
Ayer San Carlos fue una fiesta por la consagración del conjunto cruzado, que redondeó una enorme recta final de campeonato goleando a Everton y levantando merecidamente el trofeo del año.

Miguel Cajas
Y es que Católica desde el minuto inicial salió a liquidar las dudas de sus hinchas más recelosos y sacó ventajas de un once visitante que jamás hizo notar que se jugaba la opción de salvarse del descenso.
Lo hizo por las bandas con la proyección de Juan Eduardo Eluchans que fue uno que comenzó con dudas, pero que se transformó en pieza clave, y Lucas Pratto por la izquierda, que fue el gran beneficiado por el inmenso trabajo de Jorge Fleitas en los físico y en lo futbolístico.
Además de Rodrigo Valenzuela por la derecha junto a Fernando Meneses, quien desahogó los nervios de los hinchas universitarios con el potente remate desde fuera del área.
Ahí termina el partido como expresión de lucha, porque Everton no supo salir de su última línea ni mucho menos llegar al arco de Toselli, por lo que la UC maniobró a voluntad y desde las variantes que ofreció a lo largo de la temporada.
A falta de Mirosevic, estaba Botticelli y si no, aparecía el despliegue por las bandas. En el corte, Ormeño y Silva alternaban protagonismo y luego, Felipe Gutiérrez cubrió el puesto de Ormeño y encontró el camino del gol, al igual que Adán Vergara, quien respondió a las expectativas las dos ocasiones en las que fue requerido luego de ocho meses sin entrar a un terreno de juego.
Un justo campeón
También el gesto de Pizzi de hacer ingresar a Paulo Garcés por Toselli, de muy buena actuación en los tres cotejos que disputó sobre el cierre del certamen, con lo que el entrenador reconoció el aporte del portero y dejó atrás las diferencias surgidas tras la decisión de relegarlo a la banca.
El resto del encuentro fue fiesta pura y un momento de reconciliación entre la hinchada y Juan Antonio Pizzi, quien fuera muy discutido por la tribuna cruzada por su modo de plantear los partidos, aunque anoche en un arranque de honestidad brutal reconoció que hubiese reaccionado igual en algunas oportunidades, y de persistir con ciertos jugadores en el once titular, donde Rodolfo Arruabarrena fue el más claro ejemplo.
Pero el fútbol cortoplacista de hoy, que hace que muchos hinchas sólo recuerden los últimos tres partidos de su equipo y no esperen el desarrollo de los cuadros a lo largo de una temporada, obliga a pensar que se debe ganar y el paladar de la exigente tribuna cruzada le agrega jugar rozando la perfección, algo que recién se pudo conjugar en los últimos tres partidos del año.
Las urgencias de la temporada nos ponen a dos días de la Liguilla de Copa Libertadores, a horas de la revisión de Colo Colo con miras al 2011, a días de la apasionante definición del último cupo a la Promoción y a horas del final de 25 años sin ver a Unión La Calera en Primera División.
Pero es bueno mirar lo hecho por los cruzados, porque a final de cuentas, fue merecido el título de Universidad Católica, porque tuvo un sprint extraordinario, un notable rendimiento cuando el campeonato pedía precisión y porque sus figuras aparecieron en los momentos claves del torneo.
En resumen, y parafraseando a los Auténticos Decadentes, “Católica y su fútbol fueron joyas en el barro de la irregularidad”.
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