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Úselo y bótelo: la cultura del desecho que nos afectará tarde o temprano

Archivo | Hapal (CC) | Flickr
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Qué en una década habrá más adultos mayores en Chile que niños es una realidad que si bien se aproxima, hace rato nos muestra algunas sinopsis. En el 2022 por cada centenar de niños habrá 103 personas mayores de 60 años, según estimaciones del Senama.

Hace poco se conmemoró el día del buen trato hacia este sector de la población, pero más allá de la foto para redes sociales acorde a la efémeride, ¿qué estamos haciendo por nuestros ancianos?

Es un hecho que la mayoría de ellos viven de allegados en la casa de hijos cuando quedan viudos, otro porcentaje es autovalente y puede arreglárselas sólo, pero existe un grupo que queda en el completo abandono en hogares de larga estadía.

De estas instituciones existen dos tipos: aquellos privados cuyo costo mensual por la mantención de un abuelo va desde los 400 mil pesos, hasta aquellos financiados por la iglesia u otras instituciones de beneficencia con aportes del gobierno.

Y es que los gastos se encarecen por las enfermedades y la pérdida de autonomía. De muestra un botón: El Hogar de ancianos Don Orione de Los Ángeles tiene 104 adultos mayores y de ellos el 64% está postrado, es decir, se requieren al menos dos personas -por ejemplo- para cambiarle paños.

Basta acercarse a un recinto de estas características para percibir que en los pasillos brillan por su ausencia los familiares y la principal compañía de sus residentes son las enfermeras o paramédicos.

Porque ya no sirven, dejaron de producir, no nos prestan utilidad. “Úselo y Bótelo” pareciera ser el eslogan de la película -terror o drama por lo bajo- que es probable también nos toque vivir.

Usted puede decir que no es su caso porque se preocupa de sus padres o que no lo será porque sus hijos se ocuparán de usted, pero déjeme decirle que si es la realidad -triste- de muchos compatriotas.

El año pasado se hizo famoso en Los Ángeles el caso de un fotógrafo de 75 años cuya esposa estaba en un deplorable estado de salud que la mantenía hospitalizada en Nacimiento a la espera de un cupo en un hogar de ancianos -si, hay listas de espera-. Don Carlos Fernández viajaba a diario a verla. Le consulté por sus hijos y me contó que viven lejos y “tienen sus propios problemas”.

Justificó el -y de seguro lo haremos nosotros- porque nadie quiere pasar sus últimos días enemistado con su descendencia independiente de como esta sea.

Divagábamos hace algunos días con unos contertulios sobre como revertir este fenómeno y se nos ocurrió que podría ser a través de un sistema de apadrinamiento que idealmente esté normado y que se promueva desde el sistema escolar. Pero harto le delegamos ya a la educación, cuando el ejemplo parte por casa.

No tengo yo la receta, pero quizás siga el ejemplo de una pareja de amigos que desde ya ahorran para “no dar tema” cuando lleguen a la vejez. Tener un ocaso digno y evitar “ser un cacho” para la sociedad que hoy vive bajo la “cultura del desecho”.

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