Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.
El Club de Pablo Larraín retrata la vida de sacerdotes criminales en una remota casa del litoral chileno, donde entrenan a un perro galgo para carreras ilegales que hoy se debaten en el Congreso. Las carreras, consideradas una "tradición", están en el centro del debate legislativo con dos proyectos: uno para prohibirlas y otro para regularlas. El origen de estas competencias se remonta a 1989 en Chile, siendo una actividad clandestina sin regulación oficial, con cerca de 300 canódromos donde se apuesta por la velocidad de los galgos. Sin reconocimiento como deporte, los animales son criados para competir y suelen ser abandonados o sacrificados al no ser rentables. El maltrato inicia desde cachorros con prácticas violentas y el uso de drogas para mejorar el rendimiento, provocando lesiones graves y muertes en las carreras.
Una escena memorable del cine chileno corresponde a la película El Club de Pablo Larraín, donde sacerdotes criminales, escondidos en una remota casa en el litoral chileno, viven en torno al entrenamiento de un perro galgo. La razón, usarlo para que sea parte de las carreras de galgos que a esas alturas son consideradas una tradición en la zona.
Pero, qué tanto se sabe de esta práctica que justamente hoy se discute en la Cámara de Diputadas y Diputados, donde se presentaron dos proyectos, uno que busca prohibirlas y otro que propone regularlas.
La pregunta para muchos es: ¿por qué estas carreras llegaron al congreso cuando para muchos son catalogadas como parte de la “tradición” del país? La realidad está detrás de lo que ocurre en estas carreras.
Las carreras de galgos nacieron como una competencia organizada en Estados Unidos durante la década de 1920 y, con el paso de los años, se expandieron a otros países, entre ellos Gran Bretaña, donde alcanzaron una gran popularidad.
Sin embargo, en Chile, su masificación suele situarse a partir de 1989, aunque existen antecedentes y testimonios que sostienen que esta práctica se realizaba desde mucho antes, especialmente en sectores rurales.
Sus organizadores la presentan como parte de la cultura campesina y criolla, con presencia principalmente en las regiones Metropolitana, de Valparaíso, O’Higgins y del Maule. No obstante, el Instituto Nacional del Deporte no reconoce las carreras de galgos como una disciplina deportiva, por lo que carecen de regulación oficial.
En ese contexto, el presidente de Galgo Libre Chile, Daniel Pacheco, afirmó a Ladera Sur que “lamentablemente es una práctica que se instauró dentro de la cultura campesina y la hacen llamar tradición, lo cual no es. De hecho, las carreras de perros galgos no están registradas en Chile como un deporte, por lo cual no pueden ser reguladas. Son actividades completamente clandestinas”.
Agencia UNO
¿Por qué perros galgos?
Para 2024, cuando la discusión ya estaba en el Congreso, se estimaba que existían cerca de 300 canódromos, pistas diseñadas para que los perros galgos corran con público que gana o pierde dependiendo de las apuestas del momento.
Sin embargo, la cifra no es oficial, ya que al no ser una práctica regulada no es posible saber a ciencia cierta cuántos canódromos existen en el país, recogía The Clinic.
Claro que la elección de los perros galgos para estas carreras no es casual. Esta raza pertenece al grupo de los lebreles, perros criados históricamente para la caza gracias a una característica que los distingue del resto: su extraordinaria velocidad.
Esa condición física, que durante siglos se utilizó para perseguir presas en campo abierto, terminó convirtiéndolos en los animales preferidos para las carreras, donde deben correr detrás de un señuelo artificial o un muñeco mientras el público apuesta por el ganador.
Criados para competir
En Chile, el crecimiento de esta actividad también dio paso a un negocio que gira en torno al rendimiento de los perros. Según especialistas y organizaciones animalistas, los galgos son criados exclusivamente para competir y su valor queda determinado por la velocidad que pueden alcanzar en la pista.
Mauricio Serrano, director para Latinoamérica de Veganuary y fundador de Animal Libre, explicó que “más que nada gira en torno a las apuestas. Eso es lo que mueve esta iniciativa y lleva a que personas busquen entrenar animales que tienen una fisionomía que les permite justamente tener un desempeño ideal, pero que no es su naturaleza estar compitiendo en este tipo de iniciativas”.
Desde las organizaciones dedicadas al rescate de estos animales sostienen que esa lógica termina transformando al perro en un objeto de rendimiento económico. Pamela Órdenes, representante de Fundación Galgos Chile (FUGA), asegura que “son un perro para usar y tirar, ya que no existe un vínculo afectivo con el perro, sino un vínculo lucrativo, lo cual lo cosifica y no lo reconoce como ser vivo sintiente”. De acuerdo con agrupaciones dedicadas a su rehabilitación, cuando un galgo deja de ser competitivo, muchos terminan abandonados, sacrificados o destinados a otras actividades, como la caza.
Agencia UNO
El maltrato justificado como “entrenamiento”
Las organizaciones que buscan prohibir las carreras coinciden en que el maltrato no comienza el día de la competencia, sino mucho antes. Desde cachorros, los galgos son sometidos a rutinas de preparación que incluyen confinamiento, aislamiento y ejercicios de alta exigencia física para potenciar su velocidad.
En algunos casos, los perros son amarrados con correas y obligados a correr mientras son tirados desde motocicletas o vehículos, una práctica que, según veterinarios y rescatistas, aumenta considerablemente el riesgo de lesiones.
A ello se suma el uso de sustancias para mejorar el rendimiento. De acuerdo con los antecedentes recopilados por organizaciones animalistas y especialistas, algunos perros reciben anabólicos, opioides, estimulantes e incluso cocaína antes de competir, explica un reportaje de Doble Espacio.
La médica veterinaria y etóloga clínica Ana Soto advierte que el dopaje puede provocar arritmias, daño orgánico, dependencia fisiológica y aumentar el riesgo de colapso durante las carreras, además de generar alteraciones conductuales como ansiedad, estrés crónico e hipervigilancia.
Las consecuencias también quedan en evidencia en la pista. Al alcanzar velocidades cercanas a los 70 kilómetros por hora, los choques entre perros o contra obstáculos pueden provocar fracturas, luxaciones, desgarros e incluso la muerte.
Karen Cossio, integrante de Fundación Galgos Chile, afirma que “hay videos en internet muy crudos de perros que se lesionan y mueren en el circuito; a veces quedan agonizando”. Según las organizaciones de rescate, aquellos animales que sufren lesiones graves o dejan de ser rentables suelen ser abandonados o sacrificados, ya que el interés sobre ellos desaparece una vez que dejan de competir.
Carreras de galgos en mano del Congreso
Como ocurre con otras prácticas que históricamente se defienden bajo el argumento de la tradición, el debate sobre las carreras de galgos hoy enfrenta dos visiones contrapuestas.
Mientras sus partidarios sostienen que basta con regularlas para evitar abusos, organizaciones animalistas, veterinarios y especialistas en derecho animal afirman que el maltrato forma parte del propio funcionamiento de la actividad y que, por ello, no puede separarse de las competencias.
Esa discusión es precisamente la que este lunes vuelve al Congreso, donde parlamentarios deberán decidir si el futuro de las carreras de galgos en Chile pasa por establecer nuevas reglas o por prohibir definitivamente una práctica que, para sus detractores, tiene un costo demasiado alto para los animales.
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