Los atentados suicida del lunes en Moscú, presentados por un grupo islamista como un acto de venganza luego de las brutalidades atribuidas a las fuerzas especiales rusas en el Cáucaso, echa luz sobre los controvertidos métodos de los militares rusos.

El grupo islamista rebelde “Emirato del Cáucaso”, que reivindicó los atentados perpetrados el lunes en Moscú, explicó en un video que los ataques constituían una medida de represalia luego de una “operación especial” realizada en Ingusetia, una república del Cáucaso, el 11 de febrero.

Ese día, “habitantes chechenos e ingusetios fueron ejecutados” por las fuerzas rusas cerca del pueblo de Archty durante una operación realizada por “bandidos de las fuerzas especiales del FSB” (los servicios de inteligencia rusos, ex KGB), acusó su líder Doku Umarov evocando una “carnicería”.

Cuatro recolectores de ajo, atrapados en fuego cruzado, murieron “accidentalmente”, reconoció entonces el presidente de Ingusetia Iunus-Bek Evkurov.

Los cuerpos de las cuatro víctimas fueron encontrados luego acribillados de balas y cuchillazos, según la organización de defensa de los derechos humanos Memorial, que realizó una investigación sobre el caso.

La operación fue descrita por el periódico pro gubernamental Moskovsky Komsolomets como “uno de los peores fracasos de las fuerzas federales en el norte del Cáucaso estos últimos tiempos”.

Los dirigentes rusos, el presidente Dimitri Medvedev y el primer ministro Vladimir Putin, no se expresaron en público sobre la operación del 11 de febrero.

Sin embargo, el jefe de Estado dio su respaldo a los militares rusos este jueves y acusó a la prensa de montar a la opinión pública en su contra, en detrimento de la seguridad del país.

“Nuestra prensa no debe dividir a la sociedad sobre el tema de la lucha contra el terrorismo. Sino seremos más débiles y nuestra nación que comienza a renacer va a transformarse en un hervidero”, dijo en ocasión de un viaje a Daguestán, escenario ayer de un atentado suicida.

“No podemos oponer la lucha contra los bandidos y la vida de la gente”, concluyó.

Por su lado, Putin, considerado como el hombre fuerte del país, dejó entender esta semana que no habría cambios en la estrategia de lucha contra los rebeldes, estimando que estos debían ser “destruidos”.

Por su parte, los defensores de los derechos humanos denuncian regularmente la arbitrariedad y la brutalidad de las fuerzas especiales rusas, acusándolas de actuar tanto contra los civiles como contra los rebeldes.

La autoridades insisten en cambio sobre el hecho de que las fuerzas federales dan suficiente tiempo a los civiles para evacuar de antemano las zonas en donde operan.

Pero Oleg Orlov, director de Memorial, subraya que la situación de seguridad en el norte del Cáucaso está quedando fuera de control desde que el movimiento separatista checheno mutó hacia una rebelión de inspiración islamista radical.

“Dos máquinas inhumanas están operando, de cada lado”, dijo a la AFP.

“La gente común pierde a menudo la vida durante operaciones especiales”, agrega Magomed Mutsolgov, que dirige una organización no gubernamental ingusetia de defensa de los derechos humanos, Macher. “La gente lo ve bien”, destaca.