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En Chile se celebra el Día del Padre, con origen en un decreto durante la dictadura de Pinochet. En contraste, el Día de la Madre tiene mayor relevancia. Una encuesta revela que la madre es la primera opción de ayuda en la familia. Bernardo O'Higgins fue criado por su madre, Isabel Riquelme, quien lo acompañó en su vida y en la guerra de independencia.
Este domingo se conmemora en Chile el Día del Padre, una celebración que debe su origen a un decreto supremo firmado en dictadura y que empalma directamente con el festejo fundacional de la efeméride.
En Estados Unidos, la primera vez que se habló del Día del Padre en términos formales y legales fue en 1908, cuando por impulso de Sonora Smart Dodd se propuso honrar a los progenitores, anualmente, cada 19 de junio. Para Sonora, se trataba de un día especial: era el cumpleaños de su propio padre, un veterano de la Guerra Civil que se hizo cargo de ella tras el repentino fallecimiento de su madre.
Su idea era homenajearlo y, a través de su figura, relevar a todos los padres abnegados y anónimos que se dedican al cuidado de sus hijos.
Más de 70 años después, y en plena dictadura militar de Augusto Pinochet, el festejo fue establecido en el país a través de un decreto supremo firmado el 18 de octubre de 1976, donde además se inauguraban los siguientes “días”: Día Del Anciano y del Abuelo (15 de octubre), De la Mujer (8 de marzo); De la Madre (10 de mayo), Del Niño (tercer miércoles del mes de octubre) y Del Maestro (10 de diciembre).
Así, en Chile se reservó el 19 de junio para el Día del Padre, a pesar de que sus celebraciones, por motivos comerciales, se concentran en el domingo más cercano a dicha fecha. Sin embargo, a pesar de que ya va medio siglo de homenajes, el festejo no concentra la trascendencia del Día de la Madre, que entre las familias chilenas se vive como una de las fechas más importantes del año.
Día del Padre: el último en llamar
En las ciudades del país, ya es habitual que a inicios de mayo las familias se reúnan a honrar el Día de la Madre, a pesar de que este tipo de conmemoraciones, en algunos establecimientos escolares, van completamente en retirada. ¿El motivo? Un ejercicio de empatía para quienes no crecieron al lado de su progenitora. O para quienes les resulta un problema celebrar dicha instancia.
En la gran mayoría de los hogares, por otro lado, la fecha es toda una institución, y también un motivo de reencuentro para las familias geográficamente separadas. En esos domingos, es habitual atestiguar en las calles escenas de madres agasajadas, así como grupos completos movilizarse por la ciudad en nombre de la matriarca del clan. Y los motivos, están a la vista.
En mayo pasado, una encuesta a cargo del Instituto de Ciencias de la Familia de la Universidad de los Andes se abocó a responder la siguiente pregunta: “En caso de sufrir algún problema, ¿a quién de su familia pediría ayuda primero?”.
Agrupadas por rango etario, las respuestas no difirieron demasiado. En el grupo de los jóvenes entre 18 y 34 años, la respuesta mayoritaria (49%) fue la madre, misma situación que ocurrió entre los adultos entre 35 y 54 años (31%). Los mayores de 55, por su parte, se inclinaron por sus hijos y hermanos.
La figura paterna, en todos los rangos etarios, quedó relegada al cuarto lugar de las opciones.
O’Higgins y su relación con su madre
Una de las hebras de esta fascinación nacional por la figura materna, por sobre la paterna, bien puede graficarse en la ruta vital del llamado “padre de la patria”: Bernardo O’Higgins Riquelme (1778-1842).
El hijo natural del otrora gobernador de Chile y virrey del Perú, Ambrosio O´Higgins, nació en 1778 en Chillán Viejo, al margen de su progenitor, quien en 1782 lo envió a Talca a casa del comerciante Juan Albano Pereira, donde fue bautizado y criado por Bartolina de la Cruz.
Por esos años, su padre lo reconoció ante ojos de la Iglesia, en un acta de bautizo, y luego, en 1788, fue enviado por orden de este a Chillán con el fin de cursar estudios en el Colegio de Naturales. Fue su forma de apoyar la educación de su hijo, que manifestaba un parecido físico evidente con Ambrosio.
Después, Bernardo fue enviado a Lima a continuar sus estudios en el Colegio de San Carlos, y luego, a Cádiz (España) y Londres (Inglaterra), donde recibió instrucción en una academia de Richmond.
A temprana edad, el padre de la patria era apodado denostativamente como el “Huacho Riquelme”, en alusión al apellido de su madre, Isabel Riquelme Meza.
La biografía “Doña Isabel Riquelme: Semblanza”, a cargo del escritor y académico Juan Gabriel Araya G. y editada por la Universidad del Bío Bío y la Municipalidad de Chillán en 1997, se aproxima al lazo entre Bernardo y su madre:
“Como es sabido, doña Isabel tuvo que soportar la cruel separación de su hijo Bernardo, quien por iniciativa de su padre tuvo que partir, niño aún, a educarse a Lima y después a Londres, abandonando su tierra natal y las faldas protectoras de su madre… A partir de esa fecha (1802) la vida de Isabel se proyectará indisolublemente ligada al destino de su hijo. La madre se convertirá, por consiguiente, en la piedra angular de sus preocupaciones y de todos sus quehaceres de campesino, patriota, soldado, estadista y desterrado”, escribe Araya.
La misma investigación detalla que la distancia no fue impedimento para que Bernardo y su madre siguieran cultivando un lazo fraternal.
“Vive todas las vicisitudes de la guerra de la independencia, incluso las de la cruel prisión. En efecto, en 1813, en circunstancias que junto a Rosa y a Nieves (sus hijas) procuraba ponerse a salvo de los realistas, abandonando el fuerte de Nacimiento, es sorprendida por un piquete y llevada a Chillán en calidad de prisionera de guerra. Por fortuna, debido a gestiones de José Miguel Carrera y de su hijo, es liberada y llevada sana y salva a Concepción”, añade la investigación.
En vida, Isabel acompañó a su hijo en sus más insignes campañas, incluido su exilio en Argentina. “A raíz del Desastre de Rancagua, tiene que huir, al igual que una gran cantidad de patriotas, haciendo la penosa travesía de la Cordillera de los Andes a Mendoza. Durante este primer exilio es el pilar fundamental no sólo de su hijo, sino de todos los chilenos que, en aquella época, vivieron su exilio con los ojos puestos en la reconquista de su país”, acota Araya.
“En Buenos Aires, para mantenerse, lava ropas, hace cigarrillos y confecciona improvisados uniformes para soldados chilenos y argentinos, quienes, rearmándose en Mendoza, se preparan, a las órdenes del general José de San Martín, para invadir y expulsar a los españoles del territorio chileno. Isabel Riquelme, pese a su condición de mujer, se comporta como un soldado más de la patria, exigiéndole a Bernardo un puesto de lucha entre las filas de los libertadores”, agrega.
En 1817, cuando O´Higgins es nombrado director supremo, Isabel ocupa el rol de “primera dama” de la República. “Como Primera Dama, doña Isabel Riquelme tuvo un papel fundamental en la historia de su país. En efecto, fue la eficaz dueña de casa y la fiel consejera de su hijo. Pese a sufrir desdenes y prejuicios de la alta sociedad santiaguina, se constituyó en la mejor relacionadora pública del gobierno”, sostiene Araya.
Tras abdicar del cargo, Bernardo y su madre partieron a un segundo exilio, ahora en Lima. “La familia es enviada a Valparaíso y desde allí se embarca en el vapor ‘Fly’ para el puerto peruano de ‘El Callao’. A partir de ahí se dirige a Lima para residir por un breve período en la ciudad de Trujillo, en la costa norte de Perú y, posteriormente, en la que será su residencia definitiva: la Hacienda de Montalván, ubicada en el fértil valle de San Vicente de Cañete”.
“En esta faja acompañó a su hijo, participando en las tareas agrícolas e industriales de producción de azúcar, ron y cereales y en la restauración de la vieja casona”, continúa Araya, quien acota que Isabel nunca pudo volver a Chile. En 1839, falleció a los 81 años.
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