Axel Kaiser vuelve sobre una tesis conocida en El Mercurio (19 septiembre): el Estado benefactor, socialdemócrata, sería una ficción agradable, sostenida mientras “otros pagan la cuenta”. Su columna reúne cifras sobre deuda, gasto público, intereses, pensiones y pérdida de poder económico de varias potencias para sugerir que el problema tiene el origen en el costo creciente del Estado social. Aquí está precisamente la debilidad del argumento.
Que Francia, Alemania, España o Estados Unidos tengan dificultades fiscales, bajo crecimiento, poblaciones envejecidas o altos niveles de deuda no demuestra que esas dificultades hayan sido causadas por las pensiones, la salud pública o las transferencias sociales. Entre una cosa y otra hay demasiados factores como productividad estancada, crisis financieras, envejecimiento demográfico, aumento del costo sanitario, guerras propias y ajenas, gasto militar, cambios tecnológicos y errores acumulados de política económica.
Kaiser amontona fenómenos distintos y los hace desembocar en un único culpable. La economía, sin embargo, suele ser bastante más compleja que una columna de opinión. Más aún, la evidencia disponible no permite sostener que redistribución social y crecimiento sean necesariamente enemigos. En suma, los datos no autorizan a afirmar que el Estado redistributivo sea, por definición, una máquina de destruir riqueza.
El segundo problema es todavía más importante. Kaiser describe el gasto social casi como una transferencia mediante la cual unas personas viven gracias al dinero de otras. Esa idea puede funcionar como consigna, pero describe pobremente cómo opera una sociedad moderna.
El trabajador que hoy paga impuestos puede necesitar mañana un hospital público. Quien financia un seguro de cesantía puede perder su empleo. Una generación sostiene las pensiones de otra y, al mismo tiempo, recibió educación, infraestructura, seguridad y servicios financiados colectivamente. El Estado social no divide simplemente a la población entre contribuyentes y beneficiarios, lo que hace es distribuir riesgos a lo largo de la vida.
Desde luego existen programas ineficientes, subsidios mal diseñados, burocracias inútiles y sistemas previsionales que deben reformarse. Defender el Estado social no significa santificar cada gasto público. Precisamente porque debe perdurar, necesita disciplina fiscal, evaluación, crecimiento y reformas permanentes. Pero esa discusión es muy distinta de convertir las prestaciones sociales en la causa general de la decadencia económica occidental.
Llevado a su consecuencia lógica, el argumento de Kaiser no conduce simplemente a un Estado más eficiente, conduce a uno considerablemente más pequeño en materia social. Si financiar prestaciones mediante impuestos significa vivir a costa de los demás, entonces habría que reducir pensiones públicas, salud, seguros de desempleo, ayudas familiares y buena parte de los mecanismos redistributivos. Cada ciudadano debería comprar individualmente la protección que pudiera pagar. Es una posición ideológica perfectamente identificable con la teorías libertarias (anti Estado) de Milei y similares. Kaiser pertenece a esa corriente, la que desde hace años anuncia el funeral del Estado benefactor.
Desde el otro extremo político también se lo ha despreciado, aunque por razones inversas: para cierta izquierda radical, la socialdemocracia sería apenas una manera amable de administrar el capitalismo. Unos quisieran desmontarla porque redistribuye demasiado; otros la desprecian porque redistribuye demasiado poco. Entre ambos extremos queda aquello que, con todas sus imperfecciones, produjo algunas de las sociedades más prósperas, libres y cohesionadas de la historia contemporánea, las socialdemocracias europeas, basadas en fuerte democracia política, economía de mercado y una red pública de protección social que hasta hoy, pese a la sucesión de gobiernos de derecha, no ha sido desmontada.
El verdadero debate no consiste, entonces, en elegir entre crecimiento y solidaridad social, se trata de construir un Estado social que pueda financiarse, estimular una economía capaz de crecer y corregir desigualdades que el mercado no resolverá espontáneamente.
El Estado benefactor no está exento de crisis ni puede permanecer congelado en los modelos del siglo XX. Pero declararlo una ficción porque redistribuye recursos es una simplificación extrema. Y en esto Kaiser lleva su liberalismo económico tan lejos que termina confundiendo una sociedad con un simple balance de ingresos y gastos.
La pregunta central sigue siendo bastante elemental: ¿qué riesgos queremos que cada persona enfrente sola y cuáles decidimos compartir? Kaiser la responde llamando a no “vivir a costa de los demás”. El Estado social responde “vivir con los demás”.
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