¿Dónde está hoy, en la jornada escolar de un estudiante chileno, el momento en que ese estudiante escribe algo con sus propias palabras, por sus propios medios, sin que nadie le haya diseñado de antemano el recipiente?

Hace algunos años, un profesor de historia les pidió a sus alumnos de segundo medio que abrieran el cuaderno para retomar los apuntes de la semana anterior. La mitad no lo había traído. Dos incluso no recordaban dónde lo habían dejado. Uno confesó, sin sentirse muy incómodo, que lo había perdido en octubre. Era mayo.

Este episodio podría leerse como una anécdota menor sobre el desorden que suele aquejar a los adolescentes, incluso hoy. Pero hay algo en ese cuaderno perdido que pienso y que vale la pena no dejar ir tan fácilmente. Ese objeto extraviado no era solo un cuaderno: era el registro visible de que un estudiante había estado presente en su propio proceso de aprendizaje. Y sin él, no quedaba evidencia de que eso hubiera ocurrido.

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Durante muchos años, el cuaderno ha sido la tecnología central dentro del aula escolar. No tecnología en el sentido más contemporáneo del término —pantallas, plataformas, aplicaciones, inteligencia artificial—, sino en el sentido más amplio y más preciso: un artefacto que organiza una práctica y que, al hacerlo, también da forma al sujeto que la ejerce.

El cuaderno no era solo el lugar donde se guardaban los contenidos. Era el espacio donde el estudiante dejaba una huella propia, con sus abreviaciones, sus dibujos al margen, sus errores sin borrar, sus borrones… era un registro de cómo había transitado por un determinado saber. Un espejo irregular, sí, pero revelador.

Lo que ha ocurrido en las últimas décadas no ha sido precisamente una sustitución planificada del cuaderno. Ha sido, en realidad, una erosión silenciosa. Las guías impresas, las presentaciones proyectadas, los formularios digitales con casillas que solo piden una X o un número…todo eso ido desplazando al cuaderno sin que nadie tomara una decisión explícita al respecto.

Y en ese desplazamiento, se perdió algo que no siempre se nombra: el momento en que el estudiante tenía que elegir cómo poner en sus propias palabras lo que acababa de escuchar. Y esto el Tablet puede darlo, pero sólo cuando se tiene. Y no todos lo tienen.

Porque escribir a mano, como se hacía con los cuadernos, no es simplemente transcribir. La investigación en psicología educativa lleva años documentando que la escritura manual activa procesos de pensamiento que el teclado difícilmente replica.

Quien escribe a mano no puede seguir el ritmo de quien habla; esa brecha forzada obliga a seleccionar, a jerarquizar, a reformular. En esa lentitud hay una trampa productiva. El estudiante que toma apuntes en un cuaderno no está registrando información, está procesándola. Está haciendo algo con lo que recibe, y ese hacer transforma la relación entre él y el contenido.

La dimensión identitaria de todo esto raramente se discute, pero es quizás la más importante. Un estudiante que pasa años rellenando guías preimpresas, respondiendo preguntas cerradas y copiando esquemas ya estructurados, pocas veces experimenta la sensación de haber producido algo propio en el espacio escolar.

Y eso tiene consecuencias sobre cómo se ve a sí mismo como aprendiz: si su tarea es completar lo que otros diseñaron, ¿en qué momento llega a sentirse alguien que construye, que interpreta, que elabora? La ausencia de ese momento no es trivial. Es parte de lo que determina si un estudiante seguirá aprendiendo cuando ya no haya nadie que le dé instrucciones.

El cuaderno tenía, además, una dimensión temporal que pocas herramientas replican. Permitía volver. Ver los apuntes de hace un mes, notar la propia evolución, encontrar el error que entonces no se advirtió. Esa posibilidad de revisarse en el tiempo —de constatar que algo ha cambiado o que algo sigue sin entenderse— es constitutiva de cualquier proceso de aprendizaje que no sea puramente mecánico. Los registros digitales lo permiten técnicamente, pero la verdad es que casi nunca se usan con esa intención. ¿Por qué será?

Todo esto no es un argumento nostálgico por el cuaderno de pastas duras y hojas cuadriculadas. El cuaderno puede ser también un objeto ritual vacío, un receptáculo de dictados sin sentido. No se trata de rescatar un objeto, sino de recuperar una pregunta: ¿dónde está hoy, en la jornada escolar de un estudiante chileno, el momento en que ese estudiante escribe algo con sus propias palabras, por sus propios medios, sin que nadie le haya diseñado de antemano el recipiente? Si esa pregunta no tiene respuesta clara, quizás el problema nunca fue el cuaderno.