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Roberto Ampuero: un Código da Vinci a la chilena

Detalle de la portada, Sudamericana (c)
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Con su última novela, Bahía de los Misterios, Ampuero vuelve a ponernos en las andanzas del investigador privado Cayetano Brulé. Una novela entretenida, que se lee fácil a pesar de lo tortuoso y recargado de su escritura… y de algunos errores imperdonables en un escritor de su trayectoria, menos en un Ministro de Cultura.

La novela empieza a lo “Gabriel García Márquez”, pero deriva rápidamente a una versión Latinoamericana o más bien chilena, del famoso El Código Da Vinci de Dan Brown. Sólo que Ampuero no maneja ni el ritmo ni el suspenso del Brown, y tampoco tiene su pluma, rápida, limpia y liviana.

Ampuero se enreda en sus propios fantasmas, en esa necesidad –por momentos agotadora- de empatar las antípodas de la Guerra Fría, a comunistas con neonazis, a anarquistas con fundamentalistas religiosos…. Todo eso avanzando en una trama que tiene como víctima a un académico norteamericano con ancestros indígenas que es pro-americanista, con una viuda a punto de morir de una enfermedad terminal, con unos viajeros –que nada aportan- vinculados a la industria porno, para derivar a una lucha académica y de fanatismos histórico-religiosos (parecido a lo planeado por Brown con el Opus Dei en su novela, sólo que falta el albino), donde el Código Da Vinci europeo es reemplazado por el Código Tortuga Maya….

La novela, recargada de citas a lugares, escritores, canciones y cantantes, a bares y personajes populares (el lustrabotas, el dueño del bar, etc…), en un intento casi desesperado pero –a mi entender- fallido por establecer raíces, por arraigarse (algo tan propio de un exiliado, y posiblemente aún más en un exiliado renegado), tiene muchos errores.

El error más grueso (¿dónde estuvo el corrector, el editor, la editorial?) es el siguiente:

“En 1989, varios oficiales cubanos habían sido fusilados y encarcelados por sus vínculos con el narcotráfico de Angola, Centroamérica y El Caribe.” (pp102). Pero concedamos que él vivió en Cuba, y pudo conocer –no como nosotros- la perversión de los comunistas cubanos que llegan a encarcelar fusilados, cadáveres.

Algunos puntos a favor: algunas buenas citas, como “Buena es la confianza, mejor es el control” (de Lenin), o el reírse de sí mismo, en el siguiente diálogo:

“- ¿Ve a esos personajes?- preguntó Lenin en voz baja. Seguían a un mozo hacia una mesa reservada-. Ambos son de Valparaíso y eran revolucionarios en la época de Allende. Ahora uno es coleccionista de arte y posa de cineasta; el otro es embajador con aspiraciones literarias, cualquier día se apituta como ministro. Se olvidaron de su pasado rebelde, visten con la elegancia que les ve, se hospedan en hoteles cinco estrellas y disfrutan de contactos privilegiados en México.”

Es una novela que se puede disfrutar si se lee por encima, sin reparar en errores, en saltos y baches. En todo caso la novela de Ampuero tiene una gran virtud: después de leer más de 300 páginas, a uno –o al menos a mí- no le queda nada… Uno queda igual de liviano o de pesado que antes. Notable.

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