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David y Alejandra, ex monjes que vivían en la soledad, se conocieron en Melipilla y encontraron un amor inexplicable. Alejandra, monja chilota, buscaba la soledad en el Carmelo, mientras David, de Lota, sintió la llamada desde joven. Tras décadas en monasterios, ambos coincidieron en un remoto lugar de Melipilla y en Chiloé, su amor floreció. Decidieron unir sus vidas como ermitaños casados. La noticia fue bien recibida por sus familias, y celebraron un matrimonio chilote con todas las tradiciones.
David y Alejandra no son un matrimonio cualquiera. Su historia está marcada por la religión y por la búsqueda de tranquilidad en la soledad absoluta. Ambos fueron monjes y, por cosas del destino, ese mismo camino los llevó a conocerse en una remota zona de Melipilla y coincidir en Chiloé, donde nació un amor que ellos mismos no logran explicar .
A través de una videollamada desde una casa en la localidad de Chepu, en la isla de Chiloé, David Jara y Alejandra Reyes cuentan a BioBioChile su historia de fe, vocación y amor.
Entusiasmados, comparten cómo la vida puede cambiar y cómo nuevos sentimientos pueden aflorar con el paso de los años.
Alejandra y David: cuando sus caminos aún no se encontraban
La historia de Alejandra
Alejandra Reyes, chilota de 48 años y oriunda de Ancud, relata que su camino en la vida espiritual católica comenzó a los 9 años, cuando su hermana mayor empezó a llevarla a misa.
Sin embargo, ese sentimiento se hizo más fuerte a los 16 años, cuando le confesó a su madre su deseo de ser monja.
Alejandra cuenta que la noticia sorprendió a todos, puesto que para ese entonces era una chica “normal”, que salía de fiesta, tenía muchos amigos, incluso pololos.
“Cuando hablé de vocación, que a eso nos referimos cuando hablamos de un llamado especial, la vocación religiosa, nadie se lo esperaba”, recuerda. Pero al terminar cuarto medio, la decisión ya estaba tomada.
“Curiosamente, lo que yo sentía en mi corazón era un deseo no solamente de pertenecer a la persona de Jesús, de estar metida en sus cosas, en la Iglesia, ser monjita, así no más, sino que yo sentía en mi corazón un llamado muy profundo a la soledad“, explica.
Tras buscar orientación, una persona le habló del Carmelo, también conocido como las Carmelitas Descalzas. Fue entonces cuando todo pareció encajar.
Monja carmelita descalza
“Entré a los 19 años y ahí permanecí 20 preciosos años de mi vida en el Carmelo como monja carmelita descalza. Fui feliz“, recuerda Alejandra. No obstante, con el tiempo sintió que aquello no era suficiente.
“Volvió a surgir ese deseo de soledad en mí. A pesar de que estaba en el monasterio, de que estaba en mi salsa, descubrí que seguía un anhelo profundo de más soledad, de más retiro, de más pobreza, de más semejanza al Jesús del Evangelio. Este Jesús pobre, itinerante, que se apartaba en las noches a orar en soledad”, relata.
Fue entonces cuando compartió sus inquietudes con sus superiores y directores espirituales. La respuesta definitiva tardó diez años.
“Estuve 20 años en el monasterio y la mitad de esos años estuve yo viendo por dónde poder hacer realidad este anhelo de soledad, siendo consagradas, pero en soledad”, comenta Alejandra.

En la vida religiosa, aquello se conoce como vida de ermitaños o de reclusión. Sin embargo, explica que este estilo de vida es poco común dentro de la Iglesia católica occidental.
“Lo mío era algo muy raro desde la perspectiva de una mujer, sobre todo chilena, chilota, que quería ser ermitaña. Me tomó 10 años que este discernimiento diera su fruto. Perseveré e hice todo lo que mis directores espirituales me orientaron a hacer: orar, esperar, estudiar”, recuerda.
Finalmente, obtuvo el permiso para seguir ese camino e intentar y vivir como ermitaña.
Fue entonces cuando la enviaron a una parcela en San Manuel, una localidad de Melipilla, donde un grupo de personas facilitaba cabañas para retiros espirituales.
Su primera ermita
“Y esa fue mi primera ermita (capilla o santuario, situado en un lugar despoblado y que no suelen tener culto permanente). Fue mi cielo, mi dicha, mi plenitud“, confiesa. Aquel periodo justo coincidió con la pandemia. “No podía estar más feliz. Como ermitaña”, confesó.
De acuerdo a su testimonio, en ese entonces, era la única ermitaña monja consagrada católica en Chile.
“Yo no lo sabía, tampoco era mi pretensión ser la única, pero era la única”, comenta.
Alejandra se sentía dichosa viviendo lo que siempre quiso. Aun así, muchas veces se consideraba un “bicho raro”. Sin embargo, pronto descubriría que había otra persona que estaba experimentado el mismo llamado.
“Cuando llegué a San Manuel había un ermitaño que también era chileno, que también estaba un año antes ahí viviendo la misma experiencia, y dije: ‘Pensé que era la única"”, recuerda.
“Me dije ‘que bueno que hay alguien que habla el mismo idioma espiritual y me va a entender y me va a defender’. Y claro, era un monje chileno que también tenía experiencias de monasterio, pero no en Chile, sino en Francia. Y en ese entonces se llamaba el hermano Moisés”, contó.
La historia de David
David Jara, también de 48 años, es oriundo de Lota y proviene de una familia numerosa y profundamente cristiana.
Su vocación nació precisamente en ese entorno, entre oraciones familiares y lecturas religiosas. Recuerda especialmente una ocasión en que su padre leyó un texto sobre un monje. Nunca olvidó aquella experiencia y, con apenas 8 años, afirmó que algún día se convertiría en uno.
Pasaron los años y David cuenta que estudió, trabajó e intentó probar suerte lejos de la región del Bío Bío, específicamente en Calama. En dicho lugar vivió una vida de excesos y vicios que era favorecida por su buen trabajo. Sin embargo, con el tiempo comenzó a sentir un profundo vacío.
“Me hizo volver. Fue como si alguien soplara las páginas del libro de mi vida y regresara a esa etapa de niño, de joven, a esa necesidad de amor, a esa necesidad de encuentro profundo con el amor que es Dios”, recuerda David.
Ese sentimiento lo llevó a asistir a misa cada domingo, dejar atrás los excesos y buscar la posibilidad de realizar un retiro espiritual. Para ello acudió al obispo, pero las puertas parecían cerrarse una y otra vez, hasta que una llamada inesperada cambió el rumbo de su vida.

“Tenía una sobrina que estaba en un monasterio en Europa, pero venía a Chile a un convento en Casablanca. Entonces dije: ‘Bueno, voy a visitarla’. Cuando llegué, el silencio, la belleza, la liturgia y ver a esas monjas contemplativas, de clausura, provocaron algo muy fuerte en mí. En ese mismo lugar decidí que dejaría todo para entrar a un monasterio”, relata.
En ese lugar le confesaron que existía una rama masculina de la misma comunidad religiosa, pero en Francia, Italia e Israel. Eso no lo detuvo. David visitó a sus padres algunos días, regresó a Casablanca e inició un retiro espiritual.
Monasterio en Francia
Durante ese proceso escribió una carta al responsable del monasterio en Francia. Apenas tres días después recibió una respuesta positiva: fue aceptado.
Regresó a Calama, pagó sus cuentas, vendió todas sus cosas y emprendió rumbo nuevamente al monasterio en Casablanca. Allí trabajó un mes para costear su pasaje, hasta que llegó el gran día y partió rumbo a un monasterio en Francia.
Allí pasó más de una década viviendo con lo estrictamente necesario, en un ambiente de silencio y contemplación, compartiendo solo las palabras precisas con sus hermanos de comunidad.“En Francia estuve 11 años y lo mismo que Alejandra, cada vez que tú vas avanzando, vas tomando mayores compromisos con la comunidad, lo que se llaman profesiones monásticas, y en un momento uno va haciendo su compromiso, pero al mismo tiempo va apuntando para dónde más te está impulsando el espíritu para que tú vivas tu vocación”, explica David.
Con el paso del tiempo comenzó a sentir que debía profundizar aún más en la experiencia de la soledad. Por ello inició un proceso de discernimiento espiritual que se extendió durante tres años.
Se trató de un discernimiento “muy fuerte, muy profundo, muy transparente, muy honesto, tirando todo en la mesa porque el futuro de uno, pues, es nuestra vida. Entonces, no hay que engañarse”, afirma.
El tranquilo lugar en donde se conocieron
Finalmente, David fue autorizado para regresar a Chile en su búsqueda de soledad y, gracias a la orientación de su sobrina, llegó hasta las cabañas de San Manuel, en Melipilla.
Tras obtener los permisos correspondientes del monasterio en Francia y de la diócesis de Melipilla, se instaló en una de aquellas cabañas y comenzó una nueva etapa como ermitaño.
Fue en ese lugar donde se vieron por primera vez con Alejandra. “Nos conocimos en San Manuel, cada uno en su lomita, digamos, porque cada uno tenía una casita”, recuerda David.
Durante varios meses apenas intercambiaron algunas palabras. Sin embargo, ambos sabían que compartían una experiencia poco común: el llamado a la vida ermitaña.
Poco después, Alejandra regresó a Chiloé tras 20 años fuera de la isla. Allí se presentó una nueva oportunidad.
El sindicato de pescadores buscaba a alguien que cuidara una remota cabaña ubicada en el pueblo de Chepú, cerca del Muelle de Luz, un atractivo turístico de la zona.
El lugar era extremadamente aislado. No contaba con electricidad, agua potable ni conectividad. La pequeña construcción tenía apenas un catre, una radio portátil y un baño exterior con agua fría. Aun así, debido al flujo de visitantes durante el verano, requería vigilancia permanente.
Para Alejandra, aquel espacio era perfecto para ambos y por eso decidió comunicarse de inmediato con David para contarle la noticia.
“‘Hermano, apareció este lugar, ¿te gustaría venir a cuidarlo?. Pertenece a un sindicato de pescadores. Podemos hacer una alianza con ellos de que le cuidamos el lugar"”, recuerda Alejandra sobre lo que le dijo a David en aquel entonces.
“Y apareció esta idea: 6 meses uno, 6 meses el otro y así le cubríamos un año completo a la gente. Alejandra tomó tiempo de primavera a verano y yo de otoño a invierno. El sindicato de pescadores aceptó”, relata David.
El sentimiento de amor afloró
De esa manera, Alejandra fue la primera en llegar: “Estuve 6 meses dichosos ahí. Y claro, como ya me conocía con el hermano, nos comunicábamos de repente por WhatsApp. Yo salía a buscar señal por ahí donde encontraba, arriba en las piedras, y me comunicaba con él porque él era mi hermano”, cuenta.
En aquel entonces, David seguía siendo para ella una figura cercana y única.
“El hermano Moisés era mi hermano del alma, el único que me entendía en esta locura de la soledad. Entonces me comunicaba con él vía WhatsApp”, confiesa. Y fue entonces cuando su corazón reaccionó.
“En esa soledad aventurosa, mirando el océano, empezó a zapatearme el corazón de una manera que yo no me esperaba. Y bueno, me quedé con mi secreto. Me acordaba mucho del hermano, ese era mi problema“, dijo entre risas Alejandra.
Pero decidió guardar silencio. “Entonces, yo dije: ‘Lo quiero y lo respeto tanto que no quiero distraerlo’. O sea, él está feliz también en su opción de vida y yo no quiero ser un obstáculo para él. Todo esto me pasaba en la cabeza”.
Así, mantuvo sus sentimientos en secreto mientras esperaba que David llegara a ocupar su turno en Chepú.
“Guardé como pude mi secreto del alma para que él pudiera venir a hacer sus 6 meses de turno”, cuenta Alejandra.

La remota casa en Chiloé que los juntó para siempre
Pasaron los días y llegó el momento de que David viajara a Chiloé para asumir su turno en Chepú, mientras ella retornaba a Melipilla.
La comunicación entre ambos continuó y, en medio de esa nueva etapa, surgió una inesperada propuesta.
“Acá empezaron a ofrecernos un parque completo para que pusiéramos dos ermitas y viviéramos. Entonces empezamos a vernos más juntos, más unidos”, relata David.
Según cuenta, fueron precisamente esas ideas impulsadas por personas de la zona las que terminaron motivando a Alejandra a expresar lo que sentía.
Y llegó el día en que ella confesó sus sentimientos: “Yo lo dije primero. Las mujeres van siempre primero a eso“, cuenta Alejandra, lo que también motivó la confesión de David.
“Yo de chiquilla fui muy enamoradiza, pero esto que estaba sintiendo ahora no se parecía a nada de eso. Era un conflicto, era bello, era desafiante, pero no sabía cómo definirlo. Porque decir ‘estoy enamorada’ no me alcanzaba para explicar lo que estaba sintiendo. Había una cosa más profunda, es como encontrarse de nuevo con uno mismo en la necesidad de compartir la vida”, recuerda.
Al escuchar a su esposa, David reflexiona sobre la forma en que ambos entienden el amor.
Un amor diferente
“Encontrarse en el otro es muy lindo porque, finalmente, no te hace arrancar, te hace cuidarte a ti mismo. Al cuidarte, la persona que te ama se va a encontrar en ti. Realmente, amándote a ti mismo, la persona que te ama se encuentra en ti. Y si la otra persona se ama a sí misma, cuando tú la amas, te encuentras dentro de esa persona”, explica.
“Es un amor que no es externo. Es el amor que Dios nos regaló, vivir entre nosotros. Y que no es excluyente”, complementa Alejandra.
Por eso, ambos aseguran que el matrimonio no significó abandonar aquello que aprendieron durante su vida religiosa.
“Ahora que hemos optado por ser marido y mujer, porque estamos casaditos, no quiere decir que ahora todo lo que vivimos en el monasterio, todo nuestro anhelo de vivir para Dios en función de servir a la humanidad, se olvidó. No. Ahora nos potenciamos, digámoslo así. Somos ahora ermitaños casados“, complementa Alejandra.
Y afirma: “Obviamente, también está esa dimensión de pareja, de amistad, de amor, de enamorados, pero seguimos siendo, ante todo, enamorados de Cristo, de su Iglesia, de su misión. Luego encontramos que él me ayuda a mí a vivir eso y yo le ayudo a él a vivirlo. No hay temores”.
Decidieron unir sus vidas
Al descubrir que estaban enamorados y que contaban con un trabajo estable, decidieron vivir juntos e iniciar una nueva etapa en la misma pequeña cabaña, pero solo después de que ambos anunciaran la decisión de salir de la vida monástica a sus superiores.
“Vivimos en ese espacio de 4 por 4 metros. Lo mejoramos un poquito por dentro. Para nosotros era el cielo, era el Edén, porque estaba la naturaleza salvaje. Todo era una belleza, era Adán y Eva”, recuerda David entre risas.

Pero la historia no quedó solamente en vivir juntos. Ambos compartían la idea de un matrimonio.
“Cuando empezamos a vivir allá, por las circunstancias que se dieron, dijimos inmediatamente: ‘Nos vamos a casar. Vamos a trabajar toda esta temporada de verano’. Llegamos a vivir en julio de 2022, y en abril nos casamos. El 29 de abril“, cuenta David.
Reacción de sus padres y familia
Ambos aseguran que la noticia de su salida de la vida monástica y de haber encontrado a una persona con quien compartir el resto de la vida fue bien recibida por sus seres queridos.
En el caso de Alejandra, sus padres ya habían fallecido, por lo que fue a sus hermanas a quienes les comunicó la noticia y una de ellas terminó con lágrimas de felicidad.
Sus primos, tíos y amigas también recibieron las nuevas noticias con alegría. Sin embargo, reconoce que [destacador]algunas personas no vieron con buenos ojos su decisión.
“Hay personas que no lo tomaron bien porque suele pasar que la monjita se idealiza. Yo era una desilusión para algunas personas. Pero fueron pocas porque las que realmente me conocen saben que yo soy intensa para vivir”, comenta.
En la numerosa familia de David, en cambio, la reacción fue de absoluta felicidad, especialmente cuando supieron que la mujer de la que estaba enamorado era precisamente la “hermana”.
“Cuando se lo conté a mi papá, a mis hermanos y a mis hermanas, todos se pusieron felices. Después le comentamos a mi comunidad, con los que tengo comunicación. Todos felices también, muy respetuosos”, dice David.
Se casaron
Familiares provenientes de Lota e incluso amigos de Antofagasta participaron en una celebración con todas las tradiciones de un matrimonio chilote.
La ceremonia se realizó tanto por el Registro Civil como por la Iglesia. En este último caso, fue oficiada por un sacerdote argentino amigo de David.

“El matrimonio lo hicimos acá en el campo, en un refugio, en un quincho que albergaba máximo 100 personas, pero logramos meter a 140 sacando las mesas, corriendo las sillas para que todos bailaran. El curanto quedó espectacular. Lo preparó la gente del sindicato”, recuerda David.
Al recordar aquel momento, ambos coinciden con la definición: “Fue una locura, fue una belleza“.
El monasterio nunca se fue de sus vidas
Actualmente, Alejandra y David viven en un nuevo hogar, acompañados únicamente por su gata, y se sustentan gracias a su trabajo en un food truck ubicado en el embarcadero de Chepu, donde se hacen los paseos para el Muelle de la Luz, su antiguo hogar.
Allí formaron un emprendimiento de chocolates y otras delicias que recibe a todos los visitantes en verano, muchos que ya conocen su historia.
Respecto a su pasado, Alejandra confiesa que su paso por el monasterio jamás significará un error: “Salí radiante del monasterio, sigo amando a mis hermanas del monasterio, tengo contacto con ellas”, afirma.
“Yo no disimulo que fui monja, lo presumo, porque fui feliz en el monasterio, fui feliz como solitaria, ermitaña, soy feliz con mi esposo ahora y pretendo serlo con la ayuda de Dios hasta mi último suspiro, porque creo estar haciendo lo correcto, creo estar haciendo la voluntad de Dios“, agrega.
David también comparte esa mirada y comenta que el “monasterio a mí me ayudó a ordenar mucho mi vida. A limpiar mi manera de ver a una mujer, de recibirla, acogerla”.
“Después de que sacamos a flor nuestros sentimientos, yo la amé como si para mí fuera la primera mujer. En completa pureza, yo recibí a Alejandra y me entregué a ella. Y hasta el día de hoy me entrego en la misma dimensión“, reflexiona.
“Para mí es maravilloso eso, descubrir que después de haber tenido una vida tan desordenada, soy puro, casto y virgen para mi señora. Eso es una maravilla”, afirma David.
Para el oriundo de Lota, la verdadera soledad no consiste en aislarse para escapar de los demás, sino en encontrarse honestamente con uno mismo. Un proceso que puede ser difícil, pero también transformador.
A su parecer, una soledad vivida de manera sincera no lleva al encierro, sino a una mayor empatía, comprensión y cariño hacia los demás. David sostiene que quien busca la vida ermitaña o solitaria termina enfrentándose a sus propios fantasmas y, al hacerlo, aprende a relacionarse mejor con las personas.
Por eso, su invitación final es comprender que la soledad verdadera siempre conduce, de una u otra forma, al encuentro con los demás.
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