El presidente Macron celebró así la nueva ley: “Francia abre el camino en Europa”. Ese país será el primero en Europa en prohibir a los menores de 15 años el acceso a las redes sociales. En Chile, se están refundiendo tres mociones en esa dirección. Más allá del debate entre prohibición o regulación, hay algo en lo que todos coinciden: hay que legislar. Las cifras explican por qué.

Los propios niños saben cuál es el límite razonable de conexión y, aun así, no logran respetarlo. Y no es el único límite que se les escapa: el contacto con desconocidos también ha crecido de forma sostenida, de un 19% en 2016 a un 42% en 2022, según datos de la Defensoría de la Niñez. Según Criteria, en 2025 la cifra podría ascender a un 48%.

Frente a esto, algunos expertos insisten en que basta con educar en vez de prohibir. Pero educar a un niño para que resista un sistema con alta capacidad de generar adicción, como lo señalan sentencias en Estados Unidos, es pedirle que gane una pelea desigual contra un diseño hecho para capturar la atención de un cerebro más vulnerable.

Con todo, el veto absoluto puede fallar en la práctica: el Estado no tiene cómo fiscalizar. Aunque eso no cambia el diagnóstico de fondo.

El dato que parece más favorable a las redes sociales confirma el problema, no lo desmiente. Según la encuesta Radiografía Digital del 2025, el 96% de los menores dice que le “aportan algo a su vida”, refiriéndose a entretenimiento, seguir influencers, jugar en línea, pero eso no describe comunidad ni vínculo profundo. Es un estímulo constante, no un encuentro real con el otro.

Ese contraste, entre distracción y encuentro real, obliga a detenerse en la palabra misma que usamos para nombrar todo esto, porque algo no cuadra. “Social” viene del latín socius: compañero, aliado, alguien que te sigue en el camino y comparte contigo lo que viene.

De ahí nace la palabra sociedad, que originalmente no hablaba de entretenimiento ni de consumo, sino de compañía: la idea de que dos personas comparten un destino.

Si eso es lo que “social” quiso decir desde el principio, llamar así a una experiencia hecha sobre todo de estímulo y de scroll es, como mínimo, un uso curioso de la palabra, y esa misma mayoría de menores que cree recibir algo de las redes lo demuestra.

Y esa distancia se nota en las cifras. Hoy vemos niños contactados por desconocidos, adolescentes sin tiempo para su familia, algoritmos que repiten contenidos sin adultos que los modulen. Nada de eso calza con el origen de la palabra.

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Hemos aprendido a esperar más de la tecnología y menos de los demás, y a confundir estar permanentemente conectado con estar acompañado. A veces es exactamente lo contrario: los vínculos se fragilizan mientras la pantalla ocupa el lugar que antes ocupaba “el otro”.

Por eso, prohibir el acceso a estas plataformas a los menores de edad no es un acto de adultocentrismo o autoritarismo, sino todo lo contrario. Es un intento de devolverles la posibilidad de vincularse de verdad. De aburrirse sin pantalla. De aprender a estar solos sin sentir pánico. De poder reabrir el camino hacia lo que la palabra “social” quiso decir desde el principio.

América Castillo
Investigadora Asociada
Instituto Libertad

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