Revisiones científicas de las últimas décadas muestran que expulsar o suspender a estudiantes no mejora su comportamiento ni el clima escolar, y afecta más a los grupos vulnerables. Alternativas como el Apoyo Conductual Positivo y la justicia restaurativa muestran mejores resultados, aunque generan debate, especialmente en Estados Unidos.
Un grupo de alumnos de un colegio de Australia se escapó una noche a un bar cercano durante un programa de internado. La respuesta del colegio fue contundente: cinco días de suspensión interna, con tramos de hasta 90 minutos de aislamiento total y noches enteras solos en carpas. Los padres se indignaron, la prensa lo cubrió y el caso terminó abriendo una pregunta que va mucho más allá de ese colegio: ¿de verdad sirve castigar así a un adolescente que se porta mal?
La respuesta, según varias investigaciones recientes, es bastante clara: no. Expulsar, suspender o aislar a un estudiante como forma de "hacerlo reflexionar" no solo no mejora su comportamiento, sino que en muchos casos lo empeora.
Lo que decía el sentido común (y por qué estaba equivocado)
Durante décadas, la lógica de "tolerancia cero" dominó los pasillos escolares: si un alumno se porta mal, se lo manda a casa. La idea era que, lejos del colegio, el estudiante tendría tiempo para pensar en lo que hizo. En la práctica, para muchos adolescentes esos días libres eran más un premio que un castigo.
Para comprobar si esta receta realmente funcionaba, la Asociación Estadounidense de Psicología (APA, por su sigla en inglés) revisó veinte años de estudios sobre el tema. La conclusión fue tajante: no encontraron evidencia de que expulsar mejore la seguridad ni el ambiente dentro de las salas de clases.
Peor aún: los alumnos expulsados con más frecuencia terminaban abandonando más el colegio y con peor rendimiento académico. Y el castigo no se reparte parejo, ya que la evidencia muestra que la expulsión golpea con más fuerza a los estudiantes de contextos más vulnerables, profundizando una brecha social que el castigo, en teoría, debería ayudar a cerrar.
Parte de la explicación está en el propio cerebro adolescente. La corteza prefrontal —la zona encargada de planificar, controlar impulsos y medir consecuencias— es una de las últimas en terminar de desarrollarse, recién hacia mediados de los 20 años. Mientras tanto, los sistemas cerebrales de recompensa y emoción están a full funcionamiento. El psicólogo estadounidense Laurence Steinberg lo compara con manejar "un auto potente con una excelente aceleración, pero con frenos que todavía se están terminando de construir", según recoge un análisis publicado en el sitio de la Universidad Monash.
Eso no significa que los adolescentes estén condenados a portarse mal: tomar riesgos y equivocarse forma parte normal de crecer. El objetivo, entonces, no debería ser eliminar cualquier conducta arriesgada, sino reducir el daño mientras se les enseña a decidir mejor.
Entonces, ¿qué funciona? Cambiar el foco antes de que ocurra el problema
Un estudio realizado en 2023 revisó 32 investigaciones distintas —que en conjunto sumaban cerca de 394.000 estudiantes— para evaluar qué intervenciones lograban reducir la exclusión disciplinaria en los colegios, tal como recoge un artículo de Xataka. Una de las estrategias con mejores resultados fue el llamado Apoyo Conductual Positivo: en vez de esperar a que el alumno rompa una regla para castigarlo, se rediseña el ambiente escolar completo para reforzar las conductas positivas de todos, todo el tiempo. Con este enfoque, incluso el rendimiento cognitivo de los estudiantes mejoraba.
La otra gran alternativa que ha ganado terreno es la llamada justicia restaurativa: en lugar de centrarse en el castigo por la norma rota, pone el foco en reparar el daño causado a la comunidad y reconstruir las relaciones dañadas. Una revisión de 2025 que analizó 13 estudios sobre estas prácticas confirmó su eficacia para reducir la violencia escolar y mejorar el bienestar emocional de los alumnos. Una revisión anterior, de 2022, había llegado a una conclusión similar: aplicar justicia restaurativa no solo reduce las expulsiones, sino que mejora el clima escolar y hasta los resultados académicos.
En Tailandia, este enfoque dejó de ser solo teoría. El Instituto de Justicia de Tailandia (TIJ), en conjunto con la administración de Bangkok, lanzó en 2026 un programa llamado "Restorative Justice in School Sandbox", que capacita a profesores para resolver conflictos sin apuntar directamente al castigo. Para que la idea —bastante abstracta, en realidad— fuera más fácil de entender, la Fundación Friedrich Naumann de Tailandia ayudó a convertirla en dos juegos de mesa y rol, llamados RJ Journey y RJ Express, donde los propios docentes practican cómo mediar un conflicto poniéndose en el lugar de facilitadores.

"Elegimos los juegos como herramienta de aprendizaje porque pueden transformar la justicia restaurativa, que puede parecer un concepto abstracto, en una experiencia tangible con la que los jugadores pueden interactuar", explica Auraprang Pornpermpoon, coordinadora de políticas del TIJ. Uno de los profesores que participó del entrenamiento lo resumió así: "Este juego nos permite usar la teoría de la justicia restaurativa de forma efectiva. No es [sólo] entretenido, sino que puedes aprender el proceso básico".
Pero no todos están convencidos…
No todo el mundo compra este cambio de enfoque. En Estados Unidos, el mayor sindicato de profesores del país, la Asociación Nacional de Educación (NEA), viene impulsando junto a la APA la justicia restaurativa como respuesta a la creciente violencia escolar. Pero la publicación National Review cuestionó duramente esa estrategia, argumentando que en la práctica muchas veces termina funcionando como un reemplazo de las consecuencias, y no como un complemento.
El argumento de fondo de esa crítica es simple: si una mala conducta no tiene consecuencias claras, tampoco tiene ningún freno, y eso puede alimentar un ciclo repetido de problemas de conducta que termina agotando a los propios docentes. De hecho, según cifras citadas por el sindicato, un 43% de los profesores estadounidenses dijo haber pensado en dejar la profesión por experiencias de violencia y mal clima escolar.
La discusión, entonces, no está del todo cerrada: la evidencia académica es bastante consistente en que el castigo puro no funciona, pero aplicar bien la justicia restaurativa —sin que se transforme en una excusa para no poner límites— exige entrenamiento, tiempo y recursos que no todos los colegios tienen.
Un detalle curioso: el mismo estudio recogido por Xataka que evaluó casi 400 mil estudiantes remarca que ni siquiera hace falta esperar a que un alumno cometa una falta para aplicar estas estrategias. El Apoyo Conductual Positivo se aplica antes de que ocurra el conflicto, reforzando el buen comportamiento de todo el curso como quien riega una planta antes de que se marchite, en lugar de intentar revivirla después.
Al final, la evidencia apunta en una misma dirección: los adolescentes no necesitan más castigos para aprender a manejar sus impulsos, sino más adultos de confianza, más oportunidades de practicar buenas decisiones y colegios dispuestos a invertir tiempo en enseñar comportamiento, tal como se enseña matemática o lectura. La pregunta que queda abierta es si los sistemas educativos —entre la presión de padres, profesores agotados y presupuestos ajustados— están realmente dispuestos a hacer ese cambio.
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