Hay cosas tan elementales y ordinarias que difícilmente pensamos en ellas como un privilegio. Acostarnos por la noche, apagar la luz y despertarnos varias horas después en la misma cama es una de ellas. Podemos dormir mejor o peor, despertarnos antes de tiempo o demorarnos en conciliar el sueño, pero existe una certeza básica que casi nunca debemos reformular, la noche transcurrirá y, salvo algún imprevisto doméstico, natural o climático, podremos atravesarla sin tener que abandonar nuestra habitación buscando un lugar más seguro.

En Ucrania hay chicos para quienes esa certeza empieza a ser casi desconocida.

En febrero de este año, Save the Children estimó que los niños ucranianos habían pasado, en promedio, unas 4.000 horas bajo alarmas aéreas desde el comienzo de la invasión rusa a gran escala en febrero de 2022. En Kyiv y en algunas de las regiones más expuestas, la cifra alcanzaba aproximadamente las 7.000 horas. Cerca de la mitad de esas alarmas se produjeron durante la tarde o la noche.

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Son números difíciles de dimensionar hasta que dejamos de pensarlos como estadísticas y los convertimos en noches interrumpidas, chicos que deben levantarse, padres que evalúan si hay tiempo para llegar al refugio y colchones que terminan instalados en pasillos, porque una pared interior ofrece algo más de protección.

Unicef relató recientemente la historia de Sasha, un niño de diez años que vive en Kyiv y duerme junto a sus hermanas en el pasillo del departamento familiar. Sus padres consideran que, ante determinados ataques, probablemente no alcanzarían a llegar a tiempo a un refugio. Durante una de las ofensivas aéreas de julio, mientras las explosiones hacían abrir puertas y ventanas, Sasha se cubrió los oídos y colocó sobre su cabeza a Tuzik, su perro de peluche. La escena tiene algo extraordinario y, al mismo tiempo, terriblemente cotidiano. Aprender, jugar, dormir e incluso celebrar cumpleaños bajo tierra forma parte desde hace años de la experiencia de miles de niños ucranianos.

Hay chicos de cuatro años que nacieron después del comienzo de la invasión a gran escala. Otros tenían uno, dos o tres años cuando comenzó. Para ellos, las sirenas, los refugios y las noches interrumpidas no son la alteración de una normalidad que recuerdan. Son parte de la normalidad que están construyendo.

Quizás sea esta una de las consecuencias de la guerra más difíciles de percibir desde la distancia. Estamos acostumbrados a medir los conflictos mediante mapas, kilómetros cuadrados, cantidad de tropas, sistemas de armas, sanciones y negociaciones diplomáticas. Es inevitable hacerlo. Es necesario hacerlo. Pero existe otra unidad de medida mucho menos visible: el tiempo. Cuatro años y medio representan un período relativamente breve en la historia de una nación. Para un niño pueden representar prácticamente toda su memoria.

Durante los últimos días esa diferencia entre el tiempo de la política y el tiempo de quienes viven la guerra volvió a hacerse particularmente visible. La visita a Ucrania de los enviados estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner coincidió con una breve suspensión de los ataques rusos sobre Kyiv. Los representantes de Washington habían estado previamente en Moscú y llegaron luego a la capital ucraniana intentando reactivar unas negociaciones que siguen enfrentando diferencias importantes. Durante algunos días hubo una tranquilidad poco habitual. Los habitantes de Kyiv recuperaron algo que hace tiempo dejó de ser completamente previsible: algunas noches de sueño.

La pausa terminó. Los invitados se retiraron y en la madrugada del 8 de septiembre, Rusia volvió a atacar Kyiv con drones y misiles. Murieron al menos cinco personas, decenas resultaron heridas y fueron alcanzados edificios residenciales, una escuela, una clínica y una estación de televisión. También se produjeron ataques en otras regiones del país y contra trenes de pasajeros. La breve interrupción había permitido imaginar por algunos días cómo podría sentirse una ciudad sin ataques. Después, volvieron las sirenas.

No deberíamos interpretar aquella secuencia como una demostración de que la diplomacia carece de sentido.

Probablemente demuestre exactamente lo contrario. Estados Unidos continúa intentando encontrar un espacio de negociación entre posiciones que permanecen muy alejadas. Ucrania ha manifestado su disposición a analizar algunas de las propuestas presentadas por Washington y las conversaciones continúan, aunque persisten desacuerdos fundamentales respecto del territorio y de las garantías de seguridad que deberían acompañar cualquier acuerdo. Estados Unidos, al mismo tiempo, continúa trabajando para reforzar la defensa aérea ucraniana y reclama a sus socios europeos un esfuerzo mayor.

Europa también ha sostenido una posición relativamente consistente. La Unión Europea insiste en que Ucrania debe participar en cualquier decisión sobre su futuro, que las fronteras no pueden modificarse mediante la fuerza y que cualquier acuerdo necesita garantías de seguridad capaces de evitar que una pausa termine convirtiéndose simplemente en el intervalo previo a otra guerra. Paralelamente, los países europeos han incrementado su participación en el esfuerzo militar y financiero necesario para sostener a Ucrania.

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Es posible discutir si Estados Unidos debería hacer más, si Europa reaccionó demasiado lentamente, si determinadas sanciones llegaron tarde o si algunas armas deberían haber sido entregadas antes. Habrá tiempo para evaluar esas decisiones. También sería injusto ignorar el enorme esfuerzo económico, político, militar y humanitario realizado durante estos años por decenas de países. Millones de ucranianos encontraron refugio en Europa, miles de millones fueron destinados a sostener al Estado ucraniano y buena parte de su capacidad para resistir una invasión de estas dimensiones depende del apoyo recibido.

Pero hay una realidad que ninguna discusión diplomática puede modificar: mientras se busca la fórmula para terminar la guerra, la guerra continúa consumiendo tiempo que nadie podrá devolver.

Ese tiempo no transcurre de la misma manera para todos. Para un negociador, tres meses pueden representar una nueva ronda de conversaciones. Para un gobierno, seis meses pueden ser el tiempo necesario para aprobar un presupuesto, aumentar la producción de armamento o construir una posición común entre aliados. Para un niño de seis años, seis meses representan una parte considerable de la vida que recuerda.

Por eso la discusión sobre la paz no debería limitarse a determinar cuándo pueden detenerse los combates. También importa preguntarse qué clase de paz permitirá que no vuelvan a comenzar. La urgencia por detener la muerte y la destrucción es evidente. Pero una tregua incapaz de ofrecer seguridad puede resultar apenas una pausa. Y quienes más necesitan que esta guerra termine son también quienes más necesitan que no vuelva a comenzar.

Esa dificultad explica buena parte del dilema que enfrentan Washington, las capitales europeas y, fundamentalmente, Ucrania. Negociar no significa capitular. Buscar compromisos tampoco implica necesariamente abandonar principios. En algún momento, como ocurre con prácticamente todas las guerras, habrá que transformar la confrontación militar en algún tipo de arreglo político. La cuestión es conseguir que ese arreglo permita algo más que dejar de disparar durante un tiempo.

Porque para quienes observamos la guerra desde lejos, la paz suele imaginarse como una firma, una fotografía o un anuncio. Para quienes viven bajo los ataques probablemente tenga formas mucho más sencillas. Puede ser volver a una escuela que no necesite un refugio preparado. Puede ser que una madre deje de mirar una aplicación antes de acostarse para calcular el riesgo de esa noche. Puede ser que un niño vuelva a considerar su habitación como el lugar más seguro para dormir.

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Después de cuatro años y medio, existe además otro riesgo, al parecer menos visible: que nosotros también nos acostumbremos. Una nueva oleada de drones aparece en las noticias, contamos muertos y heridos, observamos durante algunos segundos las imágenes de un edificio destruido y seguimos con el resto de la información del día. No necesariamente porque seamos indiferentes, sino porque la repetición convierte incluso lo intolerable en familiar. Para los ucranianos ocurre algo diferente y más profundo, no observan esa normalización, son parte de ella.

Quizás por eso, entre todas las imágenes que llegan desde Ucrania, convenga detenerse alguna vez en una que difícilmente aparecerá en la portada de un diario. No hay fuego, edificios destruidos ni soldados. Hay simplemente un chico acostándose.

Deja cerca algunas cosas que podría necesitar. Sus padres conocen el lugar más protegido de la casa. Tal vez consulten las alertas antes de dormir. Quizás esa noche suene una sirena y haya que levantarse. Quizás escuchen los drones. Quizás terminen durmiendo en un pasillo o bajando nuevamente hacia un refugio. O quizás no ocurra nada y pueda dormir hasta la mañana siguiente.

Ojalá, algún día, cuando esta guerra termine, haya niños ucranianos que descubran algo que para nuestros hijos nunca necesitó explicación: que una noche puede comenzar y terminar en la misma cama.

Alejandro Pundyk
Lic. en Administración, Universidad de Buenos Aires.
Descendiente de ucranianos.
Activista por Ucrania y traductor al español del libro Ecos de guerra.

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