconociendo la infiltración política en la Armada, llevando las tensiones al máximo. Allende, en su casa, estuvo reunido con sus grupos más cercanos. La versión que entregó Carlos Briones fue que el presidente aceptaría convocar a un plebiscito, asumiendo las consecuencias que ello tendría. El anuncio sería el día lunes a las 19 horas y así lo avisó la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia (OIR) a todos los medios. Paralelamente, los diputados de la Democracia Cristiana ofrecían sus renuncias y llamaban al presiente de la República y a los demás parlamentarios a hacer lo mismo, provocando una nueva elección general de todos los cargos.

La sorpresa

Sorpresivamente, desde la OIR se anunció a media tarde del lunes 10 de septiembre que el discurso del presidente se postergaba para el día siguiente a las 11 de la mañana en la Universidad Técnica del Estado donde habría un acto. ¿Quién decidió esta postergación?

¿Alguien que sabía que ya sería tarde? ¿Alguien que nunca creyó en la posibilidad del golpe? ¿Un traidor?

En esos días debía iniciarse la Operación UNITAS, una acción conjunta de la Armada chilena y la de Estados Unidos. Los barcos extranjeros estaban frente a las costas chilenas. A las 19 horas, poco antes de que entraran a una reunión los jóvenes DC del Tercer Distrito de Santiago para definir una candidatura a la presidencia distrital, Bernardo Leighton llegaba a la sede del Partido. Un pequeño grupo lo abordamos: todo indica, nos dijo, que el golpe puede ser mañana. La señal será si zarpa o no zarpa la Armada. Si no zarpa es que hay golpe. El compromiso es que los barcos marcharían a alta mar para encontrarse con los de USA a las 22 horas.

Íbamos a dormir tranquilos

Salimos de la sede partidaria a las 21 horas. Con Eduardo Dockendorff y otros muchachos caminamos hacia el oriente. Varios vivíamos en las inmediaciones de Portugal con Diagonal Paraguay. No había movilización colectiva así es que caminamos. Cuando íbamos llegando a Portugal se detuvo un auto al lado nuestro. Se bajó don Bernardo: “Camaradas, podemos dormir tranquilos, la Armada zarpó hace unos minutos”. Conversamos un rato y luego cada uno a su casa.

Lee también...

Dockendorff fue conmigo a mi departamento en la Torre 4 de San Borja. Conversamos. Ambos pensábamos que el golpe estaba en marcha. Sentíamos el rumor de autos y tanques muy inusual a esas horas. Después de varios cafés y unas copas de aguardiente, Eduardo se fue a su casa.

La Armada hizo el teatro, porque regresó a las 3 de la mañana y se tomó Valparaíso, mientras el Ejército y la Aviación comenzaban a mover sus tropas en el resto del país.

Amaneció el 11 con sol y se nubló a mediodía

Y pasó todo lo que ya se sabe: balaceras, allanamientos, muerte de civiles, bombardeo de La Moneda y la casa del Presidente en Tomás Moro, el discurso del Presidente, los bandos, la muerte del Presidente, detenciones masivas.
Nos reunimos toda la familia en la casa de mi padre en Avenida Grecia. Desde allí escuchamos las ráfagas de fusilamientos, veíamos entrar al Estadio Nacional camiones y buses, probablemente con detenidos. El teléfono no paraba. Todos querían saber. Mi padre, por precaución dijo, izó la bandera. Sin embargo, cuando se confirmó la muerte de Allende, la bajó.

Todo estaba consumado. La tragedia comenzaba para las mayorías, aunque aún muchos no lo sabían. A partir del día 13, los familiares de los presos comenzaron a llegar al Estadio Nacional y pasaban a la casa de mis padres a sentarse a la sombra o beber un vaso de agua.

Yo salí al día siguiente, 14, a repartir la declaración de los “13” – que la retiré de la casa de Mariano Ruiz Esquide en Providencia – por las calles.

Ya estábamos en contra de este proyecto.

La cosa era peor de lo esperado

En mi fuero interno, nada de esto era sorpresa para mí. No me sorprendí tampoco cuando Claudio Orrego Vicuña justificó el golpe y su papel en la preparación misma. Sabíamos que era sí. Nos recibió en la sede de IDEP en calle Bustamante y nos dio todas las explicaciones. Discutimos. Y nos dijo: “Ya verán como tengo razón”. Al poco tiempo él mismo se dio cuenta que estaba equivocado y que la dictadura había llegado para quedarse, con lo cual se convirtió en un tenaz opositor.

Algunos meses después almorcé con un dirigente comunista de la Escuela de Ingeniería. Conversamos largamente. Él me dijo: “Van a caer muy pronto, debemos estar listos”. Le dije: “amigo, son 10 años por lo menos. Ellos llegaron para quedarse”.

Me quedé corto.

Desde ese mismo 11 de septiembre mi compromiso con la defensa de los derechos humanos fue irrestricto, inclaudicable, permanente. No pude ingresar al Comité de la Paz. Me dijeron que no había cupo. Trabajé solo en la defensa de mucha gente, ayudando a perseguidos, alegando amparos, defendiendo personas que eran perseguidas en las universidades.

Años después, cuando se creó la Vicaría de la Solidaridad del Arzobispado de Santiago, pude ser abogado colaborador y trabajar con otras personas. Los abogados Alejandro González, Gustavo Villalobos, Roberto Garretón, Álvaro Peralta, Héctor Salazar, Carmen Hertz, Álvaro García, Mario González, entre otros; las asistentes sociales Norma, Vicky Baeza y las demás; José Manuel Parada, Carmen Garretón y tanta otra gente que fue construyendo, desde la Vicaría y otros espacios, redes de apoyos para los perseguidos y sus familiares.

Lee también...
El "nunca más" le pertenece a todos los chilenos Viernes 11 Septiembre, 2026 | 10:45

Muchos arriesgamos la vida. A veces pienso que algo conseguimos, aunque también ronda mucha desesperanza al observar cosas que han sucedido.

Sin embargo, cada día me levanto con entusiasmo, pensando en que lo que hicimos y hacemos quienes hemos luchado pacíficamente contra las dictaduras y por los derechos humanos, puede ser una semilla que lentamente germinará para hacer de Chile una nación de gente que viva feliz, aunque no tenga permiso, como decía Benedetti.

Cada 11 de septiembre recuerdo aquellos días y renuevo mi fe y mis decisiones.