Artes y Cultura
Los m√°s reconocidos poemas de Gonzalo Rojas
Publicado por: Max Duhalde
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Como parte de la conmemoraci√≥n de los 100 a√Īos del natalicio del poeta Gonzalo Rojas, hemos querido recordar sus destacadas creaciones, que van desde lo er√≥tico a lo social, de lo pol√≠tico al amor.

El también académico, supo ocupar su poesía como arma de protesta contra la vergonzosa dictadura que oscureció a nuestro país. Como también supo incrementar pasiones y enamorar a través de sus versos y prosas.

EL FORNICIO

Te besara en la punta de las pesta√Īas y en los pezones, te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tocara esos pies
para otro vuelo m√°s aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera espa√Īola
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la di√°spora del G√©nesis, ¬Ņqu√© m√°s
te dijera por dentro?
¬Ņgriega,
mi egipcia, romana
por el m√°rmol?
¬Ņfenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?

Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las √ļltimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo eb√ļrneo
de otra pureza, oyera cantar a las esferas
estallantes como Pit√°goras, te
lamiera,
te olfateara como el león
a su leona,
parara el sol,
fálicamente mía,
¬°te amara!

LA LOBA

Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa
figura de muchacha, con tu pelo
torrencial, y el sonido
de tu risa unos meses me hizo llorar las √°speras espinas
de la tristeza. El mundo
se me empez√≥ a morir como un ni√Īo en la noche,
y yo mismo era un ni√Īo con mis a√Īos a cuestas por las calles, un √°ngel
ciego, terrestre, oscuro,
con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia
sac√°ndome los ojos por haberte mirado.

Y t√ļ volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,
segura, perfumada,
porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría
salía por tu boca como vertiente pura
de marfil, y bailabas
con tus pasos felices de loba, y en el vértigo
del día, otra muchacha
que salía de ti, como otra maravilla
de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste,
porque estábamos lejos, y decías
que me amabas.

Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan
en un vuelo sin fin las tempestades,
pues nadie sabe nada de nada, y es confuso
todo lo que elegimos hasta que nos quedamos
solos, definitivos, completamente solos.

Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el giro
del baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella.
Quiero seguirte viendo muchos a√Īos, venir
impalpable, profunda,
girante, así, perfecta, con tu negro vestido
y tu pa√Īuelo verde, y esa cintura, amor,
y esa cintura.

Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire
o en luz, pero te digo que subirás con éste y no con otro:
con éste que ahora te habla de vivir para siempre
t√ļ subir√°s al sol, t√ļ volver√°s
con él y no con otro, una tarde de junio,
cada trescientos a√Īos, a la orilla del mar,
eterna, eternamente con él y no con otro.

SEBASTI√ĀN ACEVEDO

Sólo veo al inmolado de Concepción que hizo humo
de su carne y ardió por Chile entero en las gradas
de la catedral frente a la tropa sin
pesta√Īear, sin llorar, encendido y
estallado por un gris√ļ que no es de este Mundo: s√≥lo
veo al inmolado.

Sólo veo ahí llamear a Acevedo
por nosotros con decisión de varón, estricto
y justiciero, pino y
adobe, alumbrando el vuelo
de los desaparecidos a todo lo
aullante de la costa: sólo veo al inmolado.

Sólo veo la bandera alba de su camisa
arder hasta enrojecer las cuatro puntas
de la plaza, sólo a los tilos por
su √°nima veo llorar un
nitrógeno áspero pidiendo a gritos al
cielo el rehallazgo de un toqui
que nos saque de esto: sólo veo al inmolado.

Sólo al Bío-Bío hondo, padre de las aguas, veo velar
al muerto: curandero
de nuestras heridas desde Arauco
a hoy, casi inmóvil en
su letargo ronco y
sagrado como el rehue, acarrear
las mutilaciones del remolino
de arena y sangre con cad√°veres al
fondo, vaticinar
la resurrección: sólo veo al inmolado.

Sólo la mancha veo del amor que
nadie nunca podr√° arrancar del cemento, l√°venla o
no con aguarr√°s o sosa
cáustica, escobíllenla
con puntas de acero, líjenla
con u√Īas y balas, desp√≠ntenla, desmi√©ntanla
por todas las pantallas de
la mentira de norte a sur: sólo veo al inmolado.

EL PRINCIPIO Y EL FIN

Cuando abro en los objetos la puerta de mí mismo:
¬Ņqui√©n me roba la sangre, lo m√≠o, lo real?
¬ŅQui√©n me arroja al vac√≠o
cuando respiro? ¬ŅQui√©n
es mi verdugo adentro de mí mismo?

Oh Tiempo. Rostro m√ļltiple.
Rostro multiplicado por ti mismo.
Sal desde los or√≠genes de la m√ļsica. Sal
desde mi llanto. Arr√°ncate la m√°scara riente.
Espérame a besarte, convulsiva belleza.
Espérame en la puerta del mar. Espérame
en el objeto que amo eternamente.

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