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Por qué nunca he vuelto a subir a un taxi en Santiago

Michell Zappa | Flickr (CC)
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No necesité ver el último programa de “En su propia trampa” para saber que se debe ser en extremo cuidadoso con los taxistas santiaguinos y sus triquiñuelas. Es más: desde hace exactamente 10 años, no he vuelto a tomar un taxi en Santiago sin ser acompañado.

Y no lo hago porque llegué al convencimiento de que si vuelvo a hacerlo, seré asesinado.

Permítanme contarles.

Mis malas experiencias con los taxis capitalinos comenzaron cuando tenía no más de 19 años. Había viajado junto a mi hermano menor a ver a Phil Collins y nos quedamos en casa de unos parientes. Por alguna razón, había sido un día muy cansador, el concierto terminó tarde y, como había sido en San Carlos de Apoquindo (pos oye), a mis familiares no les dieron ganas de irnos a buscar por lo que tuvimos que regresar en taxi.

De aquel viaje, sólo recuerdo que mi hermano se quedó automáticamente dormido dentro del vehículo y que yo apenas conseguía mantener los ojos abiertos. Pese a que las indicaciones eran claras, me percataba de cómo el taxista se aprovechaba de nuestro estado y desconocimiento de la ciudad para darnos vueltas innecesarias. Al final, la carrera costó tres o cuatro veces más de lo que debía.

“¿Pero cómo les cobró tanto?”, se indignaba mi tío al día siguiente. “Hey, porque usted no nos quiso ir a buscar”, le habría respondido… de tener el valor suficiente.
Advertido ya de aquellas artimañas, una noche, pocos años después, tomé un taxi para regresar desde un pub a la casa un amigo donde me estaba alojando. Para mala suerte del taxista, la calle por la que debíamos transitar la conocía desde mi infancia, cuando viví en Santiago, y noté de inmediato que el tipo se pasaba de largo de la curva donde debía haber doblado.

“¡Oiga! ¿Por qué no dobló?”, alegué. “Es que hay que llegar a la Alameda para poder entrar allá”, mintió. Decidido a que no me repitieran el show, aproveché un semáforo en rojo y me bajé sin pagar. “Por weón”, le dije dando un portazo y alejándome mientras el sujeto me maldecía a gritos.

Tuve que caminar varias cuadras de vuelta, pero al menos esta vez gané.

La tercera vez que tomé un taxi en Santiago fue junto a un amigo para llegar a la casa de su hermano a dormir. Fue uno de los viajes más tensos que haya tenido. El conductor continuamente trataba de tomar vías incorrectas para alargar el viaje, siendo detenido por mi amigo que -santiaguino y militar- no estaba para estafas. “Es que esta calle está cerrada”, nos decía el taxista. “No, no está cerrada. Vaya por ahí”, le ordenaba mi amigo. Y en efecto, la calle estaba abierta. Una y otra vez. De haber viajado solo, habría dado una vuelta entera por la circunvalación de Américo Vespucio.

Pero la última vez que tomé un taxi en Santiago, no tendría ni fortuna ni protección.

Fue en 2005, el día que salí de Concepción para establecerme definitivamente en Santiago. Tenía 26 años, una gran maleta verde llena de sueños (y cosas), además de mi pequeño gato Bigotes, quien con no más de 2 meses de nacido me acompañaría en mi nueva vida.

En aquel tiempo aún era común tomar el tren, pero debía abordarlo en Chillán tras un breve viaje en bus. Ahora, en el bus no me dijeron nada, pero a los pocos kilómetros de recorrido en tren, el inspector vio al pequeño gato que dormía dentro de una caja de zapatos y me indicó que no podía llevarlo conmigo.

- Los animales deben ir en el coche de equipaje -sentenció.
- ¿Pero que no ve que tiene apenas 2 meses? -no puedo mandarlo solo ahí.
- Son las normas -insistió.
- Pues bien -dije desafiante- si el gato se tiene que ir en el coche de equipaje, entonces me tendrán que llevar a mí también en el coche de equipaje.

Acto seguido, nos lanzaron a los dos al coche de equipaje.

Fue uno de los viajes más desagradables de mi vida. Más de 6 horas sentado en el suelo de un coche frío e inhóspito, con el pobre Bigotes maullando por el ruido exacerbado del tren en aquel carro lleno de paquetes y maletas.

Como si aquello no fuera suficiente, en un momento el tren se detuvo. Pasamos muchos minutos detenidos, sin que yo supiera qué pasaba hasta que otro operario cruzó el carro.

- Atropellamos una vaca -anunció escuetamente.

Nunca entendí por qué una máquina de casi 200 toneladas debía detenerse tanto tiempo tras estrellarse contra una vaca que cuando mucho habrá pesado 600 kilos (era obvio quién había salido perdiendo). Como dudaba que la PDI estuviera llevando adelante un procedimiento investigativo por la muerte de la vaca, la única explicación para la demora era que los funcionarios estuvieran dando cuenta de sus restos en una parrillada. El caso es que por aquella gracia, llegamos una hora más tarde de lo esperado a Santiago -a las 23:45- justo para cuando el Metro ya había cerrado.

Caminaba con mi maleta en una mano y mi gato en la otra pensando en salir a tomar una micro, cuando un grupo de taxistas se abalanzó encima del grupo de pasajeros y comenzaron a vociferar sus ofertas para llevarnos. Sí, ya había tenido mi dosis de taxistas en el pasado, pero el peso de la maleta y la idea de que en realidad se trataba de un viaje casi en línea recta por la Alameda hasta mi recién arrendado departamento me hizo reconsiderar. Finalmente, acepté ir con un taxista relativamente joven que parecía simpático. Me ayudó a cargar la maleta y nos fuimos conversando hasta la entrada de mi edificio. La vida capitalina empezaba a sonreírme.

Entonces llegó el momento de pagarle al taxista.

- Son 4.000 pesos -dijo aún alegre por la charla.

Hurgué en mi bolsillo y le entregué el único billete que portaba, uno de 10 mil. Comencé a ordenar mis cosas mientras esperaba el vuelto, cuando el taxista se volvió hacia mí.

- Disculpa, me pagaste con 1.000 pesos.

Desconcertado, miré su mano y efectivamente tenía un billete de mil. ¿Cómo podía ser? Dudé incluso de mí volviendo a mirar la billetera, hasta que encontré la prueba irrefutable: el comprobante del cajero donde había retirado los últimos 10 mil pesos que quedaban en mi escuálida Cuenta RUT, y que le acababa de entregar.

- Se equivoca, le pasé 10 mil pesos.

- No, mira -dijo cambiando el tono a uno más hostil- sólo me diste mil.

Entonces tuve un flashback y recordé que tiempo atrás, alguien me había advertido de los infames “cambiazos”, cuando los taxistas, aprovechando el descuido y la oscuridad del vehículo, con habilidad de prestidigitadores cambiaban rápidamente el billete que les entregabas haciéndote creer que les habías pagado de menos.

- Soné -pensé- Esté sujeto jamás me va a entregar el vuelto.

Resignado, en silencio tomé mi maleta, mi gato y me bajé rumbo al edificio. Para mi sorpresa, rápidamente sentí un que se abría la puerta y que el taxista me sujetaba por el hombro.

- ¡Hey! ¡Me debes dinero! ¡Págame! -insistía ahora con cólera.

Quizá sería la suma del cansancio del viaje, el desagrado de pasarlo en un vagón de equipaje, el retraso por la vaca atropellada, o el estrés de la situación, pero el caso es que no mesuré que no me convenía pelear contra un orangután mucho más alto y fornido que yo.

Menos aún insultarlo.

Por alguna razón, en vez de un típico garabato chileno, se me vino a la mente una palabra rebuscada, qué no sé de qué rincón de mi mente habrá emergido.

- ¡Suéltame, engendro! -le grité.

Para mi desgracia, el rufián debe haberse leído el diccionario de la RAE o deducir que la palabra tenía un significado aún peor que la que posee, porque aquello sólo lo enfureció a un nivel extremo de violencia.

- ¡A quién le vienes a decir engrendro, conchetumadre! -exclamó en correcto chileno mientras me zamarreaba y yo sólo atinaba a proteger al gato.

No sé cómo habría terminado la escena de no ser porque los dos conserjes del edificio captaron la situación y vinieron en mi auxilio. Mientras ellos me cubrían, yo me logré escabullir con mis cosas y encerrarme en mi departamento.

Cerré la puerta y quedé en total oscuridad. El gato maullaba, asustado por el trance. Mi nueva vivienda se veía lóbrega. Estaba completamente vacía. Me dejé caer lentamente con la espalda contra la puerta, aún choqueado por la experiencia. Había pasado de estar junto a mi familia aquella mañana, a ser asaltado por un taxista en la noche.

“Bienvenido a Santiago”… pensé con amargura, mientras una lágrima, mezcla de miedo, rabia y humillación, rodaba mi mejilla. No pude evitar echarme a llorar.
Aquello sólo sería el vaticinio de lo mal que terminaría mi año de residencia en Santiago, y por qué de cifrar en aquella ciudad mis anhelos, pasé a detestarla con virulencia.

Desde entonces no volví a tomar otro taxi en la capital. Prefería caminar, aunque fueran largas distancias (una vez fui desde Universidad Católica hasta el Apumanque, emulando a David Carradine); tomar el Metro, que siempre ha sido la columna vertebral de mi movilización citadina mientras pueda caber cual pieza de Tetris entre la gente o, en última instancia, las infames micros del Transantiago.

Incluso una vez preferí cruzar caminando casi a las 2 de la madrugada por un escabroso sector de Estación Central por evitar tomar un taxi. El barrio no era tan brígido como mi recuerdo de aquellos guarenes con ruedas de techo amarillo.

Y disculpen mi proverbial chovinismo penquista, porque en Concepción los taxis cobrarán caro pero nunca me ha sucedido algo similar. Los choferes son amables -la mayoría de ellos de edad- transas de antemano la tarifa y te llevan sin problemas donde les pides. Incluso ya tengo mis caseros a la hora de necesitar transporte.

Lo lamento por los taxistas honrados que seguro debe haber en Santiago. O son muy pocos, o yo tengo un extraño magnetismo para dar con los matones. De ahí que, considerando la cada vez más surrealista evolución de mis viajes, haya determinado que mi siguiente periplo sin compañía sobre un taxi en la capital, terminará conmigo inerte en una acequia.

Por eso en taxi en Santiago, solo, no me subo ni amarrado. Quizá me encuentren en él así.

Christian F. Leal Reyes
Periodista
Director de BioBioChile

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