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Fernando Balcells: Asesinato o suicidio, Argentina mató a Nisman

Alejandro Pagni | AFP
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En el país de los ‘relatos salvajes’ la muerte y la ficción caminan de la mano. A los argentinos no se les ocurriría descansar en el descubrimiento de una verdad desnuda. Ellos saben que cuando los hechos están establecidos, recién ahí comienza el misterio. También saben que el relato se devuelve sobre los hechos, los transfigura, los oculta y muchas veces los pierde durante diez años o en una eternidad.

La pregunta por el culpable puede ser respondida con el nombre del que apretó el gatillo, Isabel, Pedro o Alberto, pero entonces se desplegarán las interrogantes sobre el que escribió el guion, el que estableció esa cronología precisa, el que montó el escenario y el que creó las condiciones de esta fatalidad. Los investigadores van a encontrar múltiples hebras a seguir, buscando darle un sentido a esta muerte que no tiene sentido. El trenzado de todas las pistas y los vínculos que hacen sentido nos lleva al tejido denso, apretado y oscuro de la historia Argentina.

Lo que importa es saber porqué y como Argentina mató a su héroe.

En uno de los episodios de la película que postula al Oscar, la agudeza del policía investigador es solo igualable a la velocidad con que se negocian los sobornos. En la misma historia de la AMIA que investigaba Nisman los relatos inverosímiles se enredan unos en otros que se comprueban, contraponiendo ficciones sobre verdades de espionaje y guerra terrorista mundial. Todo de una manera tan elaborada que Rashomon -el clásico japonés de la multiplicidad de los puntos de vista- parece un juego de niños.

Mientras escribo estas líneas continúan apareciendo hipótesis y novelas completas que buscan endulzar esta muerte. Desde luego, la figura del Cid Campeador, ganando una batalla después de muerto, ha revoloteado en muchas historias. Otros, afirman que El Cid ganó su batalla haciéndose el vivo, mientras Nisman lo habría hecho haciéndose el muerto. Tal vez, dicen otros, el fiscal llegó a la convicción de que esta batalla solo se podía ganar desde la muerte.

Puede ser que él haya hecho un balance de su vida y decidido que este sacrificio sería su legado. Cuesta aceptarlo, pero el sentido bíblico y operático de los argentinos es insoslayable.

De pronto, la sospechosa aparece exigiendo justicia y compartiendo la hipótesis del asesinato. Otra autoridad de gobierno revelaba que el fiscal habría sido víctima de su credulidad ante una maniobra de contra inteligencia. Seguramente la muerte fue el error de un cálculo impreciso. Pero una historia sostenida en diez años de investigación ya no es una mentira, ni una puesta en escena, ni una ópera magna; es la invención de un mundo completo. Documentos, testimonios, grabaciones, personajes principales y extras en abundancia hacen de este drama un monumento literario del que ni Borges estaría a la altura. Para acercarse a esta muerte se necesita el teatro griego.

La muerte de Nisman, asesinato o suicidio, es una tragedia inconmensurable a la que se suma una tragedia mayor; la falta de sentido público de la política argentina. Entiendo que la noción es vaga. Me refiero al teatro de Sófocles o de Esquilo, a la ironía trágica en que la responsabilidad de los actores no está limitada por su conciencia. Edipo es culpable de su ignorancia, de su falta de curiosidad, de su error involuntario, de su omisión y de su humanidad. Sus actos son pecados asubjetivos pero insalvables. Los protagonistas son arrastrados por las consecuencias de sus actos sin exculpaciones posibles.

La muerte de Nisman es de esos dramas políticos que destierra a los involucrados hasta que el fuego expía la maldición que los dioses han dejado caer sobre la comunidad. Corresponde a la mirada espantada de los argentinos no detenerse en el próximo cuento y borrar las costumbres institucionales que facilitan los encubrimientos y los enigmas interminables.

Más allá del humor negro y del amor a la literatura, la sociedad debe tener la capacidad de distinguir, en su cotidianeidad y en sus instituciones, los relatos que resultan invivibles.

Fernando Balcells
Sociólogo, escritor y director de la Fundación Chile Ciudadano.

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