Pensar en las Fiestas Patrias nos regala la oportunidad de detenernos y volver a encontrarnos con lo esencial: la familia, los afectos, las tradiciones que nos unen y el don maravilloso de nuestra patria.
Cada 18 de septiembre tenemos la oportunidad de celebrar el Te Deum en las Catedrales de todo el país, tradición arraigada desde los albores de nuestra nación. Agradecemos al Creador por Chile, por la hermosura de sus paisajes, por la riqueza de sus culturas y por tantos hombres y mujeres que han sabido custodiar, construir y transmitir con sabia dedicación aquello que el Cardenal Raúl Silva Henríquez llamaba “el alma de Chile”.
Contemplar el don que significa nuestra patria también implica mirar con gratitud nuestra historia. Somos herederos de quienes, con sacrificios, sueños y esperanzas, contribuyeron a construir la nación que hoy compartimos. Por ello, el Mes de la Patria no solo nos invita a celebrar nuestras tradiciones, sino también a preguntarnos qué país estamos edificando para las futuras generaciones y qué lugar ocupa cada persona dentro de este proyecto común.
En medio de la alegría, la realidad nos interpela. Vivimos tiempos marcados por profundos cambios tecnológicos, económicos y culturales que generan oportunidades, pero también incertidumbre. En este contexto, surge una pregunta clave: ¿estamos siendo capaces de construir una sociedad donde cada persona y cada familia puedan sentirse protegidas, valoradas y acompañadas?
Más allá de los indicadores, el verdadero desarrollo debe medirse por la capacidad de ser una comunidad que cuide responsablemente de sus miembros, sobre todo, de quienes enfrentan dificultades o viven en la desprotección.
Esta preocupación adquiere un rostro concreto en nuestra Región del Biobío. Ante las recientes cifras publicadas sobre empleo y desocupación debemos fijar la mirada en las personas, nuestros familiares, amigos o vecinos. Los datos nos revelan historias de familias que ven amenazada su estabilidad, hombres y mujeres que cada día buscan oportunidades y jóvenes que miran el futuro con miedo.
La enseñanza social de la Iglesia ha recordado siempre que el trabajo posee una dimensión profundamente humana, no mercantil. A través de este, la persona se dignifica, participa del proyecto creador de Dios, desarrolla sus capacidades, sirve a la sociedad, sostiene a su familia y colabora activamente en la construcción del bien común. Por eso, cuando falta el trabajo o se rebaja su verdadera naturaleza, no solo se resiente la economía familiar: también se debilitan ámbitos esenciales de la vida personal y comunitaria.
El Papa León en su encíclica Magnifica Humanitas nos ofrece una imagen significativa sobre los desafíos de estos tiempos: la reconstrucción de las murallas de Jerusalén y el liderazgo de Nehemías.
Allí, cada familia asumió una parte de la tarea común, comprendiendo que el bienestar de todos dependía de la responsabilidad compartida. Del mismo modo, los desafíos que enfrenta hoy Chile y nuestra región exigen una respuesta común, donde el Estado, el mundo empresarial, las organizaciones de trabajadores, las universidades y la sociedad civil aporten lo mejor de sí para generar oportunidades y fortalecer el tejido social.
Celebrar el don de nuestro país no consiste únicamente en honrar su pasado, sino también comprometernos por un futuro donde nadie quede excluido y donde la dignidad de cada persona ocupe siempre el centro de las decisiones políticas, económicas y sociales.
Enviando corrección, espere un momento...
