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La historia de un joven chileno deportado “sin justificación” desde México

marcopako (cc) | Flickr
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El pasado 1 de enero llegué como turista a la Ciudad de México, lugar donde fui acusado de una supuesta “falsificación de datos” e incumplimiento de los “requisitos de turista”, entre otros cargos, y que significaron una serie de vulneraciones a mis más básicos Derechos Humanos.

La historia es así. Arribé aproximadamente a las 13:50 hora México (vuelo LA 2626 de LAN Chile) y me dirigí a la fila de inmigración para extranjeros con mi equipaje de mano. Revisé por última vez mi pasaporte, constancia de inmigración y declaración de aduana; en cada documento especifiqué que viajaba como turista y que me quedaría una cantidad de días permitida por el Gobierno Mexicano.

Me recibió un hombre en el mostrador y me hizo unas preguntas de rigor, para luego pedirme que lo acompañase a una sala amplia, con sillas, donde dejan en espera a viajeros para revisar su equipaje y hacer consultas más a fondo. Luego de unos minutos de espera, llegó un guardia de seguridad y me hizo llenar un cuestionario donde se me hacían más preguntas como la dirección donde hospedaría, un teléfono de contacto, cantidad de días que estaría, actividades a realizar, etc. En el documento detallé lo antes mencionado: iba de turista, estaría con Andrea –mi novia- y su familia, alojaría con ellos y estaría en la ciudad de Puebla Capital.

Dentro de todo lo que se me exigió, me faltaba un dato: el número de contacto de la madre de Andrea, quien me esperaba para recibirme desde las 12:00 pm. hora México.

El número lo tenía en mi laptop y pregunté si podía encenderla unos minutos para sacar el dato y anotarlo, ya que era lo único que me faltaba. Sin embargo el guardia se negó y me dijo que le explicara eso al empleado de inmigración que pronto llegaría.

Tras ello, se llevó el cuestionario, me dijo que esperara y al llegar, minutos después, me aisló para comenzar un violento interrogatorio sobre el motivo de mi viaje, cómo conocí a Andrea, qué relación tenía con ella, si tenía planes de casarme, cuantos días me quedaría, porqué me quedaba tantos días si Puebla la conocía en dos y cuánto dinero en efectivo portaba. Respondí a todas las preguntas con exactitud, explicando cómo conocí a mi novia, que deseaba estar con ella y su familia, que teníamos planes de casarnos en un futuro cercano, que deseaba conocer la ciudad a cabalidad y que portaba cerca de 300 dólares en efectivo.

Con la misma agresividad y actitud, me informó que no cumplía con los “requisitos de turista” y que sería deportado el mismo día si era posible. Con eso entré en pánico y le pedí explicaciones, aunque sin lograr respuestas. Al observarme afectado siguió con más preguntas, siempre agresivo y no dándome tiempo de terminar lo que respondía. La pregunta relevante fue: “¿le gustaría trabajar?”, respondí repetidas veces que no podía trabajar, ya que era un turista, pero repitió la pregunta innumerables veces, hasta que, lleno de miedo, me forzó a responder “si la oportunidad surgía y estaba dentro de lo legal, me encantaría”.

Tras eso me regresaron a la sala grande, donde estuve cerca de 4 horas totalmente incomunicado. Desde ese lugar podía ver el salón de retiro de equipaje, donde vi pasar a cientos de personas. En ese transcurso, sólo detuvieron a 4 además de mi, todas pudieron salir sin problemas y no las tuvieron retenidas por más de 30 minutos. Luego trajeron mis dos maletas y las dejaron a mi lado mientras un guardia de seguridad me quitó el celular, revisó mi reproductor de música y me prohibió usar mi computador personal.

No fue hasta las 18:30 hora de México cuando un guardia de seguridad vino y me explicó que sería mi “custodio”, me llevó al segundo piso del lugar, donde se encontraba Inmigración. Allí una mujer, con un tono más agresivo aún y gritándome, me explicó que mi vuelo salía a las 7 de la mañana del día siguiente y que estaría detenido en el lugar. Pregunté una y otra vez cuáles eran las razones, si podía hacer algo para cambiar la situación, si podían informarle a la madre de Andrea y que necesitaba hablar con el Consulado Chileno. Todo negado.

Tiempo después me explicaron que las “razones” eran que no tenía suficiente dinero, que había declarado desde un comienzo que “quería trabajar” y que no entregué un número de contacto, igualmente me informaron que el vuelo ya estaba ingresado.

Repetí mis peticiones sobre la madre de Andrea y sobre cambiar la situación, a lo que comenzaron a burlarse y atacarme verbalmente. Les expliqué que la pregunta del trabajo fue capciosa, a lo cual otro empleado se acercó a mi de manera intimidante, diciéndome que yo lo había declarado, que nada era hecho de manera capciosa por cuanto “ya estaba jodido”.

Al borde del llanto y aceptando mi situación, pregunté cuáles eran realmente los requisitos, para no cometer el error nuevamente, argumentando que ellos, mejor que nadie, me lo podían explicar. Se miraron entre ellos, no me respondieron, y entre burlas me dijeron que preguntara cuando llegara a Chile.

Mi “custodio” me llevó, junto con mi equipaje, a una sala alejada de todo público, donde dos guardias cuidaban la entrada. La sala era amplia, casi vacía con excepción de unas sillas y colchonetas en el piso. Hicieron un inventario de mis pertenencias y me dijeron que debía esperar allí hasta el día siguiente, me alejaron de mi equipaje y cada vez que quería sacar un objeto, debía ser vigilado.

Pedí una llamada al Consulado, a Andrea, o su madre, pero me respondieron que estaba en México, que “me jodiera”, que eran sus reglas y que preguntarían “qué se podía hacer”. Ya desesperado, los funcionarios me amenazaron con golpearme o llevarme a un calabozo.

Más tarde y previendo las doce horas que debía estar en el lugar, pedí algo para abrigarme y comida, razón por la que me entregaron una manta que apenas cubría mis piernas y me dijeron que verían “qué hacer con la comida”. Después de un rato un guardia entró y me arrojó una bolsa con una hamburguesa, papas fritas y una bebida.

Unas horas después un guardia vino y fui escoltado a la sala de Inmigración, donde pude finalmente hacer mi llamada. Oportunamente, todas las personas involucradas en mi detención e interrogatorio habían terminado su turno unos minutos antes.

Realicé la llamada al Consulado de Chile en México, en el cual me atendieron con calma y me explicaron que, a pesar de ser totalmente injusto, no podía ser arreglado ni modificado en ese momento, ya que Inmigración ya había ingresado todos los datos y mi “deportación” era irreversible.

Pregunté por los nombres de todos los empleados, pero nadie me respondió, alegando que ya habían terminado sus turnos.

Me regresaron a la gran sala donde me tenían detenido y caí dormido por el stress y el cansancio, en las mismas condiciones deplorables, sin abrigo ni acceso a mi equipaje.

AICM

AICM

A las 06:50 hora de México (09:50 hora Chile) me llevaron, sin más explicación ni pausa, a mi vuelo de regreso. Llegué a Chile cerca de las 18:30.

Cabe agregar que en ningún momento agredí física ni verbalmente a ningún empleado del aeropuerto e hice mis preguntas en total respeto (y miedo) a la autoridad. Por razones obvias, no poseo ni una prueba de lo ocurrido, ya que no tenía nada con que documentar.

Al día siguiente supe que los empleados de LAN e Inmigración mintieron de manera sistemática y descarada a la madre de Andrea, Patricia Ruiz, quien esperó en el aeropuerto 20 horas por mí. A ella le dijeron, entre otras cosas, que mi vuelo se había desviado a Acapulco y que había falseado información respecto al dinero que traía. No le entregaron mayor información y la amenazaron con no preguntar más, ya que “los de Inmigración se podían enojar aún más”.

Trabajé todo un año para visitar México, un país supuestamente reconocido por su increíble veta turística y su buen trato con las personas. Sólo deseaba estar con Andrea, conocer a su familia y tomar unas vacaciones y por una simple decisión arbitraria y el abuso de poder, perdí todo eso en instantes.

Una semana después de la situación, por fin pude concretar una reunión con el Consulado de México en Chile. Andrea y yo investigamos durante toda la semana, con ayuda de amigos, familiares y abogados. Al consejero consular le presenté mi pasaporte, que no fue timbrado al entrar ni salir de México, lo cual, bajo ningún concepto, sigue el conducto regular. Por lo anterior, no puedo estar en calidad de deportado, ya que eso queda registrado en el pasaporte junto a variados documentos.

Los artículos 9 y 10 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos fueron completa y absolutamente ignorados. Fui privado de libertad de manera arbitraria, no fui realmente informado de por qué estuve detenido. No fui tratado de manera humana y respetuosa y no recibí mi llamada al Consulado hasta muchas horas después.

LAN Chile fue partícipe en las irregularidades al cambiar mi fecha de retorno para el día siguiente, no asegurarse que mi pasaporte estuviera en orden y no entregar información ni guía tanto a mí como a Patricia.

Todos y cada uno de los movimientos que realizaron los empleados del aeropuerto y de Inmigración fueron realizados lejos de la vista pública, siempre asegurándose que nadie pudiera verme y dejándome totalmente incomunicado.

El consejero se mostró comprensivo y concordó con la múltiples irregularidades del caso, en especial con el trato inhumano y el pasaporte sin timbrar. Me pidió autorización para enviar toda mi documentación a las entidades pertinentes en México y seguirá mi caso con atención. Estaré comunicándome con él durante la semana.

Mi objetivo final es volver a México, conocer el país y a la familia de mi novia y futura esposa y poder disfrutar de mis vacaciones junto a ella. Comprendo que se deban tomar medidas de seguridad y control para inmigrantes, pero el trato, el asilamiento, la incomunicación, el negar información básica, y tratar con agresividad y bajo condiciones deplorables, son una total injusticia.

Alfredo González, Chileno.

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