Javiera Rivera decidió cumplir su sueño de vivir en otro país, por este motivo, hace tres meses, la chef llegó para establecerse en la ciudad de Cork, ubicado en la República de Irlanda. “Fue algo que siempre quise hacer de muy chica, se me dio esta oportunidad y me vine con mi pololo”.
“Nos venimos con una visa de estudios que te permite trabajar y estudiar a la vez, porque en la mayoría de los otros países, solamente te permiten estudiar, pero aquí para que tú puedas sustentar tu vida, te permiten trabajar part-time”, relata.
Además, de ser una profesional en la cocina, Rivera también es hija de Javier Rivera, el dueño de la Fábrica de golosinas Spak. En un comentado video en Instagram, desde Europa, la chilena exhibió un emotivo registro donde contó cómo su padre popularizó las golosinas blandas conocidas como guagüitas.
Desde Cork a tres horas de Dublín, la capital de Irlanda, Rivera cuenta a BBCL, cómo la influencia de la pastelería, también marcó su vida para siempre. “La verdad es que yo de muy chica, diría 12 años, ya quería ser chef. Siempre me vi rodeada de gente que cocina, como mi mamá y mi abuela. Me gustaba estar ahí con ellas en la cocina, pero siempre me sacaban, porque yo me mandaba puras embarradas, siempre me gustó cocinar. Me gustaba hacer queque, pero dejaba la mitad de la cocina sucia”, recuerda con humor.
Con respecto a su infancia, Javiera describe que “siempre me vi rodeada de dulces, entonces en el colegio mis colaciones eran las guagüitas, las gomitas de eucalipto y las bolitas de chocolate”.
La fábrica de dulces
Todo partió en 1982, cuando Javier Rivera, junto a su amigo Drago Glucevic, arrendaron una bodega y se pusieron a hacer una a una las famosas guagüitas, así pues con batidora en mano, los emprendedores empezaron a batir sus sueños. “Mi papá las empezó a masificar ese año y luego, las otras empresas volvieron a crear los productos, pero debo decir, que las de mi papá son las más ricas, no porque sean de mi papá”, aclara Rivera con una sonrisa.
“Yo me acuerdo que todos mis compañeros me molestaban porque me iba a buscar en un camión de la fábrica que pasaba con suerte en la calle del colegio. “Todas mis amigas me decían: ‘Ay, llegó tu papá, llegó tu papá, que nos dé guagüitas, que nos dé guagüitas’”.
También añade otra anécdota: “Mi papá siempre tenía reuniones, entonces yo me que quedaba con las trabajadoras que envasaban, entonces me quedaba ahí molestando, e iba sacando dulces mientras conversaba con ellas. Todos me conocen desde que yo era muy guagua, porque la mayoría de la gente que trabaja con mi papá llevan más de 20 años trabajando con él”, afirma con orgullo. “Me gusta ir mucho a la fábrica”, complementa.
A raíz de su trabajo que se extiende por 42 años, Javiera menciona que el legado de su papá, se encuentra viva en varias generaciones de chilenos. “Creo que mi papá recién se está dando cuenta que cambió un poco la infancia de muchas personas, porque gracias a él, volvieron a tener popularidad las guagüitas”.
El paraíso esmeralda que es Irlanda
Volviendo a su vida en el exterior, Javiera revela el cambio que significó migrar al país europeo. “Acá no se permiten tener edificios de más de tres pisos, entonces yo me imaginaba en los años 20, yo pensaba que estaba en otra época”, detalla con sorpresa. A lo que agrega: “Todas las casas son largas hacia dentro. Son angostas, pero largas, o sea, pueden tener cuatro habitaciones, pero la casa tiene la forma de un pasillo”.
También otro aspecto que resalta Rivera, son los profundos cambios en su vida laboral. “En el trabajo, si yo quiero un día libre, me lo van a dar sin ningún pero”.
Javiera remarca que en Cork trabaja como chef pastelera, en un hotel de cuatro estrellas, donde ha visto que hay una mayor empatía en el ambiente laboral. “De hecho, hoy le dije a mi jefe que se llama Peter, que me quería tomar unas vacaciones en septiembre. Pero él me dijo: ‘No te preocupes, tómatelas, ¿por qué me preguntas?’”, señala con extrañeza por la ocurrencia de su jefe.
“En Chile, después de un año recién me darían vacaciones”, reflexiona Rivera.
Es así como Javiera nota que los irlandeses son realmente felices, en sus vidas afuera del trabajo. “En Irlanda, la gente disfruta más la vida, le gusta, por ejemplo, ir a los bares a las 10 de la mañana a tomar una cerveza Guinness”. “Aquí la gente trabaja hasta las 4 de la tarde y después a las 5 ya están todos en el bar”, agrega. “Si tú vas a comer solo o en mi caso, voy con mi pololo a un bar, siempre se va a acercar a alguien a hablarte, a preguntarte dónde eres, qué haces acá, pero en buena onda”, indica.
“Después me fui dando cuenta que toda la gente es así, en Irlanda todos se preocupan por la otra persona”, manifiesta.
La belleza de Cork
En cuanto a Cork, se trata de la segunda ciudad más grande de la República de Irlanda, después de Dublín. Geográficamente Cork, es una urbe que se encuentra en la costa sur de Irlanda y está conectado al mar por el puerto de Cork y el Passage West.
Javiera también relata a la presente redacción, su admiración por la catedral gótica de San Fin Barre, ubicado a la orilla sur del río Lee, un sitio que es realmente imponente y maravilloso a sus ojos y que puede ver a simple vista desde una ventana, en el edificio donde estudia en la actualidad. No obstante, para la chilena, Cork es una ciudad inusualmente pequeña, a pesar que tiene cerca de 222,526 habitantes. “Siempre me topo con la misma gente en el bus o con la misma gente en el supermercado”, describe a BBCL.
Aunque también, la chilena ha observado hábitos sorprendentes. “Lo peor que puede pasar es que se seque el pasto, porque ellos no riegan. Normalmente llueve como cada 3 días y que no lluevan 15 días para ellos, representa una muerte total”, destaca.
“Cork se parece mucho al sur en temas de paisaje, es muy parecido”, especula Rivera. “Aquí la gente toma sol en los parques, o sea, las mujeres se sacan la ropa y se ponen a tomar sol”, subraya la chilena. Eso sí, la compatriota se toma un momento para expresar su admiración por los europeos. “Los irlandeses son muy buenas personas”, afirma.