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A los europeos les sigue lloviendo sobre mojado

Archivo | Albertina Martinez/AgenciaUNO
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Por estos meandros en crisis sigue avanzando el euroescepticismo. El sueño de una Europa unida, fraternal, con una moneda única y firme, se aleja. Para muchos se convierte en pesadilla. Por si fuera poco, entre la aguda y dramática falta de trabajo, empobrecimiento y desigualdad, buena parte del continente permaneció la semana pasada inundada.

Las lluvias provocan caudalosas crecidas de los grandes ríos, el Danubio, el Elba, el Ebro entre otros. Mucho peor: a los duros golpes de la naturaleza (un nuevo indicio del cambio climático) se unían otros signos brutales: las fechorías de peligrosos grupos neonazis enseñoreados, sobremanera, en Francia, Grecia, Hungría o Inglaterra. Actúan iracundos contra los homosexuales, los casamientos gay, las minorías étnicas (gitanos, kurdos, etc.) y los inmigrantes.

Miremos a Francia. Lo que ahora está ocurriendo en la orgullosa nación que, en su día, (1789), parió el histórico grito “libertad, igualdad y fraternidad” y donde después se acunara el fascinante mayo del año 68, deja muy atrás la idea de un país laico, tolerante, abierto y lejano de gazmoñerías. Abre paso, en cambio, a la realidad de un país con honda raigambre conservadora, homófona, racista y, para decirlo a la manera nuestra, un país mojigato.

Desde la estadística, tanto en Francia como en toda Europa crece hoy el número de divorcios, superando a la cantidad de matrimonios. Y las parejas de hecho, hombre mujer, tienen tanto o mas importancia que las parejas casadas. Pero hay otra realidad también creciente y airosa: las parejas lesbianas y homosexuales. Por ese lado el Viejo Mundo cruje. Y ese crujido de intolerancia emerge desde un espectro donde se unen conservadores y extremistas, neonazis y alborotadores. Y lo que es peor, tras o dentro de los grupos radicales está agazapada la iglesia católica pero no toda sino la más ultra, la conservadora, la muy alejada de las mejores intenciones y del ejemplo de amplitud que proclama, a duras penas, contra viento y marea, el Papa Francisco en Roma.

¿Quiénes ponen la proa? Los católicos frenéticos y fanáticos en su condición de creyentes, sean del Opus Dei o de otros fuertes grupos integristas. Es una porción religiosa adinerada que, en estos temas y maromas, desde la llamada Francia profunda, (la rural, la parroquial) se encuentra ligada, por ejemplo, a la NOM, (National Organization for Marriage), una odiosa asociación norteamericana que combate el aborto y el matrimonio anudado bajo una opción sexual diferente.

Incluso en Paris ya se atisba la formación de una suerte de internacional contra las bodas de homos y lesbias. Por decir lo menos, es una homofobia rabiosa y tozuda donde se unen, entre cabezas rapadas y damas pías, católicos, ultras y musulmanes. El Vaticano, desde las sombras, alienta la batalla y un tal David Lejume, dirigiendo el grupo Opus Fidelis, aviva la cueca.

Malos tiempos se avecinan si estas marañas violentistas ultraconservadoras alteran aún mas las actuales debilidades europeas. No debemos olvidar el brutal y reciente asesinato a golpes en calles parisinas del universitario sindicalista y activista de 18 años de edad, Clément Méric. Terrible premonición: solo días antes el joven se había manifestado con una pancarta donde se leía “La homofobia mata”.

Otras víctimas permanentes y cotidianas, marginadas, pisoteadas o despreciadas, son los emigrantes llegados de cualquier manera a Europa en busca de un pan que echarse a la boca. Y también los emigrados de otro sesgo, digamos los más afortunados y educados.

En Italia, sin ir más lejos, aparece el caso de Cécile Kyenge, de 48 años, negra, de origen congoleño, doctora en Medicina y Cirugía por la Universidad Católica de Roma, oculista y ministra de integración en el nuevo gobierno de la Península. Simplemente solo por eso los partidarios de procesado político y magnate Silvio Berlusconi han puesto el grito en el cielo. Con ella se han cebado los racistas lombardos de la formación Liga Norte.

Un europarlamentario, Mario Borghesio fue la bocina mayor al decir que Cécile, como Secretaria de Estado, contaminaría el país con “tradiciones tribales”. Agregó otra imbecilidad: que ella estaría mejor de criada que de ministra. Hay más: otros tremebundos siguen tapándola con amenazas, llamándola zulú o mono congolés, gritándole “si no te vuelves a tu Africa te vamos a matar”. Leamos parte de la noble respuesta de Cécilie Kyenge: “los insultos no me afectan. No reniego de mis orígenes. No soy de color, soy negra. Mi presencia en el Ejecutivo de Enrico Letta es una oportunidad para demostrar a los incontables emigrantes que ellos también pueden salir adelante.”

La ministra nació en Katanga y su padre, de la etnia bakunda, tuvo cuatro esposas y 39 hijos. “Crecer en una familia polígama no significa que compartas esa visión de la vida”, dijo ella. Cuando años atrás llegó a Italia quedó sin papeles y sin dinero. Luchó, cuidó ancianos. Logró una formación académica y se casó. Siempre situada en las filas del activismo y comprometida con los miles de miles de emigrantes fue y es diputada en el Parlamento representando al Partido Democrático,

“Sea cual sea el elemento condicionante que reanima la brasa del racismo en el fondo de las conciencias, no es un fenómeno fácil de localizar” escribe George Henein. En cualquier caso esa lacra se desata ahora con la crujidera económica. Mientras tanto la Europa Comunitaria sigue atascada. Camina atenazada por políticas derechistas y vacilantes de su gobierno central en Bruselas. Bajo estas mismas señales van tastabillando otros tantos gobiernos conservadores (Inglaterra, España, Portugal, etc).

El maravilloso universo llamado Viejo Mundo ha capitulado ante los especuladores. Es un continente (de momento es el único en el mundo) que no crece. Es un territorio zarandeado por los altibajos del Banco Central Europeo en Franfort cuyo jefe mayor, Mario Draghi, proviene de las huestes escandalosas de esos economistas rapaces que, en el 2008, protagonizaron la sonada quiebra bancaria en el Lehman Brothers de USA.

La gente de a pie, atosigada, sufre con impotencia. La política como herramienta superior agacha la cabeza ante los mercados financieros y los agentes del fraude. Solamente se escucha la voz de los dirigentes mediocres pidiendo más ahorro, más sacrificios, que todos se aprieten el cinturón (menos los poderosos, claro) y en este bailongo de desigualdades, hay una troika de funcionarios que interviene en los países con deudas públicas. Son individuos ¡sin legitimidad democrática¡ Imponen, y siguen exigiendo más recortas. O sea que no cesa el arrebato de los escasos euros del bolsillo de los más desvalidos.

Pues bien, así las cosas, en este caldo de cultivo crecen los integrismos, los violentos, los ultras, los feroces que, dado el caso, sea con una cruz en la mano, un pañuelo en la cabeza u otros símbolos, están dispuestos a una guerra suicida.

Oscar “El Monstruo” Vega

Periodista, escritor, corresponsal, reportero, editor, director e incluso repartidor de periódicos.

Se inició en El Sur y La Discusión, para continuar en La Nación, Fortin Mapocho, La Época, Ercilla y Cauce.

Actualmente reside en Portugal.

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