Septiembre tiene para los cristianos un significado especial. Es el Mes de la Biblia, una oportunidad para recordar el lugar que la Palabra de Dios ha ocupado no solamente en nuestras iglesias, sino también en la formación de nuestra cultura y de muchas de las convicciones morales que han dado forma a nuestra sociedad.

Pero este septiembre reúne, además, tres acontecimientos que nos invitan a reflexionar sobre algo que nunca debemos dar por garantizado: la libertad religiosa. Celebramos la Biblia, recordamos cuatro años desde el rechazo de la propuesta constitucional de 2022 y conmemoramos un año desde el asesinato de Charlie Kirk. Tres hechos muy distintos, pero unidos por una misma pregunta: ¿existe realmente espacio en nuestras democracias para que las personas puedan profesar, expresar y vivir públicamente sus convicciones más profundas?

El 4 de septiembre se cumplieron cuatro años desde que un 62% de los chilenos rechazó la propuesta constitucional elaborada por la Convención Constitucional. Para quienes defendemos la libertad religiosa y de conciencia, aquel resultado tuvo una importancia particular.

El texto proponía constitucionalizar materias profundamente controvertidas moralmente, como el aborto dentro de los derechos sexuales y reproductivos, y establecía una educación sexual integral junto con principios como la perspectiva de género y la educación no sexista. Aunque reconocía una especie de atenuada libertad de enseñanza y el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos, dichas libertades debían desenvolverse dentro de un marco constitucional que ya había tomado posición sobre varias de esas controversias.

En una sociedad pluralista, la Constitución debe proteger especialmente el espacio donde las familias, las iglesias y las personas puedan vivir conforme a sus convicciones, incluso cuando estas no coincidan con las ideas culturalmente dominantes.

Este septiembre también se cumple un año del asesinato de Charlie Kirk, ocurrido el 10 de septiembre de 2025 mientras participaba en una actividad pública en Utah Valley University. Más allá de las legítimas diferencias que alguien pudiera mantener con sus posiciones políticas, su asesinato nos recuerda un principio elemental de toda sociedad libre: ninguna persona puede ser silenciada mediante la violencia por expresar públicamente sus convicciones.

La libertad religiosa, como la libertad de expresión, pierde gran parte de su significado cuando queda reducida a aquello que podemos pensar dentro de nuestra conciencia o practicar dentro de nuestros templos. Una democracia verdaderamente pluralista debe permitir que cristianos y personas de cualquier otra convicción puedan participar del debate público, defender aquello que consideran verdadero y procurar persuadir a otros sin temor a ser perseguidos, censurados o violentados.

Y esta preocupación está lejos de ser teórica. Mientras en nuestras democracias discutimos sobre los límites de la libertad religiosa, millones de cristianos alrededor del mundo enfrentan consecuencias incomparablemente más graves simplemente por profesar su fe.

Las cifras que hemos conocido durante 2026 muestran una realidad dramática: más de 388 millones de cristianos enfrentan altos niveles de persecución y discriminación en el mundo, mientras miles han perdido la vida por causa de su fe (ACN Chile).

Esta realidad debería impedirnos considerar la libertad religiosa como una conquista irreversible. Allí donde se comienza restringiendo la expresión pública de las convicciones, discriminando al creyente o tratando la religión como algo que debe permanecer exclusivamente en el ámbito privado, se debilita uno de los fundamentos esenciales de una sociedad genuinamente libre.

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Por eso septiembre debe ser mucho más que una sucesión de conmemoraciones. El Mes de la Biblia nos recuerda aquello que creemos; el aniversario del 4 de septiembre nos recuerda la importancia de proteger institucionalmente la libertad de conciencia y el derecho de las familias a educar conforme a sus convicciones; y la memoria de quienes han sufrido violencia o persecución por expresar su fe nos recuerda que esas libertades deben ser defendidas activamente.

La libertad religiosa no es un privilegio de los cristianos ni una concesión del Estado: es un derecho fundamental de toda persona. Defenderla significa defender una sociedad donde nadie tenga que escoger entre su fe y su participación en la vida pública, donde los padres puedan transmitir sus convicciones a sus hijos y donde creer, enseñar y hablar conforme a la propia conciencia siga siendo parte esencial de vivir en libertad.