El reciente informe de la OCDE vuelve a poner una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿estamos haciendo lo suficiente para que cada estudiante tenga frente a sí a un profesor preparado y con condiciones para permanecer en el aula?
En 2024, el 23,4% de los docentes que trabajaban en establecimientos públicos en Chile no cumplía plenamente con las cualificaciones requeridas, más del doble del promedio OCDE, de 9,1%. A ello se suma que 8,4% de los docentes plenamente cualificados dejó la profesión entre 2024 y 2025.
No estamos, por tanto, únicamente frente a un problema de disponibilidad de profesores: también enfrentamos un desafío de formación, permanencia y valoración profesional.
Las cifras adquieren mayor relevancia al observar otras características de nuestro sistema. Según la OCDE, un profesor de educación primaria en Chile recibe, en términos reales, un salario 25% inferior al de otros trabajadores con educación superior que trabajan a tiempo completo; la brecha promedio en la OCDE es de 17%.
Al mismo tiempo, nuestros estudiantes reciben 1.023 horas anuales de instrucción obligatoria en básica, frente a 804 horas promedio en la OCDE. Y las aulas chilenas tienen, en promedio, 30,6 estudiantes en básica, frente a 20,6 en la OCDE.
No se trata de reducir el problema a una discusión salarial. La docencia exige conocimientos disciplinares, capacidades pedagógicas y competencias socioemocionales, además de integrar tecnologías e inteligencia artificial de manera crítica. Por eso, la respuesta tampoco puede consistir simplemente en flexibilizar los requisitos para ingresar al aula.
Aquí las Facultades de Educación tenemos una responsabilidad que debemos asumir con autocrítica. La formación inicial docente debe ser rigurosa, pero también conectada con la realidad de las escuelas. Necesitamos fortalecer las experiencias prácticas tempranas, la mentoría de profesores principiantes, la formación continua y la colaboración entre universidades y establecimientos escolares. Formar a un profesor no termina cuando recibe su título.
Pero tampoco sería justo depositar toda la responsabilidad en las universidades. Si queremos atraer buenos estudiantes a las pedagogías y retenerlos, debemos construir una carrera profesional atractiva: mejores condiciones de ejercicio, menos burocracia innecesaria, mayor apoyo para enfrentar los desafíos de convivencia e inclusión y oportunidades reales de desarrollo.
Chile ha avanzado en acceso y escolarización, pero el desafío siguiente es asegurar la calidad de la experiencia educativa. Y eso comienza por quienes están en las salas de clases.
La pregunta de fondo es qué condiciones estamos creando para que los mejores quieran ser profesores, puedan formarse rigurosamente y encuentren razones para permanecer en la profesión. Porque si la educación es una inversión de largo plazo, la formación y el cuidado de quienes enseñan no pueden seguir siendo una variable de ajuste.
Dra. Nathaly Vera Gajardo
Vicedecana Facultad de Educación
Universidad Autónoma de Chile
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