Ya estamos cerca de octubre, el Mes de las Personas Mayores en Chile. La fecha invita a reconocer su aporte y sus derechos, pero también abre una pregunta de fondo: ¿qué lugar les damos en la vida cotidiana? Buena parte de la respuesta está en las palabras y las imágenes con que representamos la vejez.
Entre lo que imaginamos y lo que muestran los datos hay una brecha que merece atención. La Octava Encuesta de Inclusión y Exclusión Social de las Personas Mayores, presentada en 2025, reveló que un 58,7% de los consultados creía que la mayoría de las personas mayores no podía valerse por sí misma. La ENDIDE 2022, en cambio, estimó que un 77,8% de quienes tienen 60 años o más no presentaba dependencia. Son estudios distintos y no directamente comparables, pero juntos revelan una tensión: la dependencia que efectivamente se registra es menor que la que solemos imaginar.
Los medios no crean por sí solos esas percepciones, y los datos no permiten afirmar una relación causal. Pero sí contribuyen a moldearlas. Cada vez que una noticia decide quién habla y cómo presenta a una persona mayor, propone también una manera de mirarla. Si aparece sobre todo como receptora de ayuda, paciente o víctima, queda poco espacio para su diversidad de experiencias y capacidades.
Ahí asoma una forma de edadismo que suele pasar inadvertida. Los estereotipos anticipan lo que alguien puede hacer, comprender o decidir por el solo hecho de su edad. La infantilización, incluso cuando se expresa con afecto, resta autoridad.
Algo parecido ocurre cuando un familiar o un especialista explica lo que vive, piensa o necesita alguien a quien podríamos escuchar directamente. La pregunta es sencilla: ¿a quién reconocemos como fuente legítima de su propia experiencia?
Con todo, superar el edadismo tampoco consiste en reemplazar esas imágenes por personas siempre saludables y extraordinariamente activas. Mostrar a alguien de 80 años que estudia, trabaja o practica deporte puede ensanchar nuestra idea de la vejez, pero el problema reaparece cuando una actividad cotidiana se vuelve hazaña solo por la edad, o cuando envejecer bien pasa a significar mantenerse activo, productivo y autosuficiente a toda costa.
Necesitar cuidados no anula el derecho a decidir sobre la propia vida: apoyo y autonomía no son condiciones opuestas. Es una distinción que cobra plena actualidad con la Ley Nº 21.822, Ley Integral de las Personas Mayores.
Hablar de representación supone preguntarse qué lugar les damos a las personas mayores para interpretar su realidad, opinar y participar en las decisiones que las afectan. El periodismo tiene aquí un margen de acción concreto: diversificar sus fuentes, escucharlas de manera directa y discernir cuándo la edad aporta información y cuándo opera apenas como etiqueta. Incorporarlas como fuentes es reconocer que pueden hablar no solo de su propia vejez, sino también de salud, política, trabajo y cultura.
Si octubre nos invita a mirar a las personas mayores, vale la pena preguntarnos también desde dónde las miramos. Ampliar el relato es dar cabida a trayectorias, capacidades, necesidades de cuidado y desigualdades diversas; y, sobre todo, reconocer a las personas mayores como voces con autoridad para intervenir en las historias que contamos sobre la vejez.
Astrid Caichac
Directora de Nutrición y Dietética
Universidad Autónoma de Chile
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