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Cómo vencer la Aerofobia con 3 (simples) tips
Publicado por: Christian Leal
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Aquella ma√Īana de 2013, cuando llegu√© a la fila para el chequeo de seguridad que da a la sala de embarque, las piernas me temblaron. Comenc√© a sudar fr√≠o y una corriente el√©ctrica recorri√≥ mi espina. De pronto, todos mis sentidos se nublaron y mi cuerpo se rebel√≥ contra mi mente, d√°ndole la orden de huir. Di media vuelta y, cual prisionero que va rumbo al cadalso, me agarr√© con todas mis fuerzas de la baranda del segundo piso del edificio.

- ¬ŅQu√© sucede? -pregunt√≥ mi mujer consternada.
- No puedo ir -respondí jadeando, sin mirarla.
- Pero, te est√°n esperando. Tienes reuniones… -intent√≥ hacerme razonar.
- No me importa. No me importa nada -clamé con furia- Que me despidan si quieren. No me subiré a ESA cosa.

Esa cosa era un avión Sky que debía llevarme a Santiago por el día. Y yo estaba aterrado de esa cosa.

Es más, desde que mi jefe puso inocentemente los pasajes sobre mi escritorio hacía una semana, mi vida se había trastornado. Apenas hablaba. Apenas comía. Apenas dormía. La madrugada en que debía partir, Alejandra me llevó al aeropuerto porque yo era incapaz de coordinar movimiento. Menos manejar. Incluso hizo el check-in por mí porque yo sólo balbuceaba.

Y luego, tras despedirse de mí frente a la sala de embarque, colapsé.

¬ŅC√≥mo hab√≠a podido llegar a un punto tan pat√©tico?

Probablemente se reir√°n (no se preocupen, todo el mundo lo hace), si les cuento que cuando era estudiante yo quer√≠a ingresar a la FACH y ser piloto de combate. Hab√≠a armado decenas de aviones a escala y podr√≠a reconocer cientos de modelos y versiones de aeronaves (como que el F-14 era capaz de plegar sus alas en V para alcanzar mayor velocidad y que al ser dado de baja por la armada estadounidense los aviones remanentes fueron destruidos para evitar que sus piezas llegaran como repuestos al r√©gimen iran√≠, que a√ļn mantiene un pu√Īado del tiempo en que ambas naciones eran amigas). √Ďo√Īer√≠as as√≠, que a√ļn recuerdo.

Unos amigos de la familia me convencieron de que la milicia no era mi camino y ten√≠an raz√≥n. Pese a ello, la primera y segunda vez que vol√© en un avi√≥n comercial de Concepci√≥n a Santiago en mi adolescencia alucin√© todo el camino. Mi √ļnica desilusi√≥n fue que el trayecto se hiciera tan corto.

Si seguimos la teoría freudiana de que tu padre tiene la culpa de todo, creo que mis problemas comenzaron temprano en la universidad. Junto a mi familia fuimos de vacaciones a Paraguay y yo estaba emocionado porque era la primera vez que salía del país. De regreso, el avión atravesó algunas turbulencias moderadas sobre Los Andes y yo miré hacia el asiento de atrás en busca de tranquilidad. Fue entonces cuando por primera vez vi a mi padre -un grandulón cuyo porte y contextura lo asemejaban a un temible oso grizzly- acurrucado en su asiento, presa del terror.

Fue la primera vez en que asimilé que si el hombre que me había protegido toda mi vida no era capaz de auxiliarme en esa situación, era porque los aviones eran cosa peligrosa.

A partir de entonces mi concepci√≥n sobre los aviones cambi√≥ radicalmente. En 2005 mi flamante trabajo como periodista me vali√≥ un viaje a Estados Unidos, durante cuyas 10 horas de extensi√≥n fui incapaz de pegar pesta√Īa. Pese a que el viaje no fue especialmente movido, cualquier ruido extra√Īo, sacudida o luz de alerta, elevaba mis nervios a su m√°xima tensi√≥n.

Para cuando llegué a San Francisco, me sentía totalmente destruido. Lo que más lamento es que mi amigo Oscar, por entonces animador de Electronic Arts (EA), me esperaba para darme un tour personal por las oficinas de la casa de videojuegos más poderosa del mundo. Sin embargo, cuando íbamos a medio camino le confesé que si seguíamos, iba a desmayarme en la calle. Tuve que volver al hotel a dormir, con una amarga sensación de frustración que no logro sacarme hasta hoy.

(¡Me perdí conocer Electronic Arts!, ¡Carajo!)

Dos a√Īos m√°s tarde se repiti√≥ la misma funci√≥n cuando Luis Rull me invit√≥ a participar del Evento Blog Espa√Īa (EBE). Fuera de lo maravilloso que fue conocer Sevilla, mi mayor recuerdo es mirar por la ventanilla del avi√≥n de Air France y agazaparme ante la inmensa, insondable e interminable inmensidad del oc√©ano Atl√°ntico sobre el que vol√°bamos de regreso. Tampoco logr√© dormir.

A partir de entonces comenc√© a evitar los viajes en avi√≥n a toda costa. Si ten√≠a que ir a Santiago por trabajo, me bancaba las 6 horas en bus. Cuando me invitaron a participar de un seminario en La Serena, ped√≠ vacaciones y nos fuimos con mi mujer en auto. Cuando me invitaron a exponer en Punta Arenas… vergonzosamente no respond√≠.

Pero llegó el día en que mi jefe me necesitó un día en particular en Santiago. Sólo dejó el pasaje sobre mi escritorio y describió mi itinerario, mientras yo miraba el papel con terror. No me atreví a confesarle que le temía a los aviones.

Así que ahí estaba yo. Agarrado como un gato a las barandas del segundo piso de Carriel Sur, mientras los guardias no sabían si llamar al psiquiátrico y mi mujer -que prácticamente había ido a dejarme en pijama- trataba de negociar mi liberación de mi autosecuestro.

- Escucha -dijo de pronto- Si yo voy contigo… ¬Ņviajar√°s?

Su voz resonó en el caos de mi mente y la contemplé durante algunos segundos, entre emocionado y confundido. No pude pronunciar palabra, pero asentí con la cabeza.

blzblz | FreeImages

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Práctica, mi mujer volvió corriendo al mesón y le explicó a la empleada la situación. Creo que se apiadó de nosotros, porque nos vendió un pasaje más barato y sentados uno al lado del otro. Sólo así, aferrado al brazo de mi mujer como un tablón salvavidas, logré llegar a Santiago.

Mientras Alejandra sal√≠a a comprarse ropa apropiada (hab√≠a salido pr√°cticamente en pijamas para las 6 am de Concepci√≥n y lleg√≥ al calor de Santiago), yo apur√© todas mis reuniones para regresar cuando antes, bajo la excusa de que me sent√≠a enfermo. Apenas com√≠ una sopa de cebolla en toda la ma√Īana.

Antes de regresar, pasamos a una farmacia a pedir alg√ļn calmante o lo que fuera que pudiera amainar mi tormento.

- La verdad no puedo venderle nada de eso sin receta -confes√≥ el famac√©utico- pero… ¬Ņpor qu√© no se toma un par de tragos?

Sí. El mismo consejo que me habían dado decenas de amigos, a mí, que soy uno de los pocos seres abstemios sobre la Tierra.

Le confes√© a Alejandra que no era capaz de pasar el mismo trance dos veces en un mismo d√≠a y que, aunque perdi√©ramos el dinero, quer√≠a que regres√°ramos en bus. Ella lo acept√≥, pero baj√≥ la cabeza como derrota personal. Sab√≠a que mediante su esfuerzo, esperaba que su compa√Ī√≠a fuera suficiente para animarme a tomar el avi√≥n de regreso.

Cuando est√°bamos en el terminal de Tur Bus ver su mirada de tristeza super√≥ a mi miedo. “Est√° bien”, le dije, “Tomemos el bus al aeropuerto antes de que me arrepienta”.

Pas√© 3 horas como le√≥n encerrado, yendo de un pasillo a otro, al ba√Īo, entrando y saliendo de tiendas, otra vez al ba√Īo, revisando men√ļs que no pensaba pedir, de vuelta al ba√Īo para ver si hab√≠a posibilidad de suicidarme en su interior, y volviendo a salir mientras pasaba el tiempo. La espera hab√≠a hecho que mi angustia saltara al m√°ximo y, cual ley de Murphy, cada proceso del embarque parec√≠a sufrir un retraso tras otro por razones desconocidas.

En una de esas coincidimos con Carlos, un amigo mío que solía viajar a Estados Unidos como quien toma la micro. Le pregunté cómo lo hacía para soportar el viaje.

- Bueno, pues antes de subir me tomo unos tragos y…

Cuando el avi√≥n por fin se aproximaba a la pista para se despegue, mi se√Īora not√≥ que yo estaba por entrar en una crisis de p√°nico y pedir a gritos que abrieran la puerta para dejarme bajar.

- Muy bien, calma -me dijo con comprensión infinita- Dime ahora el nombre de los gatos que están con tus padres.

Y as√≠, mientras el avi√≥n se elevaba, mi cerebro se esforzaba por encontrar los nombres… BigotesBetoCoch√©MadyPandita… (en ese tiempo eran 11 gatos y sonaban como los perros de Mario Hugo; ahora son “s√≥lo” 8). Mi mente estaba dividida en 3 partes: una, totalmente animal, clamaba por salir de ah√≠ a toda costa. Otra, consciente, apenas presente, intentaba recuperar de a poco el control de mi cuerpo. Una √ļltima, sobre mi cuerpo, observaba lo que acontec√≠a y se avergonzaba de m√≠ mismo… mira que estar aterrado recordando nombres de gatos.

Cuando aterrizamos en Carriel Sur aquella noche, mir√© a mi mujer y le agradec√≠ por todo lo que hab√≠a hecho, pero tambi√©n le dije que aquella era la √ļltima vez que sub√≠a a un avi√≥n en mi vida. No quer√≠a volver a pasar jam√°s por esa experiencia. Ella aprob√≥ resignada.

Pero eso no era justo. Yo ya conoc√≠a Estados Unidos, Brasil y Europa. Mi se√Īora, s√≥lo hab√≠a ido conmigo a Bariloche de vacaciones. Miraba suspirando revistas de viajes a Disney (su sue√Īo desde peque√Īa), a Nueva York, a Paris y a tantos otros destinos que el cr√©dito pone en las manos de casi cualquier mortal en estos d√≠as, pero que ya nunca conocer√≠a. No a mi lado al menos.

No era justo.

Busqu√© ayuda con un psic√≥logo reputado. El sujeto era bueno y me ayud√≥ a aclarar muchas cosas de mi vida, como que mi fobia al no ser de origen traum√°tico, probablemente era reflejo de otros temores o situaciones inconclusas en mi vida. Conversamos mucho, fue muy interesante… pero finalmente no logr√≥ animarme a tomar un avi√≥n.

La situaci√≥n no cambi√≥ en nada hasta que este verano, en medio de mis vacaciones, me junt√© a conversar con Jorge, un querido amigo, m√©dico familiar. Le cont√© sobre mis fobias y mis dolencias estomacales cr√≥nicas. “Lo que t√ļ necesitas no es otro gastroenter√≥logo: necesitas un psiquiatra”.

Un psiquiatra. Siempre hab√≠a rehuido la posibilidad. Para m√≠, la mente deb√≠a tener poder sobre ella misma. No quer√≠a depender de medicamentos. Pero a esas alturas… ya estaba dispuesto a probarlo todo.

Elegí un psiquiatra casi al azar (el que me quedaba más cerca de la oficina) y comencé la terapia con dosis bajas de Ravotril que luego se fueron incrementando, junto a otros fármacos. Para mi sorpresa, noté cambios de inmediato: se acabó mi bruxismo y terminaron los problemas estomacales. Nuevamente podía comer de todo (menos kiwi, que es mi kriptonita).

¬ŅEl diagn√≥stico? Trastorno de angustia, con una fobia que mi psiquiatra prometi√≥ que si no me curaba en 3 meses, √©l mismo me pedir√≠a buscar a otro profesional porque era algo relativamente f√°cil de resolver.

Durante semanas, me mand√≥ a pasearme al aeropuerto. Simplemente a pasearme por ah√≠. “Exposici√≥n al est√≠mulo aversivo“, le dec√≠a √©l. Sospechoso de querer poner una bomba, creo que deben haber comenzado a pensar los guardias. El psiquiatra comenz√≥ a presionarme para que pusiera a prueba el tratamiento.

Finalmente, este fin de semana se dio la excusa perfecta: mi amigo Andr√©s presentaba una nueva temporada de su obra “Smiley” que Alejandra se hab√≠a perdido por estar convaleciente el a√Īo pasado. Era ahora o nunca.

Bast√≥ que puls√°ramos el bot√≥n “Comprar” los pasajes para que me regresara sospechosamente la gripe de la que casi me hab√≠a recuperado. A√ļn peor, el viernes antes de viajar, me atac√≥ una tos que me hac√≠a parecer tuberculoso, terminando en arcadas. No pude ir a trabajar.

Mi mujer tuvo que llevarme a urgencias para ver si mi gripe se había complicado en algo más. El fallo del médico de turno: nada. Las radiografías, los exámenes, no mostraban nada en absoluto. Era todo psicológico.

Hasta el psiquiatra estaba asombrado. Me orden√≥ duplicar la dosis de calmantes y desapareci√≥ la tos. Me autoriz√≥ a triplicarla si al d√≠a siguiente a√ļn ten√≠a problemas para subir al avi√≥n.

Brian Hoskins | FreeImages

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Ese s√°bado, mi padre fue a dejarnos al aeropuerto y yo a√ļn me sent√≠a fatal. √Čl, tambi√©n m√©dico, a√ļn sospechaba que pudiera estar incubando algo respiratorio y el viaje me sentenciara. En √ļltima instancia, consciente de la misma dolencia que yo me confidenci√≥: “hijo, yo hace tiempo decid√≠ que no volver√© a subir a un avi√≥n y no he vuelto a hacerlo. Vivo tranquilo. ¬ŅPara qu√© lo haces? No est√° obligado”.

Alejandra se sent√≥ conmigo a decidirlo. A√ļn pod√≠amos cambiar los pasajes para un “futuro”, pagando una multa. “T√ļ debes decidir”, dijo ella.

Durante largos minutos me quedé mirando al horizonte, entre la tentación de dar todo por terminado y volver tranquilo a casa, o arriesgarme.

Me imagin√© d√°ndome por vencido, devolviendo los pasajes, regresando a casa a acostarme… frustrado. El avi√≥n hab√≠a ganado otra vez.

“No -le dije a mi mujer- vamos”.

No les diré que fue precisamente un viaje de placer, pero fue el más agradable que haya tenido en una década. Pudimos conversar, reírnos incluso, y yo aprovechar mi consola de videojuegos para distraer efectivamente mi atención. Prácticamente no me percaté cuando llegamos a Santiago (son apenas 45 minutos).

Cuando el avión se detuvo y pude respirar tranquilo, no sólo lo hice con alivio: lo hice con orgullo. Lo había logrado.

De regreso, el proceso también se nos facilitó. No podría decir que esté completamente curado, pero por fin sentí que había comenzando a dominar a la bestia en mi interior.

Así que si ustedes también buscan vencer su aerofobia, permítanme ofrecerles 3 tips:

1. Drogas: (de las legales). Es increíble lo que una generosa dosis de Ravotril puede hacer por ti en los momentos de tensión. Desde luego, siempre supervisado por un profesional médico.

2. Mario Kart: En cualquiera de sus formas. Llega un momento en que estás más preocupado de evadir un caparazón que de los bamboleos del avión.

Y 3… bueno, por fortuna o por desgracia, esta no puede adquirirse en farmacias o jugueter√≠as, y es alguien que te ame. Alguien capaz de quererte con tus miedos y tener la paciencia para ayudarte a superarlos y acompa√Īarte en el proceso. Pero sobre todo, alguien que sea un s√≠mbolo de cambio. Que te haga querer cambiar. Porque los mayores cambios en la vida y en la historia s√≥lo los provoca el amor.

El resto, depende de ustedes.

Christian F. Leal Reyes
Periodista – Director de BioBioChile

URL CORTA: http://rbb.cl/c9uv
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