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Paseo por la lesera

Cristóbal Escobar | Agencia UNO
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La lesera ya no es noticia. Ni la de Michelle ni las de Catulo. Pero nada, como dice Alexis, la lesera igual llama al coloquio y a dejar de lado la petrificada manera de hablar de los personajes públicos.

Las leseras que Leonardo Sanhueza le atribuye a Catulo (Ediciones Tácitas, 2010), tienen esas propiedades de falta de pretensión y cercanía chocante que rompen la solemnidad del verbo y le dan un soplo enérgico y filudo a sus relatos. “Vivamos la vida, Lesbia, y amemos. No les demos boleto a los beatos que siempre andan hablando por hablar”.

En la gracia de la traducción, se abren escenas infinitas y podemos toparnos con una matrona romana cortando boletos para un circo de gladiadores desanimados que exhiben sus pudores y ni saludan antes de morir.

La lesera que convoca a la poesía para llamar a las cosas por su nombre vulgar es el gesto primero de los antipoetas de todos los tiempos y suele ser el último asomo de espíritu de los políticos antes del retiro.

La opción por la particularidad personal y el habla de la calle, es el punto prosaico en el que convergen las diosas caídas, los pragmáticos de la política y los reformadores de la poesía. La política del idioma, en las leseras de Catulo, Parra o Bachelet, se reconoce en la común apelación a una cercanía relajada de los lenguajes del público y de la elite.

“Está bien que el poeta riguroso sea casto/pero no tienen por qué serlo sus versos, que a fin de cuentas ganan sabor y gracia si son sensualitos y poco sobrios…”. El leseo se ríe a carcajadas, zapateando en la plaza con una sensualidad pequeñita, masculina, como la del bailador de cueca urbana, apretado de piernas y cachetes, malicioso y sediento, tratando de arrinconar a su robusta pareja cumbianchera.

La lesera del día, da lugar a la reacción emocional sin ceder a la tentación de velocidad y familiaridad del garabato. Mantiene una cierta compostura pero abandona el rincón protegido y razonable del habla institucional.

Hay circunstancias en que restos idiomáticos arcaicos y blandos tienen la violencia de una exasperación en el improperio. ¡No pregunte leseras! resulta más duro, que el usual y espontaneo ‘no sea huevón’. Es duro pero generoso. El emisor queda expuesto a la extrañeza del público y ya no puede huir de su palabra como lo hace en el uso habitual del garabato.

La ganancia femenina en el lenguaje de la política es como un traje tres cuartos; anticuado, recatado y desafiante. El vestido y el habla ajustan las expectativas, las calma, tranquilizan al público masculino y femenino que espera una neutralidad sexual que compense el misterio inquietante de una mujer activa.

Con la lesera, el cuerpo empaquetado, recupera fortaleza anímica y sale del lenguaje de comunicado oficial en el que las autoridades se refugian y se desdibujan. Tan incómoda como en sus vestidos, la presidenta vive en su poesía; ya es algo en que creer.

Catulo le aconsejaría; “déjate de estupideces /y da por perdido lo que ves que se perdió”. La tontera se convierte en mal de ojo cuando no se sabe terminar con elegancia lo que con rudeza se empezó.

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