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Lunes 05 febrero de 2018 | Publicado a las 18:48 · Actualizado a las 19:15

Vivir "fuera del sistema" en Chile: la familia que hoy se hace hasta su propio desodorante

Familia Holuigue González | Fotografía de Revista Paula
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¿Tiempo o dinero?: una pregunta moderna que comienza a formularse con mayor frecuencia en Chile, un país donde la mayoría vive inserta en un sistema laboral que define a ambos conceptos como términos excluyentes.

Para la opinión pública, el éxito sigue siendo la consagración profesional y la acumulación de bienes, aspectos difíciles de satisfacer sin el sacrificio de tiempo, en desmedro de la familia o de la realización de actividades desvinculadas del trabajo.

El caso de los Holuigue González

“Salía a las 8 de la mañana a vender a Santiago y volvía a las 12 de la noche. Pasaba por un hipermercado a comprar unos juguetes a mis hijos, a los que solo veía por fotos (…) los niños comenzaron a preguntar cada vez que me veían ‘¿Qué me trajiste?‘. Sentí que había cambiado tiempo por plata”, relata Jessica González, de 39 años, a Revista Paula, donde contaron su transformación en una crónica titulada “Elegir vivir con menos”.

Junto a su pareja Álvaro Holuigue, de 44 años, y los tres hijos de ambos, de 10, 14 y 16, se “salieron del sistema” y comenzaron una vida enfocada a la autosustentabilidad, donde el consumo se reduce al mínimo, priorizando tiempo y calidad de vida.

Álvaro estudió veterinaria y desde joven adquirió experiencia en el campo. En 1999 conoció a Jessica, al año se casaron y se construyeron una casa a 8 kms al interior de Cartagena, donde se convirtieron en empresarios, con muchos empleados y 8 mil gallinas a su disposición.

Por años tuvieron un alto nivel de gastos, hasta 2007 cuando una crisis económica obligó a Álvaro a trabajar como contratista y a viajar constantemente por todo Chile, viendo poco y nada a su familia. Priorizó en ese momento el reunir dinero para que su familia mantuviera el estándar: “Una vez fuimos al supermercado y nos salió una cuenta de 180 mil pesos, y ¿qué llevábamos?, nada que realmente necesitáramos”.

Jessica también buscó trabajos mientras iba profundizándose una crisis familiar “por mantener un estilo de vida que nadie nos estaba pidiendo tener”. Vivieron en Llolleo, luego en Santiago. En 2013 la mujer tomó a sus hijos y se fue a vivir a Isla de Pascua durante un año. Allá comenzó a cambiar su mirada, cuando se desenvolvía como costurera, recogía muebles de la basura y sus niños podían ir a la playa después del colegio.

Álvaro, según cuentan, vivió un proceso más largo y no entendió los cambios de su familia cuando esta regresó al continente. Finalmente la pareja terminó separándose, pero siguió apoyándose en decisiones importantes, como la de no retomar una educación clásica para sus hijos.

Así surgió la opción de un colegio alternativo en Cartagena, donde retornaron, esta vez a una casa del año 1948, de 95 metros cuadrados. “Todo el mundo nos decía: ‘¡Cartagena!, ¿estás segura que quieres vivir ahí?"”, cuenta Jessica, respecto del círculo social que mantenía en aquel entonces.

Poco a poco, Álvaro comenzó a ir a la casa a hacer arreglos y a convencerse de la visión de mundo que se había construido su señora. “Jessica me hizo ver de otra manera la vida. No todo era trabajar para tener. Me di cuenta de que estaba perdiéndolo todo: mi familia, mi mujer, mi gusto por vivir”, dijo a la señalada publicación.

Pasaron otros tres meses y la pareja volvió a unirse. Álvaro dejó de ser contratista y decidió dedicarse a lo que le gustaba, la jardinería, estudiar permacultura y dar clases clases de biología en el colegio de la comuna.

Autosustentabilidad, familia y trueque

Hace más de tres años, la familia Holuigue González vive una nueva vida en Cartagena. Cultiva la mayoría de lo que consume, captura agua de la lluvia, hacen su pan, tallarines, incluso su propio desodorante, shampoo o pasta de dientes.

Para obtener miel, huevos, legumbres o avena, realizan trueque con otros productores locales y sólo van al supermercado para artículos como aceite, papel higiénico, servilletas o algún tipo de carne, que consumen con poca frecuencia.

Con 300 mil pesos mensuales les alcanza para hacer arreglos en la casa y comprar ropa en la feria. Andan en bicicleta, no tienen Isapre ni AFP, ocupan hierbas medicinales para no ir al médico y no ven televisión. “Queremos decirle a la gente que no es necesario irse a vivir al Cajón del Maipo para cambiar la forma de vida”, es lo que tratan de enseñar en los talleres que hacen en su propia cocina, en el colegio o en la municipalidad.

Hoy su hija mayor se educa en casa a través de un colegio virtual. “Un día me dijo: ‘¿Por qué tengo que ir a un lugar que no me gusta”, recuerda Jessica, “y no tuve cara para obligarla, era yo misma hablándole al mundo”.

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