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El gato que llegó en Navidad

Heather (CC)
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Ocurrió en vísperas de Navidad. En aquella época, venía saliendo de un periodo de depresión y me había hecho el hábito de pasear los fines de semana, al caer la tarde, por el poco concurrido casco histórico de Concepción, antes de que el terremoto de 2010 arrasara con sus fachadas.

Pasaba frente a las ruinas de una construcción incendiada cuando lo vi. Era un gato adulto, blanco con gris, que yacía arrimado en un rincón. Me llamó la atención que no huyera a mi paso. Los gatos suelen ser en extremo recelosos de los extraños -o bien sumamente confiados y acercarse- pero este no hizo ninguna acción, salvo emitir un maullido débil y lastimero.

Era evidente que algo andaba mal con él. Al acercarme noté que su pelaje estaba sucio y magreado, quizá tanto como su propio dueño, cuya piel era sólo una excusa para unir un atado lánguido de huesos.

Me conformé con algunas caricias y seguí caminando, pero no fue fácil quitarme su imagen de criatura resignada a la muerte y poco más adelante compré unas rebanadas de jamón, las que engulló con dificultad.

Mientras lo observaba me pregunté por su origen. La casa frente a la que hacía guardia parecía haberse quemado hacía poco, a juzgar por las tablas y muebles inservibles arrumbados en la calle. ¿Pudo ser que los dueños se fueran y lo dejaran a su destino, quizá dándolo por muerto? No había forma de saber.

Lo único cierto era que si lo dejaba allí el gato moriría, ya fuera por enfermedad, inanición o por algún perro que quisiera adelantar el trabajo. Así que lo tomé y casi sin ninguna resistencia, me lo llevé a casa.

Al día siguiente, el veterinario me confirmó que el animal era la verdadera representación de lo que significaba “estar para el gato”: toda una serie de males, infecciones e incluso una plaga de pulgas aquejaban al pobre felino, al punto que el médico me preguntó si realmente estaba dispuesto a invertir lo necesario en un paciente con aquel pesimista “pronóstico reservado”.

Por aquel entonces, un revés personal me tenía de vuelta en casa de mis padres, y aunque no podríamos decir que nadara en dinero, haciendo sacrificios podía disponer de algo. En realidad, había tomado la decisión de que si en algo valía la pena gastar mis recursos era en tratar de salvar una vida. Aunque fuera la de un gato.

Volví a casa cargado de remedios, vitaminas e indicaciones a cumplir cada dos horas, los 7 días de la semana, a las cuales el animal se entregaba dócilmente. Lo instalé en una habitación trasera, con una ventana a la cual le daba el sol gran parte de la tarde, y donde él se echaba a dormir durante todo el día.

Poco a poco y contra todos los vaticinios, el gato se fue recuperando. No sé si alguna vez lo habrán hecho, pero arrebatarle alguien a la muerte y ver como progresa un poco cada día es una de las sensaciones más satisfactorias que pueden existir. De la cadencia, el gato había pasado a saltar alegremente de un lado a otro y, en lo que fue toda una señal de renacimiento, a ronronear.

Le llamamos Taz debido a su recién descubierto comportamiento endemoniado. Perseguía a otros gatos como si el recinto fuera su exclusividad, y defendía su comida como si fuera la última. Sin embargo al comprender que no era necesario competir con nadie por ella, comenzó a dulcificar su carácter. Pronto se convirtió en el regalón de la casa, compartiendo amigablemente con los demás animales (claro, castrarlo también ayudó).

Dicen que los gatos son sibaritas que saben disfrutar las cosas buenas de la vida y Taz era uno de sus mejores representantes. En invierno descubrió rápidamente el placer de extenderse cuando largo era frente a la estufa y, cuando alguien hacía saltar una pelota con cascabeles por el pasillo, era el primero en lanzarse contra ella.

Pero sus mayores manifestaciones de alegría las reservaba para mí. Siempre que llegaba a casa me pedía, con semblante juguetón, que le tomara en brazos. Y como si quisiera dejar en ridículo a todos quienes consideran a los gatos seres traicioneros o mal agradecidos, se volcaba en un festival de mimos y langüetazos contra mi cara, en una actitud más propia de un perro que de un aristócrata egipcio.

Nunca le gustó mucho salir, quizá porque ya había tenido suficiente calle en su sino. Prefería arredrarse sobre el cojín de una silla, junto al computador, donde fingía dormir mientras yo trabajaba a su lado.

Por desgracia, la muerte no soporta que la burlen durante mucho tiempo. Para la Navidad del año siguiente, Taz había vuelto a enfermar, esta vez con más virulencia que antes. Incluso el veterinario parecía confundido, limitándose a recetar paliativos que daban cada vez menos efecto.

Su viveza dio paso nuevamente a la languidez, mortificada por una infección en la boca que le hacía dar aullidos cada vez que intentaba comer. Aún así, seguía apegado a mí, demostrando su afecto cada vez que su salud se lo permitía.

Una noche, antes de terminar el año, se negó a seguir tomando agua desde la jeringa con la cual se la proporcionaba. Había decidido que era suficiente.

Le preparé una cama mullida sobre un pequeño canasto de mimbre. Allí acomodé su cuerpo flácido como un ovillo, con su vista fija hacia mí, como había hecho durante 365 noches.

A la mañana siguiente Taz estaba inmóvil, respirando fatigosamente. Movió sus ojos vidriosos para regalarme una última mirada y quietamente, como si hubiera expirado su alma en un suspiro, nos abandonó.

Lo sepulté en el patio de mi casa, durante una tarde de verano plena de ese sol que tanto amaba. Había evadido durante un año a la muerte, que finalmente se hartó de aplazamientos y volvió para reclamarlo.

Pero durante aquel año no sólo había sido intensamente feliz, sino que lo había demostrado. Para mí, su recuerdo siempre será una lección de agradecimiento, no sólo hacia quienes nos rodean, sino también a esa victoria cotidiana que significa cada segundo en que nos aferramos a la vida.

Christian F. Leal Reyes
Periodista
Director de BioBioChile

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